jueves, 10 de julio de 2014

SALOBREÑA A OJOS DE LOS ROMÁNTICOS. UNA VISIÓN ARTÍSTICO-LITERARIA.

A lo largo del segundo y tercer cuarto de siglo XIX (1830-1850) muchos fueron los autores románticos de renombre, tanto artistas como literatos, que visitaron la Península Ibérica, plasmando con la sugerente pincelada que caracterizaba al emergente movimiento del Romanticismo, el sugerente exotismo de uno de los paisajes y sociedades más puros en este sentido para sus coetáneos: la cultura y sociedad española del diecinueve.
Fue España, pues, uno de los escenarios idóneos, y que más posibilidades ofrecía a estos artistas, para dar rienda suelta al pintoresco y evocador velo romántico del momento. Andalucía, y más concretamente la ciudad de Granada, fueron uno de los principales focos de atracción de estos ensoñadores y añorados artistas.

Y es que la España de la época era considerada por la vieja Europa como un país extraño, distinto, e incluso, asalvajado e incomprensible. Todo ello, junto a su pintoresquismo, sus atávicas tradiciones y la pervivencia de las muchas ruinas medievales, constituían motivos suficientemente atrayentes. Tal es así, que para Allison Peers España era un país romántico “por naturaleza, pues su vida y cultura continúan presentando época tras época las cualidades que la palabra Romanticismo implica”.
Sebastien Mercier refirió que “on sent le romantique, on ne le définit pas”, y es que nos encontramos ante una actitud vital compleja, heterogénea y sutil, en la que prevalece el sentimiento y el subjetivismo frente a la razón, tan imperante en el ámbito intelectual de la época. Ahora es lo personal, el sentimiento causado en la persona, lo que se plasmará en la expresión artística, eje sobre el cual se entenderá el sentido de la vida, buscando en el pasado los valores originales, así como perdidas motivaciones por el ser humano.
Tal subjetivismo dio lugar a un amplio abanico de matices con los que manifestar los diversos y múltiples sentimientos ansiosos de evasión con respecto a la cruda realidad, considerando el pasado como el origen de los sentimientos y actitudes más puras y sinceras. Con ello, las diversas manifestaciones románticas emanarán una constante lucha entre lo que se ve y cómo se percibe.

Se refería anteriormente que la ciudad de Granada suscitó una especial atracción a estos artistas románticos. Personajes tan eminentes como Gautier, Delacroix, Doré, Davillier, Matisse, Ford, Breton, Lavallée, Girault de Prangey o Irving visitaron, e incluso se instalaron, la antigua capital nazarí, fuente inagotable de materia prima, tanto por la cantidad y calidad de sus edificios y monumentos medievales, como por el aire pintoresco, primario e incluso a veces grotesco, de la ciudad y de sus habitantes. A ellos añadir autores españoles y locales fervientes seguidores de este nuevo modo de ver y entender la vida y la realidad, tales como Zorrilla, Gayangos, Lafuente Alcántara, Fortuny o Simonet.
Para el caso de Salobreña, son escasos los testimonios que nos han llegado, la mayoría de los cuales sobrios en detalles, correspondientes a meras descripciones generales. Con todo, espléndidas excepciones las constituyen los relatos de Irving y dos pasteles de Delacroix.


Como se ha dicho, escasos y parcos son los testimonios de románticos españoles que refieren de algún modo a la Salobreña del diecinueve. Es el caso de FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA. Este ilustre profesor de Filosofía en la Facultad de Letras de la Universidad de Granada nació en esta ciudad en 1787 y murió en Madrid en 1862. Durante la Guerra de la Independencia estuvo en Cádiz como miembro de la Junta de Defensa de Granada y como diputado por dicha ciudad en la Asamblea. Fue autor de varias obras de las que le sobrevivirá tan sólo su trabajo histórico “Hernán Pérez del Pulgar, el de la Hazaña” (1834), en el cual describe el intento de Boabdil de tomar la fortaleza de Salobreña en 1490:

“...la fortaleza de Salobreña, escasa de presidio, de manteni­mien­tos, de agua: en términos que con sólo mostrarse en el ameno valle que a su falda se extiende, le abrirían la puertas del mar el resguar­dado castillo, si bien fuerte de sitio, en la cima de un monte, áspera la subida de un lado, y guarnecido por la parte opuesta con las olas del mar.”

Otro ejemplo lo representa MÁXIMO LAGUNA VILLANUEVA. Célebre ingeniero, botánico y entomólogo, llegó a ser Director de la Escuela Especial de Ingenieros de Montes de El Escorial (entre 1871 y 1878) y Jefe de la Comisión  de la Flora Forestal de España (1866-1888), entre otros. En su discurso pronunciado en el Ateneo de Madrid el 11 de marzo de 1884, al hablar de Sierra Nevada remarca:

“La vista de Sierra Nevada desde el mar, con el fondo majestuoso del Mulhacén nevado, como fondo de los pueblos de la Alpujarra, la prefiero al paisaje de la Riviera. Un contraste de este tipo, como el que aquí ofrece la naturaleza: el mar azul, frente a los campos verdes de caña de azúcar y patatas a nuestros pies y el imponente Mulhacén nevado, a sólo 30 kms de distancia, no lo ofrece ninguna montaña de Europa.”

