viernes, 29 de mayo de 2015

Una de "carreteras" antiguas. La Vía Heraclea a su paso por la costa granadina.

Con esta nueva entrada en el blog vamos a tratar el tema de las comunicaciones en época romana,concretamente unade las principales vías de comunicación del mundo antiguo en la Península Ibérica: la llamada Vía Heraclea, posteriormente rebautizada como Vía Augusta.

Se trata de uno de los ejes troncales que regía el transporte, comercio y desplazamientos dentro del Imperio Romano. Como el resto de Vías que articulaban el territorio romano, tenía su origen en la capital: Roma (no por nada se decía que "todos los caminos llevan a Roma"), y moría en Cádiz, tras superar los Alpes y los Pirineos y bordear la costa mediterránea itálica e hispana.
Tal fue su importancia e impacto, que la actual Autopista y Autovía del Mediterráneo sigue su mismo trazado, atravesando Catalunya, la Comunitat Valenciana, Murcia y, finalmente, el sector costero andaluz. Eso sí, en aquellos tiempos sin la problemática de los dichosos peajes.

Presentamos, pues, un pequeño trabajo de un reincidente colaborador al cual debemos agradecer su implicación, no sólo para con nosotros, sino con la investigación y la preocupación por el Patrimonio histórico, arqueológico y natural de nuestra región. Nos referimos a José María Pérez Hens, un incansable e irremisible elemento activo y reivindicativo de la defensa y puesta en valor de nuestro pasado en pro de un mejor futuro y bienestar económico, social y cultural.

!!!Gracias Pepe¡¡¡



Durante el período romano, en el litoral granadino, el comercio debió de ser una actividad económica de cierta relevancia, proporcionando una salida a las producciones agropecuarias, alfareras y de salazones. Se partía con una cierta ventaja, ya que se contaba con un sustrato comercial importante basado en las actividades que desarrollaron los fenicios que se habían asentado en Sexi (Almuñécar) y Selambina (Salobreña). Si se exportaban productos alimenticios y algunas materias primas, a cambio se importaban fundamentalmente artículos de consumo, productos manufacturados y de lujo.

Hay que partir de que en el mundo romano, el transporte de mercancías a gran escala se hacía, siempre que fuera posible, por vía marítima. Este sistema, que podía trasladar grandes volúmenes de carga, era el más rápido, ofrecía las mejores condiciones de seguridad y, sobre todo, abarataba bastante los costes de la actividad. Por su parte, las vías terrestres ponían en contacto los puertos con las zonas del interior, siendo su comercio más lento, peligroso y caro, además de que no se podía transportar mucho volúmen de mercancías.

Por su sentido práctico y utilitario, el comercio terrestre romano aprovechó, siempre que fue posible, las vías preexistentes, muchas de las cuales se rehabilitaron en calzadas. Esto fue lo que aconteció con la Vía Heraclea, o Hercúlea, que discurría paralelamente al litoral mediterráneo peninsular ya desde época fenicio-cartaginesa. Otras calzadas, en cambio, fueron reorganizadas por el propio Estado Romano, como les ocurrió a las conocidas Vía de La Plata y Vía Augusta.

La Vía Heraclea, a su paso por nuestra comarca, no era más que un camino de tierra lo suficientemente ancho (unos 5 ó 6 metros) para que se pudieran cruzar dos carros, no sin cierta dificultad. Por tanto, debemos descartar la posibilidad de una calzada empedrada, salvo en algún puente o lugar que por necesidad así lo requiriera.
De ella sólo se han conservado escasos restos, como el puente de Cotobro, entre Almuñécar y La Herradura, en el barranco del mismo nombre; y un posible miliario anepigráfico hoy ubicado frente a la iglesia de la Encarnación de Almuñécar.

Posible miliario anepigráfico.

No obstante, sí tenemos algunos indicios de su antiguo recorrido en las colinas del entorno del Hotel Salobreña y de la Torre costera de Cabria o del Diablo.