“Devant de Salobrena et la côte d´Almeria”. Pastel de E. DELACROIX 1832. (ARAMA, A.: Delacroix. Un voyage initiatique…)

Algo más pródigo en su discurso fue MIGUEL LAFUENTE ALCÁNTARA, hermano del arabista Emilio Lafuente Alcántara y miembro de una de las familias más destacadas de Archidona. Ejerció la abogacía en Granada, fue elegido diputado por Archidona en 1846, miembro de la Real Academia de la Historia en 1847 y fiscal de Hacienda en La Habana, donde murió en 1850. En su obra “Historia de Granada: comprendiendo las de sus cuatro provincias Almería, Jaén, Granada y Málaga, desde tiempos remotos hasta nuestros días” (1843) refiere:

“La fortaleza de Salobreña. Este alcázar servía de antiguo para retiro de los Reyes de Granada, para depósito de sus tesoros y para prisión de altos personajes por eso allí fue encerrado Yusef con su esposa y servidumbre. No fue tan duro Mohamed que condenó á su inofensivo hermano á una prisión estrecha y sombría. Le permitió pasear por todo aquel valle, el mas hermoso y fértil de toda la costa. En el castillo, construido sobre una colina al borde mismo del mar, descollaba un palacio con ajimeces á todos vientos. Desde los salones del sur se descubrían el Mediterráneo en toda su anchura y la vela de los navíos deslizados sobre las olas: las brisas suaves transmitían á veces el canto de los pescadores y la voz de mando de los marinos, y á veces escuchábase entre el rugido de la tempestad la triste voz de los náufragos. Eran tan deleitosos estos pensiles, que los poetas árabes los comparaban con el Edén."

A pesar de causar mayor impresión a los artistas europeos que la visitaron, éstos no son mucho más expresivos en sus referencias a Salobreña, siendo una notable excepción, como veremos, las de Washington Irving. En este sentido cabe mencionar el caso de RICHARD FORD. Este autor inglés se trasladó a Sevilla (1830-1833) por motivos de salud de su esposa, periodo que aprovechó para viajar por buena parte del país. A lo largo de sus viajes plasmó en su cuaderno de notas costumbres, paisajes, monumentos y obras de arte, dando lugar en 1845 a la publicación  de su “Manual para viajeros por España y lectores en casa” el cual vio la luz en forma de volúmenes por regiones. En la Ruta XXV que le lleva de Adra a Málaga, describe de la siguiente manera su paso por Salobreña:

"La carretera continúa bordeando el mar hasta Salobreña, la ciudad de Salambó (Astarté), que fue en otros tiempos la importante ciudad árabe de Shalúbániah y ahora ha quedado reducida a una aldea; en el castillo roquero los musulmanes guardaban sus tesoros. Ahora es una ruina y la actual pobreza no necesita almacenes.”

Erudito acomodado y coleccionista de obras de arte, CHARLES DAVILLIER viajó por buena parte de Europa si bien España siempre le atrajo de manera especial. Privilegiado compañero de viaje fue GUSTAVE DORÉ, una de las grandes figuras del grabado de ámbito europeo por ilustraciones como La Divina Comedia de Dante (1861), Don Quijote (1863) o Las Fábulas de Fontaine (1867), el cual fue plasmando con su obra las narraciones de Davillier. Dicha simbiosis de virtudes literarias y pictóricas dio como resultado la obra conjunta titulada “Voyage en Espagne” (1874). A su paso por Salobreña, en su trayecto de Almería a Málaga, la descripción que de ella ofrecen es bastante escueta:

“Poco tiempo después de haber dejado Motril, llegamos a Salobreña, pueblo poco interesante en sí mismo, pero cuya fundación remonta a Salambó en persona. Por lo menos tal es el origen reivindicado para ella por un historiador español, y esto mucho antes del ruido armado alrededor de la Venus fenicia por una novela francesa.”

Más literario es el testimonio de JOHANNES REIN. En 1872, durante el viaje que realiza de Marsella a Marruecos a bordo del vapor “Souéra”, describe la impresión que le causa desde el barco el tramo de costa comprendido entre Almería y Salobreña, con Sierra Nevada al fondo:

“Con el avanzar del barco y con la evolución de la luz, se variaba a cada momento la figura y el color de los paisajes. Especialmente impresio­nante era el aspecto que ofrecían la parte más alta de la sierra, donde la cadena de montañas desnudas y colocadas en primera línea permitía, a través de sus profundos barrancos, la visión del fondo nevado, como venía acaeciendo desde Almería, Adra, Motril y Salobreña.”

Pero sin duda será WASHINGTON IRVING el que más y mejor plasme la esencia literaria más puramente romántica del momento en Granada a través de sus relatos. Tal fue su fascinación por la ciudad que acabó habitando en ella, instalándose sus primeros años en los palacios nazaríes de la Alhambra. Salobreña será escenario en dos de sus obras más conocidas. Se trata de la “Crónica de la conquista de Granada” (1829) en la cual es referida en dos capítulos. De un lado, en el capítulo sobre la muerte de Muley Hacén, padre y predecesor de Boabdil en el trono, refiere:

“En tanto que continuaba en aquella pasiva y desvalida condición, el Zagal manifestó una extraña y súbita ansiedad por la salud de su hermano, ordenando trasladarlo con toda delicadeza y cuidado a Salobreña. Otra plaza fuerte en la costa mediterránea, famosa por sus aires puros y saludables, encargando al alcaide del lugar, quien era un ferviente partidario suyo, no omitir nada para la comodidad y alivio de Muley Hacén.
Salobreña, era un pequeño pueblo, situado en una suave y pedregosa colina, en el centro de una fértil y bella vega, encerrada entre montañas por tres de sus lados y abriendo el cuarto hacia el Mediterráneo. Hallábase protegida por fuertes murallas y un poderoso castillo, considerado como inexpugnable, destinado como residencia para aquellos hijos de reyes y hermanos rebeldes que pudieran comprometer la seguridad del reino. Solazábanse allí los príncipes en sibarítico reposo, disfrutando de deliciosos jardines, perfumados baños y un harén de bellezas a su disposición. Nada les era negado: únicamente la privación de la libertad impedía que esta morada fuese un verdadero paraíso terrenal. Tal fue el delicioso lugar elegido por el Zagal para residencia de su hermano; pero, no obstante su maravillosa salubridad, el achacoso rey expiró a los pocos días de ser trasladado hasta dicho sitio.”

Más adelante, relata del siguiente modo la expedición que en agosto de 1490 dirige Boabdil sobre Salobreña (entregada a los castellanos en la Navidad de 1489) en su intento por recuperarla, y cuyo territorio queda descrito con todo lujo de detalles y cierto aire hedonista:

“Percatóse Boabdil de que su disminuido territorio se hallaba domina­do muy de cerca por la fortaleza cristiana de Alcalá la Real y también estrictamen­te vigilada por los alcaides como el Conde de Tendilla, capaces de mantenerse por sus propios recursos. Sus correrías y expediciones se encontraban expuestas a ser interceptadas y derrotadas, mientras que la destrucción de la vega había terminado con todos los recursos de que dispo­nía la ciudad para su manteni­miento. Comprendiendo, pues, la necesidad de tener un puerto marítimo, por el cual, como en tiempos pasados, pudiera tener abierta una comunicación con África y obtener así refuerzos y abaste­cimientos allende el mar. Pero todos los puertos estaban en manos de los cristianos y Granada y los retazos de su territorio de ella dependientes hallábanse completamente cercados por tierra.
Ante tal emergencia, Boabdil fijó su atención en el puerto de Salobre­ña. Aquella formidable plaza fuerte, mencionada anteriormente en esta crónica, era considerada como lugar inexpugnable en opinión de los moros, tanto que sus reyes acostumbraban en tiempos de peligro guardar sus tesoros en la ciudadela de esa importante población, construida en una elevada y rocosa colina que dividía una de aquellas ricas y pequeñas vegas o llanuras que yacen abiertas al Mediterráneo, aunque se introducen como profundas y verdes ensenadas en el áspero seno de las montañas. La vega estaba cubierta con una preciosa vegetación, arrozales y algodoneros; alamedas de naranjos, limoneros, higueras y moreras; además, jardines encerrados entre setos de cañaverales, áloes e higueras de la India o chumbas. Frígidos cursos de agua, provenientes de los manantiales y nieves de la Sierra Nevada, conservaban este delicioso valle continuamente fresco y lleno de verdor, casi encerrado enteramente por una cadena de montañas y elevados promontorios que se extendían lejos dentro del mar.
En medio de esta rica vega la roca de Salobreña levantaba su áspero lomo casi dividiendo la vega y avanzando hasta la orilla del mar, con apenas una faja de arenosa playa a sus pies, bañada por las azules olas del Mediterrá­neo. La población cubría la fila y laderas de la colina y aparecía fortificada por robustas murallas y torres, mientras en su parte más alta y escarpada se asentaba la ciudadela, una gran torre que daba la impresión de formar parte de la misma roca viva, cuyas macizas ruinas, tal como hoy pueden ver, atraen la mirada del viajero, a medida que va dando vueltas al camino que baja a la vega.”

En uno de sus “Cuentos de la Alhambra” (1832) Salobreña será escenario principal. Se trata de “La leyenda de las tres hermosas princesas”, la cual relata el cautiverio salobreñero de las princesas Zayda, Zorayda y Zoraida:

“Muchos años tenían que pasar para que las princesas llegasen a la edad de peligro: a la edad de casarse. -“Es bueno, con todo, precaverse con tiempo”- dijo el astuto monarca y, en su virtud, decidió encerrarlas en el castillo real de Salobreña. Era este un suntuoso palacio incrustado, por decirlo así, en la inexpugnable fortaleza morisca situada en la cumbre de una colina que domina el mar Mediterráneo, sirviendo de regio retiro en donde los monarcas musulmanes encerraban a los parientes que pudieran poner en peligro su seguridad, permitiéndoles todo género de lujo y diversiones, en medio de las cuales pasaban su vida en voluptuosa indolencia.
Allí vivían las princesas, separadas del mundo, pero rodeadas de comodidades y servidas por esclavos que les adivinaban todos sus deseos. Tenían para su recreo delicio­sos jardines llenos de frutos y flores más raras, con arboledas aromáticas y perfumados baños. Por tres lados daba vista el castillo a un delicioso valle, hermoso y alegre por su rica y variada vegetación, y limitado por las altas montañas de la Alpujarra; por el otro lado dominaba el ancho y resplandeciente mar.” […]
El castillo de Salobreña, como ya se ha dicho, estaba construido en la cúspide de una colina a orillas del Mediterráneo. Una de las murallas exteriores se exten­día por la base de una colina hasta llegar a una roca saliente que dominaba el mar, y con una estrecha y arenosa playa al pie, bañada por las rizadas olas. La pequeña atalaya que se levantaba sobre esta roca se había convertido en una especie de pabellón, desde cuyos ajimeces, cubiertos con celosías, se podía aspirar la brisa del mar. En aquel sitio pasaban las princesas las calurosas horas del mediodía.”

“Interior de la Torre de las tres infantas”. EDWIN LORD WEEKS (www.edwinlordweeks.org)

Como ya quedó dicho más arriba, uno de los aspectos que más seducían a estos viajeros románticos, además de las representaciones de edificios singulares, eran los paisajes y escenas costumbristas, es por ello que no son pocas las muestras pictóricas que nos han legado artistas como Doré, Delacroix, Matisse, Rowe o Laborde, así como los españoles Sorolla o Fortuny. Si bien es Granada la niña bonita, Salobreña captará la atención puntual de algunos de estos artistas.