Además de los restos e indicios arqueológicos comentados, para el estudio y conocimiento del trazado de la Vía Heraclea por nuestra comarca, también debemos tener en cuenta que aparece citada en dos de las principales fuentes históricas antiguas que versan sobre vías romanas: el Itinerario  Antonino y el Anónimo de Rávena.
El primero es un viario del siglo III d.C. que aporta información sobre las comunicaciones terrestres del Imperio. Nos ha llegado hasta nuestros días debido a distintas copias realizadas durante la Edad Media. Las poblaciones costeras romanas del sureste de la Bética a las que hace referencia son, de este a oeste: Urci (Almería), Turaniana (Roquetas de Mar), Murgi (El Ejido), Sexi (nombrada como Saxetanum), Caviclum (Torrox Costa), Maenoba (Cerro del Mar, en la desembocadura del río Vélez) y Malaca (Málaga). Ni Selambina (Salobreña) ni Abdera (Adra) aparecen mencionadas. En Urci (Almería), la vía se dirigía, tierra adentro, hacia Cástulo (Linares), pasando por Acci (Guadix).

La otra fuente histórica, el Anónimo de Rávena, es una obra de carácter geográfico compuesta por una larga lista de localidades, casi todas ellas ciudades. Hace referencia a un itinerario romano del siglo III ó IV d.C. traducido al griego por un monje anónimo de dicha ciudad italiana varios siglos más tarde. La referida fuente cita entre Abdera (Adra) y Malaca (Málaga) las ciudades de Cesarea, que debe ser la Sexi (Almuñécar) de época de Julio César, y Lenubar, que se corresponde con la Maenoba del Itinerario Antonino. Tampoco en esta fuente se cita a Salobreña, lo que nos da un indicio de que el asentamiento no debía de ser de mucha importancia.

Para una mejor descripción del recorrido que seguía la Vía Heraclea por la costa granadina, es preciso distinguir dos tramos, separados por la desembocadura del Guadalfeo.
El tramo entre Salobreña y La Herradura es el recorrido que presenta menos dudas ya que se han conservado algunas partes del camino. Partía de la localidad del Peñón, pasaba por El Pontiví y la zona de La Caleta y, coincidiendo en muchos ocasiones con el sinuoso trazado de la actual N-340, se encaminaba hacia el oeste zigzagueando por los entrantes y salientes de los barrancos costeros.
Es en esta zona donde se conservan todavía hoy los vestigios más significativos que pueden verse desde la propia carretera: la parte occidental de la colina del Hotel Salobreña y el tramo que discurre junto a la torre defensiva costera de Cabria, o del Diablo, y desciende hasta El Curumbico. Este último es el mejor conservado, y en el que se puede pasear tranquilamente, ya que debido a su accidentada geografía, las construcciones lo han venido respetando.

Vestigios del tramo de Vía Heraclea en el Hotel Salobreña.

Vista de los vestigios de la vía Heraclea en el entorno de la Torre de Cabria. Al fondo Almuñécar.

Continuaba hacia la zona de Taramay, donde se desviaba hacia el interior para salvar la ensenada que formaba en época romana la desembocadura del río Verde. De aquí se adentraba hasta las cercanías de Jete, por donde cruzaría el cauce fluvial para dirigirse hacia el sur camino de Sexi (Almuñécar), entrando a la ciudad por la zona del barrio de San Sebastián, por debajo del trazado del acueducto de la Carrera.
Uno de sus arcos, que conserva una especie de moldura decorativa a sus lados, bien pudo servir como portada de acceso a la ciudad, a modo de un arco triunfal. A la salida de la población, cruzaría el cauce del río Seco por algún puente actualmente desaparecido, y se dirigiría hacia el fondeadero de La Herradura, pasando por el Barranco de Cotobro, donde se encuentra situado el único puente conservado de esta vía litoral.

Vista general del puente del Cotobro.