Es el caso de EUGÈNE DELACROIX, el cual formó parte en 1832 de una misión diplomática del gobierno francés por el Magreb. Este periplo a través de Marruecos, Argelia y las costas andaluzas lo irá plasmando en lienzo. El resultado de este viaje y de los documentos pictóricos ha sido publicado recientemente por Maurice Arama en la obra “Delaroix. Un voyage initiatique. Maroc, Andalousie, Algérie” (2006). En él se relata el paso de la expedición frente a las costas salobreñeras y cómo el autor decide plasmarlo sobre el lienzo:

“Sur le pont, à l´abri d´une chaloppe, il s´était annexe un point d´observation. Il ne s´était résolu à secouer son indolence que le jeudi 19 janvier après le passage devant Salobrena et les “côtes charmantes à voir”, il avait  alors happé de frottis de pastel ou de jus d´aquarelle, sur un carnet à la italienne, les effets fauces et les harmonies violases dont le ciel habille les roches quand le soir embrasse le firmament.”

“Le 19 Janvier”. Pastel E. DELACROIX 1832. (ARAMA, A.: Delacroix. Un voyage initiatique…)

Comprobamos, pues, cómo una misma realidad, en este caso la Salobreña del diecinueve y su entorno, es percibida y concebida de distinto modo y con diferentes y variados matices según el tamiz con que se observe. Este hecho quedó acentuado por el desarrollado sentido de la susceptibilidad sensorial de que hacían gala estos románticos añorantes de lo original y primario, amantes de lo exótico y fervientes partidarios de las actitudes y aptitudes más básicas y atávicas del alma humana. 

Referencias Bibliográficas

  • ARAMA, M. (2006): Delacroix. Un voyage initiatique. Maroc, Andalousie, Algérie, París.
  • IRVING, W. (1829): Crónicas de la conquista de Granada.
  • IRVING, W. (1832): Cuentos de la Alhambra.
  • VIÑES, C. (1982): Granada en los libros de viaje, Granada.

José María García-Consuegra Flores.








domingo, 1 de junio de 2014

El curioso caso del "ánfora de Motril".

La colaboración que seguidamente se expone, corre a cargo de José María Pérez Hens, licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Granada. Igualmente cursó el Tercer Ciclo en el Programa de Doctorado titulado Arqueología Histórica, impartido por el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UNED. En la actualidad ejerce de profesor de Geografía e Historia en el I.E.S. Julio Rodríguez de Motril. Activista acérrimo en la salvaguarda, recuperación y puesta en valor del Patrimonio, tanto natural como histórico y arqueológico, cuenta con una extensa lista de publicaciones y conferencias especializadas en temas de arqueología, patrimonio cultural y natural y ciencias sociales aplicadas a la enseñanza, siendo, además, partícipe activo de Seminarios y llegando a coordinar el Grupo de Trabajo de Ciencias Sociales del Centro de Profesores de Motril.
Excelente y apasionado docente, sus textos son amenos, divulgativos e ilustrativos, pero sin perder nunca el rigor y la documentación requeridas. El que os exponemos es un claro ejemplo de ello. Fue publicado en la revista local La Costa, en su número de febrero de 2009. Finalmente, agradecer, cómo no, su interés y voluntad de querer colaborar y participar, como viene haciendo desde hace tiempo con múltiples artículos, ponencias, actos y actividades, de esta iniciativa nuestra, que también es la suya. Gracias Pepe!!   


Recuerdo una visita que un grupo de profesores motrileños hicimos a la exposición Florentia Iliberritana, la cual se estaba  desarrollando en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada, que tiene su sede en la Casa de Castril, uno de los mejores palacios renacentistas de la ciudad, situado en la popular y turística Carrera del Darro. En el transcurso de la misma, uno de mis compañeros me llamó la atención sobre una pieza en concreto. Se trataba de un ánfora romana de gran tamaño y buen estado de conservación, que ocupaba un lugar destacado en la citada exposición. En su cartela informativa se leía que su lugar de hallazgo era el fondo marino de Motril.

El "ánfora de Motril".

La pieza, de cierta fama entre los interesados por la arqueología en la provincia, forma parte de la colección expuesta de forma permanente en el Museo y que, justamente por su importancia, a pesar de su hallazgo en el mar, había sido seleccionada para ilustrar las producciones agrícolas de la Granada romana. Es conocida como “el ánfora de Motril”, pero, como les paso seguidamente a contar, tiene poco o nada que ver con nuestra querida localidad costera. Vayamos por partes.

Como es conocido, durante la antigüedad, las ánforas eran los envases cerámicos de transporte y almacenamiento por excelencia, no sólo del mundo romano, sino ya utilizados profusamente desde épocas remotas. Particularmente indicada para el transporte marino, la propia forma del ánfora, caracterizada por dos asas y su terminación en punta, la hacía ideal para su estiba en los barcos mercantes, permitiendo la superposición de los recipientes en varios pisos e inclinarlas convenientemente para adaptarlas a las paredes curvas de las naves.

Resistentes y de grandes dimensiones, tenían formas características según el contenido al que se destinaban, la zona de donde procedían, la época en que se fabricaron y su evolución en el tiempo. En cuanto a los contenidos, en estos envases se transportaban principalmente vinos de distintas procedencias y calidades, aceite de oliva de distintos tipos y prensados, trozos de pescado en salazón y salsas derivadas, como el famoso garum.

Reproducción del interior de una nave y la disposición de las ánforas.

La referida “ánfora de Motril” es una típica Dressel 20 altoimperial olearia (siglo I d.C.), tiene cuerpo globular (unos 80 cms de altura por 50 cms de diámetro de panza) y cuello corto, en el que se insertan dos macizas asas capaces de soportar los casi 100 Kg que pesaría llena del afamado aceite de la Bética.

En la parte superior de una de sus asas, presenta un sello impreso donde se lee AGRICOL, sin duda una marca del alfarero, o del propietario de los hornos cerámicos que la fabricaron. Este sello está documentado en un alfar de Casa de Mingaobez, muy cerca de Posadas (Córdoba), en la orilla izquierda del Guadalquivir. Hoy sabemos que en el triángulo Sevilla-Córdoba-Écija hay documentados unos 90 centros de producción con más de 500 alfares. Por tanto, en cuanto al origen y contenido, “el ánfora de Motril” es cordobesa.

Sello con la leyenda AGRICOL.

Detalle del sello.

Pero terminemos con esta historia. Nuestro contenedor formaría parte de un cargamento que, partiendo posiblemente desde el puerto de Hispalis (Sevilla), y bajando por el Guadalquivir, se disponía a seguir una ruta de navegación marítima hacia el interior del Mediterráneo. El barco mercante no llegaría jamás a su destino ya que, por alguna desdichada razón, naufragó en algún punto del litoral cercano a Almuñécar, constituyendo el conocido pecio de “Las Puntas”.

Por una afortunada casualidad, unos dos mil años más tarde, un barco arrastrero motrileño, el San Francisco, recuperó el ánfora del mar, a unos 60 ó 70 metros de profundidad, y la entregó en la Ayudantía Militar de Motril. Días más tarde se depositó en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada, donde hoy la podemos ver en casi todo su esplendor, ya que su superficie está un tanto deteriorada debido a la acción de las concreciones marinas. Son cosas de la edad.


En conclusión, la llamada “ánfora de Motril” resulta que no es motrileña (es cordobesa), no fue hallada en nuestra costa sino en la de Almuñécar (eso sí, por un pesquero motrileño), y se localiza actualmente en Granada. Como ven, poco o casi nada tiene que ver con la ciudad costera granadina, pero, qué quieren que yo les diga, como motrileño que soy, a mí me gusta que se la conozca como “el ánfora de Motril".

José María Pérez Hens. 

viernes, 18 de abril de 2014

Un yacimiento prehistórico en la Loma del Cerrajón (Molvízar)

Para este mes de Abril, contamos de nuevo con la colaboración de otro buen amigo de fatigas, que tan amablemente nos ha concedido un rincón de su tiempo para participar del blog. En este caso de trata de Julio Miguel Román Punzón, Doctor en Historia por la Universidad de Granada, en la especialidad de Arqueología. Arqueólogo e Investigador del Grupo de Investigación “Grupo Interdisciplinar de Ciencias y Humanidades” (HUM-143, Junta de Andalucía).
A lo largo de su carrera profesional, centrada en la Arqueología de Gestión, ha dirigido numerosas intervenciones arqueológicas, de todo tipo, abarcando todos los periodos históricos, básicamente en Andalucía. Asimismo, ha desarrollado una intensa labor investigadora, con una abundante producción científica publicada en libros, revistas y reuniones especializadas de ámbito nacional e internacional, destacando la de los periodos clásico y tardoantiguo en Andalucía, en los cuales se ha especializado en los últimos años.
Es por ello que agradecemos el interés mostrado para con nosotros, así como su apoyo desde un principio en esta aventura, de la que ya forma parte activa él mismo.



Quisiera aportar un granito de arena a esta noble iniciativa de mi amigo Jose Mª García-Consuegra Flores, la de difundir y dar a conocer el rico patrimonio histórico y cultural de la región costera granadina del bajo Guadalfeo. Y lo haré, en este caso, con una breve reseña extraída de un artículo presentado para el Anuario Arqueológico de Andalucía allá por 2011 (y que a día de hoy sigue sin publicar, lamentablemente, por la desidia de nuestra Administración regional), acerca de un yacimiento de gran importancia histórica, me atrevería a decir, para la prehistoria peninsular, que se localiza en tierras de Molvízar.

En el marco de una Prospección Arqueológica Superficial, derivada de un estudio de Impacto Arqueológico llevado a cabo para prevenir, minimizar y corregir los posibles efectos que sobre el patrimonio histórico, arqueológico y etnológico iba a producir un proyecto de urbanización (finalmente no ejecutado) localizado en los términos municipales de Salobreña y Molvízar (Granada), tuvimos ocasión de identificar un yacimiento que, si bien ya era conocido a nivel local, no lo era para la Administración regional, a pesar de su importancia histórica, no sólo para la comarca sino en el contexto de la prehistoria andaluza y peninsular, como anteriormente hemos indicado. Se trata del conjunto megalítico de La Loma del Cerrajón (Término Municipal de Molvízar).


Se localiza en las estribaciones meridionales de la Sierra del Chaparral, en la cima conocida como Loma del Cerrajón, en la ladera oeste del monte homónimo, entre las cotas 250 y 300 m.s.n.m., justamente en un área donde la ladera suaviza su pendiente antes de llegar al barranco que se encuentra a sus pies. A pesar de ello, se trata, en general, de un lugar con fuertes pendientes, lo que favorece la nula potencia estratigráfica que se conserva en la ladera, aflorando la roca natural en la superficie en gran parte de su extensión.


El complejo de la Loma del Cerrajón es un yacimiento ciertamente sorprendente en esta zona peninsular y que, de confirmarse su adscripción, constituiría un unicum en toda la región andaluza. Y esto es debido a que parece tratarse de una agrupación de menhires, no podemos especificar si formando hileras o círculos, de los cuales llegamos a contar hasta seis en posición erguida. Además de estos, y en sus inmediaciones, aparecían otros posibles monolitos, pero que se encontraban tumbados en el suelo y cubiertos de la espesa cobertura de matorrales que inunda la ladera donde han sido identificados, lo cual impidió comprobar si se trataba de simples rocas caídas desde la cumbre del cerro o si eran también menhires volcados. Esa misma espesura vegetal imposibilitó el hallazgo de otros materiales arqueológicos que pudiesen estar acompañando a los posibles menhires, tales como elementos de industria lítica o cerámica.