Aunque se cree que es del siglo I d.C., fue remozado en épocas posteriores. Realizado en pizarra, tiene un solo arco que soporta sus casi 20 m de largo, y una cubierta empedrada a dos aguas. Hoy en día puede accederse a él sin ningún problema por un camino que, partiendo de la actual N-340 (está señalizado con un cartel), llega hasta el mismo puente.

Vista desde su cara norte del puente del Cotobro.

Por su parte, el tramo de la Vía Heraclea entre Salobreña y Calahonda estaba condicionado en sus inicios por la ensenada marítima que todavía formaba la desembocadura del Guadalfeo en época romana, y que lentamente se estaba colmatando. Este tramo presenta mayor dificultad en su trazado, debido a la inexistencia de vestigios construidos. 

Aquí, debido a las dificultades en el seguimiento del trazado de la vía romana, les paso a desarrollar brevemente una hipótesis personal basada en dos cuestiones:
  • La localización de los asentamientos poblacionales que tendría que comunicar entre sí.
  • El trayecto que siguen las cañadas reales medievales, entendidas como continuidad de los viejos caminos romanos, y cuya utilización ha perdurado a través de los siglos llegando, en algunos casos, hasta nuestro tiempo.
Desde Selambina (Salobreña), la vía partiría hacia el norte por la ribera derecha del Guadalfeo, en la que existía un poblamiento diseminado conformado por centros de producción alfarera que fabricaban ánforas (Los Barreros, Matagallares, Cortijo Chacón, Molvízar y Lobres) y villas (villae, en latín) con dedicación agropecuaria, como las de La Taiba y Loma de Ceres.
En los alrededores de Lobres, el camino romano procedería a vadear el río. En ambas orillas nos encontraríamos con dos asentamientos que bien pudieron ser apeaderos o lugares de parada de viajeros: el Cerro del Vínculo, en el margen derecho del cauce, y Pataura, la actual cortijada de Las Jareas, en el izquierdo.
Una vez aquí, la vía podría ascender por las cuestas de Pataura (o Panata), o bien continuar a través de la Rambla de Cañízares-Escalate, donde en su cabecera existían asentamientos romanos, hasta la zona de La Gorgoracha.


Estos dos caminos vendrían a juntarse en algún lugar de la zona norte de Motril para, un poco más adelante, volver a bifurcarse otra vez en dos ramales: uno hacia la zona de la Sierra del Conjuro, comunicando los asentamientos mineros de la Herrería (en Los Tablones) y del Cortijo de La Reala. El otro ramal se encaminaría hacia la costa, buscando la población y las instalaciones alfareras y portuarias de Paterna (El Maraute, Torrenueva) y de Calahonda.

Desde aquí, la vía continuaría en dirección este, serpenteando por el litoral acantilado hasta que en algún lugar de la rambla de Gualchos-Castell de Ferro se volverían a unir los dos ramales para continuar, ya como un sólo camino, hacia Abdera (Adra). A la altura de Melicena su trazado se introduciría hacia el interior, buscando las minas de plomo de Turón. Y es que, es conocido que el trayecto entre Turón y Adra estaba jalonado por pequeños asentamientos equidistantes unos de otros, a modo de ventas para avituallar a los viajeros (mutationes).
Por último, el portus abderitano, situado a los pies del Cerro de Montecristo, sería el encargado de exportar el mineral.

José María Pérez Hens.

viernes, 3 de abril de 2015

Guerra de guerrilla en el valle del río de la toba. Acoso y derribo de los moriscos de Las Guájaras.

Para esta nueva entrada en el blog contamos con un colaborador especial, Don Luis del Mármol Carvajal, testigo y cronista oficial de la conocida como Guerra de las Alpujarras (1568-1570), la cual plasma detalladamente en su afamada obra titulada “Historia del rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada”, publicada en 1600. Estamos ante el auténtico predecesor de los actuales corresponsales de guerra. Militar e historiador granadino, se incorporó muy temprano a las tareas militares en los ejércitos del Emperador Carlos V, durante sus empresas norteafricanas a partir de la conquista de Argel (1535). Desde entonces, pasó 22 años en tierras magrebíes, siete de los cuales bajo cautiverio musulmán. Dicha experiencia le permitió alcanzar un alto grado de conocimiento de la lengua árabe y la cultura islámica. Ya en la segunda mitad del siglo XVI participa igualmente de las campañas italianas llevadas a cabo por los ejércitos imperiales. Labor que continuó desarrollando con la rebelión de los moriscos.


Como decimos, fue testigo directo de buena parte de las acciones bélicas y enfrentamientos acaecidos durante el conflicto alpujarreño, describiendo con todo lujo de detalles territorios, localidades, enfrentamientos, tácticas de combate, etc. Para ello contó, además, con testigos presenciales y actores en los enfrentamientos, tanto del bando cristiano como morisco, dado su conocimiento del árabe. La obra, compuesta por diez Libros, se estructura en base a cuatro aspectos principales que ayudan a dar coherencia a la descripción de los hechos. Primeramente desarrolla los antecedentes de la rebelión; seguidamente pone sobre la mesa los problemas de identidad y aculturación con que se encuentran los moriscos del Reino de Granada; en tercer lugar habla del papel de la intervención turca y norteafricana en la guerra; y, finalmente, expone las contradicciones políticas del bando cristiano con respecto al camino a seguir para acabar con el conflicto y a la concepción del problema morisco.

En el caso concreto que nos ocupa, recuperamos el relato de la incursión que los contingentes militares del Marqués de Mondéjar realizan a lo largo del valle del río de la Toba en los primeros días del mes de febrero de 1569, con el objeto de sofocar la sublevación de la población morisca de las Guájaras. En él se nos detalla el recorrido que realiza el ejército cristiano procedente de Órgiva, constatando a su paso la huida de los moriscos y la desolación que éstos han dejado en sus alquerías. De especial relevancia será la narración del confinamiento morisco en el llamado fuerte, un cerro localizado al noroeste de Guájar Alto, donde consiguen resistir el hostigamiento cristiano en diversas ocasiones, con final trágico para éstos que, como derrotados, acaban por sufrir las consecuencias de los perdedores……. Nada nuevo, por otro lado.

Sin más, os dejamos con el relato de la conquista de las llamadas Guájaras, el cual ocupa los Capítulos XXIX, XXX y XXI del Libro Quinto, si bien en esta ocasión reproduciremos el primero y el tercero de ellos, respetando la ortografía original.

Vista del valle del río de la Toba desde el este. A la izquierda Guájar Fondón y a la derecha Guájar Faragüit.
  

CAPÍTULO XXIX.
Cómo el Marqués de Mondéjar partió de Ujíjar para ir á las Guájaras, y la descripción de aquella tierra.