Asimismo, y junto a la acumulación de monolitos, pudimos identificar una amplia abertura en el terreno, a modo de gran zanja abierta en la roca natural de la ladera, de considerable profundidad, que podría tratarse de la cantera de donde se extrajeron las piedras. De igual modo, la abundante vegetación que la inundaba impedía cualquier tipo de examen más exhaustivo.


En todo caso, creemos poder asegurar que las evidencias halladas constituyen un complejo megalítico, sobre la base de las siguientes evidencias:
  •   Posición erguida. Se trata de grandes monolitos de caliza, de en torno a 1,5 m de altura (si bien el mayor de ellos alcanza los 2,5 m de altura), que pesan varias toneladas, y que necesitan de la fuerza conjunta de muchos hombres para ser izadas. Por otro lado, la altura de dichos megalitos, bastante más grande proporcionalmente que su base, y la implacable ley de la gravedad, impiden que se trate de piedras caídas de la cima del cerro que han quedado en esta posición de manera azarosa. Y menos aún, si atendemos a la totalidad del conjunto observado.
  •   Orientación aproximada al Norte. La totalidad de los seis monolitos identificados presentan una orientación norteña, con pequeñas variaciones hacia el NE o el NW.
  •    Tratamiento externo. A pesar de que no se observaron restos de grabados, sí que parece evidente que han sido tallados para perfilar su forma alargada.
  •  Aparición de calzos. Algunos de los monolitos observados revelan el uso de otras piedras más pequeñas en la parte baja de los mismos, a modo de calzos, utilizadas para dar solidez al megalito.

Por todo ello, derivamos la convicción de que efectivamente nos hallamos ante una serie de monumentos pétreos izados de manera intencionada, fruto de un trabajo comunitario y proyectado previamente, con una orientación aproximadamente concurrente, todo lo cual coincide con los conocidos como Menhires, construcciones prehistóricas, concretamente de las etapas neolítica y calcolítica, consistentes en monolitos de forma alargada, que se situaban erguidos, y que presentaban diversas funcionalidades (se han propuesto desde monumentos de culto al sol, hasta tributo a divinidades diversas para conseguir fecundidad y fertilidad, o servir de señalizaciones para lugares importantes o relacionados con la defensa del territorio, entre otras).



Lo interesante de su aparición en esta zona lo constituye el hecho de ser propios de la fachada atlántica europea, habiéndose documentado muy escasos ejemplos de este tipo de construcciones, hasta ahora, en toda Andalucía, mucho menos, agrupados, como es el caso que nos ocupa. Tanto es así que, a día de hoy, y en el marco de toda la región andaluza, únicamente contamos con el dudoso bloque de piedra caído, aparecido en el yacimiento de Piedras Blancas I (Antequera, Málaga), los menhires campogribraltareños de Tribucio y de la Vaguada, en Facinas (Tarifa, Cádiz) o el de la Pasada del Abad (Rosal de la Frontera, Huelva). No obstante, en ninguno de estos casos se trata de agrupaciones del tamaño y/o número del documentado en la Loma del Cerrajón, que si se confirmasen como mehires los ortostatos volcados en las inmediaciones de los que permanecen izados, el complejo megalítico sería de gran espectacularidad.


Respecto a este singular yacimiento prehistórico de la Loma del Cerrajón, la excepcionalidad y relevancia que adquiriría de confirmarse la adscripción cronológica que proponemos (lo cual lo convertiría en un referente de la investigación prehistórica peninsular y en un yacimiento arqueológico de primer orden a nivel andaluz), obligaría a su completa investigación, con el objeto de caracterizarlo cultural y cronológicamente. Sobre todo, porque son estructuras emergentes, que ya han sufrido algún ataque vandálico (y que ya fuese denunciado por la Asociación Ecologista Buxus allá por 2003, sin contestación, ni de la Delegación de Cultura de Granada ni del Ayuntamiento de Molvízar, al respecto), y porque estando expuestas a las inclemencias del tiempo ya han sufrido serios desperfectos, como roturas y desprendimientos de parte de algunos monolitos, que lo sitúan en un alto riesgo de completa destrucción si no se toman urgentes medidas preventivas.

Por todo ello, se propuso a la Administración competente en materia de patrimonio la limpieza de su entorno y la realización de varios sondeos arqueológicos de grandes dimensiones, toda vez que la zona ocupada por las estructuras prehistóricas es muy amplia y que la potencia estratigráfica conservada en la ladera es muy escasa, así como un meticuloso análisis de las megalitos, por si existiesen evidencias de grabados u otros tratamientos decorativos en los mismos.  Desgraciadamente, la respuesta de dicha Administración fue la habitual............ Silencio .....…...

Y así las cosas, este yacimiento excepcional continúa al albur del paso del tiempo y las actuaciones incívicas de algún que otro alegre excursionista. De hecho, como tantos otros yacimientos y monumentos de nuestro rico patrimonio histórico y arqueológico.

Julio Miguel Román Punzón.

(Extraído del artículo Julio M. Román Punzón; Francisca Cardona López; Inmaculada Rodríguez García; Reyes Ávila Morales y Mª Isabel Mancilla Cabello, “Intervención arqueológica preventiva mediante prospección arqueológica superficial extensiva para el proyecto “Los Palmares Tropical Resort”, en los términos municipales de Salobreña y Molvízar (Granada)”. Anuario Arqueológico de Andalucía 2010. En prensa).



miércoles, 26 de marzo de 2014

"El curioso caso de Benjamin Button", o la particular enfermedad detectada en un individuo tardorromano de El Maraute (Torrenueva)

Iniciamos el apartado de colaboraciones con la aportación que tan amablemente nos concede José Miguel Jiménez Triguero, amigo y compañero de faenas desde hace ya algunos años. José Miguel es Licenciado en Historia por la Universidad de Granada, con formación específica en Arqueología y Antropología Física, y con sobrada experiencia en excavaciones arqueológicas desde 2004, como técnico y director en múltiples intervenciones arqueológicas. Fruto de esa labor han visto la luz diversas publicaciones desde entonces, tanto en el ámbito de la Arqueología como de la Antropología Física.