“[…] Otro dia martes [8 de febrero] partió el campo de Órgiba, y fue á Vélez de Benaudalla. El miércoles marchó la vuelta de las Guájaras; y porque se entendió que había enemigos con quien pelear aquel dia, mandó el Marqués á los escuderos que pasasen los soldados á las ancas de los caballos el rio de Motril, para que no se mojasen, que fuera de mucho inconveniente, según el frio que hacia. Pasado el rio, caminó la gente toda en sus ordenanzas, y llegando a Guájar del Fondon, donde se veian las reliquias del incendio que los herejes habían hecho en la iglesia cuando mataron a Juan Zapata, hallaron el lugar desamparado, aunque tenia un sitio fuerte donde se podían defender los moradores. De allí fue el campo á Guájar de Alfaguit, que también estaba solo, y allí se alojó aquel dia. Siendo pues informado el Marqués que los enemigos habían tomado dos derrotas, unos hacia el lugar de Guájar el alto, que también llaman del Rey, y otros por el camino de la cuesta de la Cebada la vuelta de la Alpujarra, envió luego dos capitanes con cada trecientos arcabuceros, que los siguiesen y procurasen atajar. El capitán Lujan llegó á un paso por donde de necesidad habían de pasar los que iban hácia la Alpujarra, y atajándolos, mató muchos dellos, y se recogió sin recibir daño, y el capitán Álvaro Flores siguió a los que iban hácia Guájar el alto, y alcanzando la retaguardia, cargaron tantos enemigos de socorro, que hubo de enviar un soldado á diligencia al Marqués á pedirle mas gente, porque la que llevaba era poca para poderlos acometer; el cual mandó apercibir algunas compañías; y porque los soldados tardaban en recogerse á las banderas, ocupados en robar las casas, fue necesario ponerse á caballo para que no se perdiese la ocasión; y dejando orden a Hernando de Oruña que recogiese el campo, y marchase luego tras él, caminó hácia donde andaba Alvaro Flores escaramuzando con los moros. Fueron delante don Alonso de Cárdenas y don Francisco de Mendoza con un golpe de soldados que pudieron recoger de presto; los cuales dando calor á nuestra gente, acometieron á los enemigos, y los desbarataron y pusieron en huida; y matando algunos les ganaron dos banderas; los otros se recogieron á un fuerte peñón, que está media legua encima de Guájar el alto, donde tenían recogida la ropa y las mujeres. Este es un sitio fuerte en la cumbre de un monte redondo, exento y muy alto, cercado de todas partes de una peña tajada, y tiene sola una vereda angosta y muy fragosa, que va la cuesta arriba mas de un cuarto de legua á dar á un peñoncete bajo, y de allí sube por una ladera yerta, hasta dar en unas peñas altas, cuya aspereza concede la entrada en un llano capaz de cuatro mil hombres, que no tiene otra subida á la parte de levante. A la de poniente está una cordillera ó cuchillo de sierra, que procede de otra mayor, y hace una silla algo honda, por la cual con igual dificultad se sube á entrar en el llano por entre otras piedras, que no parece sino que fueron puestas á mano para defender la entrada, si humanos brazos fueran poderosos para hacerlo. En este peñón tenia puesta toda su confianza Márcos el Zamar, alguacil de Játar, caudillo de los moros de aquel partido, y en él metieron á todas las mujeres con las riquezas de aquellos lugares, y más de mil hombres de pelea, cuando vieron que nuestro campo iba sobre ellos; y haciendo reparos de piedra, de colchones, albardas y otras cosas, tenían por bastante fortificación aquella para su defensa. Nuestros capitanes dejaron de seguir los enemigos; y volviendo á Guájar el alto, hallaron al Marqués de Mondéjar en él con alguna gente de á caballo; el cual por ser muy tarde, y el camino muy áspero y dificultoso para andarle de noche, envió á mandar á Alvaro de Oruña que no marchase hasta que fuese de dia, y con la gente que allí tenia se quedó alojado en aquel lugar. Estando nuestro campo en Guájar de Alfaguit, llegó de Granada el conde de Santisteban, acompañado de muchos caballeros deudos y amigos suyos, que iban á hallarse en esta jornada, y don Alonso de Portocarrero, que ya estaba sano de la herida de Poqueira, con la infantería y caballos que había enviado el Marqués de Mondéjar á pedir al conde de Tendilla”.




CAPÍTULO XXXI.
Cómo se combatió y ganó el fuerte de las Guájaras.

Cuando estuvo el campo todo junto, el marqués de Mondéjar mandó  dar por escrito á los capitanes la órden que se había de guardar en el combate, la cual fue desta manera: que Alvaro Flores y Gaspar Maldonado saliesen con seiscientos soldados á tomar un camino que va hácia la mar, y subiendo por él, fuesen ganando lo alto de la sierra ente mediodía y poniente. Que Bernabé Pizaño y Juan de Lujan con cuatrocientos arcabuceros, tomando la ladera del peñón llegasen a ocupar el cerro que está por bajo del fuerte. Que Andrés Pnce de León y don Pedro Ruiz de Aguayo con las ciento y veinte lanzas de la ciudad de Córdoba, y Miguel Jerónimo de Mendoza y don diego de Narváez con sus dos compañías de infantería, y con ellos el capitán Alonso de Robles, tomasen la parte del norte, y dejando la caballeria abajo, en lugar que pudiesen aprovecharse de los enemigos, si quisiesen hurtarse la vuelta de la Alpujarra, procurasen subir la sierra arriba, lo mas alto que pudiesen, hasta ponerse á caballero del enemigo; y que él con todo el resto del ejército iría por el camino derecho. Y por que los sitios donde habían de ponerse estas gentes no se descubrían desde el lugar donde estaba el campo, y convenía que el asalto se diese á tiempo que el peñon estuviese cercado, mandó que la señal de aviso se diese con una pieza de artillería de campaña. Había de tomar Alvaro de Flores dos grandes leguas de rodeo para irse á poner en su puesto, y por ser la tierra tan áspera no pudo llegar hasta después de mediodía. A esta hora descubrieron los moros la gente que iba tomando lo alto, y saliendo á gran priesa á defender el paso del sitio, donde se iban a poner los capitanes  Pizaño y lujan, no fueron parte para estorbárselo, antes se hubieron de retirar con daño. Estando pues el peñón al parecer muy bien cercado por todas partes, el Marqués mandó dar la señal del asalto, y la infantería subió el cerro arriba, donde aún se veían los regueros de la sangre cristiana , que destilaba por las heridas de los cuerpos desnudos; y hallando el primer peñoncete desocupado, por que los moros que estaban en él le dejaron viendo que Alvaro Flores se les había puesto a caballero en lo alto de la sierra, de donde les hacía mucho daño con los arcabuces, fueron retirándose hácia el fuerte Comenzóse á pelear desde lejos con los tiros de una parte y de otra, venciendo los ánimos de nuestros soldados la dificultad y aspereza de la tierra. Duró el combate hasta puesto el sol, defendiéndose los moros en sus reparos, ejercitando los brazos los hombres y las mujeres en arrojar grandes peñas y piedras sobre los que subían. Desta manera resistieron tres asaltos, no con pequeño daño de nuestra parte, hasta que el marqués de Mondéjar, viendo que ya era tarde, mandó retirar la gente y difirió el combate para el siguiente dia. Quedaron los bárbaros ufanos, aunque no poco temerosos, por conocer que la cercana noche les había alargado la vida; y cuando entendieron que podría haber algún descuido en nuestra gente, ó que reposarian los soldados del trabajo pasado, llamando el rústico Zamar á Gironcillo y á otros moros de cuenta que allí estaban, les dijo desta manera: “Los antiguos nuestros que ganaron la tierra que agora perdemos, metidos entre estas sierras celebraron este peñón y sitio, donde tenían cierta guarida de cualquier ímpetu de cristianos, estando la comarca poblada de moros, y teniendo a su disposición la costa de la mar; mas agora no sé si la tuvieran en tanto, desconfiados de socorro como nosotros estamos, y que de necesidad nos ha de consumir la sed, el hambre y las heridas destos enemigos, que tan valerosamente hemos expelido cuatro veces de nuestros reparos. La que tenemos por vitoria es propia indignación, para que con mayor crueldad pasen las espadas por nuestras gargantas, perseverando, como es cierto que perseverarán en los combates; y lo que mas siento es que pasaran por el mesmo rigor estas mujeres y criaturas inocentes. Tratar de rendirnos en esta coyuntura también será la postrera parte de nuestra vida; porque ¿quién duda sino que el airado Marqués querrá sacrificarnos á todos en venganza de la muerte de sus capitanes? Ea pues, hermanos, guardémonos para otros mejores efetos; y pues la noche nos cubre con su escuridad, y los cristianos están descuidados pensando tenernos en la red, sirvámonos de las encubiertas veredas que sabemos, guiando á nuestras familias la vuelta de la sierra”. Todos aprobaron este parecer, y siendo su capitán el primero, salieron lo mas calladamente que pudieron, llevando tras de sí mucha cantidad de mujeres que tuvieron ánimo para seguirlos, bajando por despeñaderos que aún á cabras pareciera dificultoso camino, y sin ser sentidos de las guardas de nuestro campo que rodeaban el peñón, se fueron hácia las Albuñuelas. Quedaron en el fuerte los viejos y mucha parte de las mujeres con esperanza de salvar las vidas, dándose á merced del vencedor; y antes que esclareciese el dia dijeron á un cristiano sacerdote que tenían captivo, llamado Escalona, que llamase á los cristianos y les dijese como la gente de guerra toda se había ido, y los que allí quedaban se querían dar á merced. El cual se asomó sobre uno de los reparos, y á grandes voces, dijo que subiesen los cristianos arriba, porque no había quien defendiese el fuerte; mas aunque lo oyeron las centinelas y se dio aviso al Marqués, no consintió subir á nadie hasta que fué claro el dia. Entonces mandó á los capitanes don Diego de Argote y Cosme de Armenta que con cuatrocientos arcabuceros de Córdoba fuesen á ver si era verdad lo que aquel hombre decía; y hallando ser ansí, ocuparon el fuerte, y dieron aviso dello. Este dia alancearon los caballos cantidad de moros y moras que iban huyendo; y el Zamar, que levaba una hija doncella de edad de trece años en los hombros por aquellas sierras, porque se le había cansado, vino á parar en poder de unos soldados, que le prendieron, y en granada hizo el conde de Tendilla rigorosa justicia después dél. Fue tanta la indignación del Marqués de Mondéjar, que, sin perdonar á ninguna edad ni sexo, mandó pasar á cuchillo hombres y mujeres cuantos había en el fuerte, y en su presencia los hacia matar á los alabarderos de su guardia, que no bastaban los ruegos de los caballeros y capitanes ni las piadosas lágrimas de las que pedían la miserable vida. Luego mandó asolar el fuerte, dando el despojo á los soldados; y así para esto como para enviar una escolta á Motril con los enfermos y heridos, que eran muchos, se detuvo hasta el lunes 14 de febrero, que envió al conde de Santisteban con el campo á que le aguardase en Vélez de Benaudalla, y él se fue con sola la caballería á visitar los presidios de Almuñécar, Motril y Salobreña; y tornando á juntarse con él, volvió á Orgiba para proseguir en la reducion de los lugares de la Alpujarra. Por la toma deste peñón se hicieron alegrías en Granada, aunque mezcladas con tristeza por los cristianos que habían sido muertos, y lo mesmo fue en otras muchas partes del reino.”