En la actualidad ejerce de profesor de Geografía e Historia y de Lengua Española para extranjeros, así como, ocasionalmente, de guía local. A pesar de haberse retirado algo de la primera línea del campo de batalla que es la arqueología urbana (o profesional, que llaman algunos), no ha menguado su voluntad de recuperar, reivindicar y poner de manifiesto el valor del Patrimonio, como bien demuestra "batallando" día a día en su localidad natal, Jódar (Jaén), no sólo con la tan nostrada Administración, sino también (e igualmente, o más farragoso incluso) con la escasa conciencia que al respecto tienen las autoridades locales y la propia población.
Por todo ello, agradecerle que haya destinado algo de su tiempo (que en los tiempos que corren es bastante valioso) a querer colaborar con nosotros. Sin más, seguidamente se expone su trabajo.




En el subsuelo de la comarca del Bajo Guadalfeo aguarda su pasado, deseando volver a ser descubierto. Un ejemplo concreto de ello fue desvelado el pasado año 2008, cuando aparecieron unos restos arqueológicos en la localidad de Torrenueva (Motril, Granada), con motivo de las obras de construcción de unos edificios de Protección Oficial en el Pago de “El Maraute”. Se recuperaron, entre otros restos, dos sepulturas (una de ellas seccionada y deteriorada, y otra completa) compuestas por una base de ladrillos bipedales (de dos pies de largo) y una cubierta de tegulae (tejas planas) a dos aguas.

A continuación, intentaré explicar una serie de interpretaciones teóricas con base científica en relación a estos restos arqueológicos y antropológicos, que fueron extraídos, estudiados y catalogados por profesionales de la Arqueología y de la Antropología, a los que debemos agradecer su gran labor, entre los que incluyo mi humilde aportación. Además, las conclusiones presentadas aquí fueron publicadas en el Anuario Arqueológico de Andalucía (AAA), en las Actas del XIX Congresso della Associazione Antropologica Italiana de 2011, y en la revista Journal of Biological Research. Con lo cual, estos datos ponen de relavancia los hallazgos y el esfuerzo enorme de todos los profesionales que han participado.


Gracias a la estratigrafía registrada durante el proceso de excavación, esto es, al estudio de las capas geológicas donde se advierte la acción humana, o la presencia de sus objetos en épocas pasadas, y también a través del estudio de la cerámica, que ha sido tan catalogada en sus diversas formas, tamaños, decoraciones, utilidades, contextos, etc., y que nos da un margen de error mínimo para situarla en la época en que fue realizada, usada o reutilizada; sabemos que el lugar donde se hallaron los enterramientos constituyeron zonas industriales y comerciales, que fueron abandonadas y reutilizadas como necrópolis en el siglo IV d.C., durante el Bajo Imperio (finales del siglo III-finales del siglo V d.C.). En esta época tendrá lugar el fin político del Imperio romano de Occidente y la entrada en la península de pueblos germanos, como los visigodos. En este sentido, el concepto de Tardorromanidad, que suele aplicarse para este periodo, implica la pervivencia de la cultura latina, tanto entre los hispanorromanos como entre los pueblos recién llegados.

Al hilo de lo que nos ocupa, podemos decir que ambas tumbas contenían un individuo cada una, depositados en decúbito supino, es decir, con el cuerpo colocado horizontalmente y echado sobre su espalda. La cabeza de los mismos estaba orientada hacia el oeste y los pies en el este. Los enterramientos no tenían ajuar, salvo la sepultura mejor conservada, de la que se recuperó un broche y una aguja metálica, complementos del vestido que pudo haber llevado y que no se ha conservado.

De otra parte, necrópolis coetáneas similares han sido documentadas a lo largo de la geografía hispana, como los casos de Piña de Esgueva  y Amusquillo de Esgueva (Valladolid), "El Romeral” (Montefrío, Granada), Valle de los Pedroches (Córdoba), Cerca de la Cámara Sepulcral de Toya (Peal de Becerro, Jaén), Vega del Mar (San Pedro de Alcántara, Málaga), Marugán (Atarfe, Granada), Baza (Granada), Lopera (Jaén), Marim (Olhâo, Portugal), Ferrestello (Visinhança de Sta. Olaya), “Las Merchanas” (Lumbrales, Salamanca), etc.

Todas ellas se inscriben en la moda de la inhumación (enterramiento del cuerpo ya muerto) y con apenas ajuar, es decir, con muy pocos (o ninguno) elementos de adorno o ritual.  En ellas son más frecuentes las tumbas individuales y, en el caso concreto que nos ocupa, el hecho de que la fosa aparezca bien delimitada, se suele repetir en las evidencias arqueológicas. Además, es más frecuente encontrar las tumbas en lugares lejanos a las civitae (ciudades) de la época, en ambientes rurales. Asimismo, presenta una cubierta que, aunque no es el único tipo, sí es frecuente en este período.

En general, los restos de los dos individuos estaban mal conservados si bien permanecían, a grandes rasgos, las conexiones anatómicas normales, en definitiva, que el orden de los huesos que formaban el esqueleto humano se podía apreciar claramente. Esta posición de los cuerpos había sido en parte alterada por procesos erosivos de origen geológico, como diversas escorrentías procedentes de las ramblas colindantes, las cuales arrastraron y alteraron algunas partes y deterioraron otras. Es por ello que se aprecian ladeadas las costillas, el cráneo y los huesos de los brazos. Estos procesos que ocurren desde que el difunto es inhumado hasta que son redescubiertos los denominamos los antropólogos procesos tafonómicos.

Teniendo en cuenta esto, conocemos el hecho de que los restos se depositaron en el interior de la sepultura en vacío, siendo posteriormente colmatados por la acción sedimentaria natural. Y estamos al tanto de estos detalles porque las evidencias son las siguientes: relajación de los dos lados de la cadera, al desaparecer los ligamentos que los unían. Si los hubiesen sepultado con tierra directamente, en el momento de desenterrarlos hubiesen aparecido ambos lados muy juntos y alejados del suelo.

Esta pelvis, junto a los cráneos, indican datos en relación al sexo de cada individuo, utilizando métodos antropológicos de medición, formas, tamaños, etc. Así, se ha estimado que uno de los esqueletos fue una mujer adulta, y el otro un adolescente varón. Para averiguar la edad aproximada de la muerte de cada individuo, se llevaron a cabo estudios relacionados con el desarrollo, crecimiento y conformación de los huesos y dientes. Los restos mejor conservados y que merecen una mayor atención en términos de la Antropología Física, son los del adolescente ya que presenta evidencias de una enfermedad nunca antes detectada en un enterramiento tan antiguo.



A este último le fueron detectadas varias dolencias relacionadas con la columna vertebral: la enfermedad de Scheuermann y la espina bífida de sacro, entre otras. La primera es un síndrome que suele ocurrir en la adolescencia de individuos de entre 13 y 17 años. Esta enfermedad, cuyo origen se desconoce aún hoy día, produce una deformación de la columna, donde las vértebras se deforman como si pertenecieran a una persona de edad avanzada con osteoporosis, y con una espalda demasiado arqueada que hace que el individuo se encorve. Surge como consecuencia de una alteración degenerativa durante el crecimiento y son muchas las causas que la pudieron originar en conjunto: factores biomecánicos y hereditarios.

Por otro lado, la espina bífida, consiste en que la espina de las vertebras no se forma durante el crecimiento. Esto provoca que la médula quede fuera de la propia columna. Y esto es aún más llamativo en la parte inferior de la columna, en el sacro, conectado con la pelvis a su vez. Allí, las vértebras están fusionadas unas con otras. Esta dolencia es de nacimiento y provoca parálisis y pérdida de sensibilidad en las piernas, así como problemas urinarios e intestinales. Este individuo, que no pudo llegar a ser adulto desgraciadamente, tenía otros problemas, y aunque desconocemos de qué murió, es muy probable que todos ellos provocasen su fallecimiento.



Por otro lado, ante la escasez de ajuar, la ausencia de lápidas y otros indicios, es imposible determinar con exactitud la adscripción religiosa de los individuos enterrados. Es conocido que en el mundo tardorromano la influencia del Cristianismo y de otras religiones orientales del Imperio fueron muy populares, ganando terreno al Paganismo. El Cristianismo adopta del Judaísmo el ritual funerario de la inhumación, y no por que la cremación de los muertos fuese una negación de la resurrección, sino porque seguían la tradición judía. Por lo demás, el Cristianismo perpetúa las prácticas paganas. Pero probablemente, como parece ser fue la tónica habitual, estos individuos no eran cristianos, sino paganos que utilizaban este ritual. Es sobre todo a partir del siglo VI d.C. cuando se manifiesta algo más clara la influencia del Cristianismo en los enterramientos.

Por otro lado, en todas estas religiones aparecen manifestaciones de la relación entre la muerte y el Sol naciente como signo de resurrección, de volver a la vida. De ahí la posición que se repite en este tipo de tumbas del siglo IV d.C. en la Bética Bajoimperial: la orientación Poniente-Levante (u otras aproximadas), que se vuelve a producir en la mayor parte de las necrópolis tardías desde el Bajo Imperio, con el fin del “renacimiento del fallecido” con el surgimiento del Sol por el horizonte.

En definitiva, del trabajo desarrollado en su día, podemos extraer varias conclusiones. La primera, que hubo un estudio multidisciplinar fruto de una estrecha colaboración entre arqueólogos de diferentes especialidades y antropólogos. Ambos procedentes, tanto de la Universidad pública (la Universidad de Granada), como del sector privado, en este caso la empresa dedicada a la recuperación, difusión y puesta en valor del patrimonio histórico-arqueológico y documental (Gespad al-Andalus S.L.U.).
La segunda consiste en que se ha llevado a cabo un proceso de estudio profundo y riguroso desde el inicio del proyecto de excavación hasta las publicaciones arqueológicas y antropológicas derivadas y, finalmente, publicadas.
La tercera, que hay un enorme y creciente interés por la recuperación, difusión y puesta en valor del patrimonio histórico y arqueológico.
La cuarta sería que los enterramientos excavados y estudiados se encuentran en la línea de la tipología (inhumaciones) y rituales del Bajo Imperio en Hispania.
La quinta que estamos ante un caso excepcional, el de Torrenueva, por haberse detectado en un individuo tan antiguo y con un estado de conservación malo, el cual manifiesta una enfermedad ósea poco frecuente, entre otras anomalías patológicas.
Y la última, reseñar el respaldo y apoyo continuo y sin condiciones de las instituciones locales para con el equipo científico-técnico que desarrolló el trabajo y posterior estudio (arqueológico y antropológico).

Es por ello que esperamos que este artículo sirva para dar a conocer algo más nuestro trabajo, nuestros buenos propósitos, y animar a la gente y a las instituciones para que sigan confiando en su pasado como la llave de su futuro.

José Miguel Jiménez Triguero.