domingo, 8 de febrero de 2015

Urbanismo y Religión en la Salobreña nazarí.

El trabajo que se presenta fue publicado en el año 2012 en la revista local SEL SILVANUS, la cual viene siendo editada de forma anual por la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Salobreña. En él se realiza una visión breve y general del urbanismo y de la vida religiosa en la Salawbinya de época nazarí. 

El autor, José María García-Consuegra Flores, arqueólogo de profesión desde hace ya algunos años, compagina su vida laboral con una investigación personal centrada principalmente en Salobreña y su territorio en época medieval y su paso al mundo cristiano de época moderna. Realizó el programa de doctorado “Arqueología y Territorio” de la Universidad de Granada, culminado en 2007 con la lectura de su trabajo para la suficiencia investigadora basado en el estudio de paramentos del castillo de Salobreña (http://www.ugr.es/~arqueologyterritorio/PDF4/Consuegra.pdf), un trabajo de la llamada Arqueología de la Arquitectura.
Desde entonces, han visto la luz diversos de sus artículos, ya en solitario, ya en colaboración con diversos investigadores locales, en un intento por recuperar y revalorizar el patrimonio histórico y arqueológico de esta región del bajo Guadalfeo. Un grupo que, como bien pregonamos desde PATRIMONIO BAJO GUADALFEO, hace que con cada granito de arena que representa cada una de sus trabajos e investigaciones empiecen a ponerse sobre la mesa de la puesta al día este territorio y su entorno natural que tanto le caracteriza, de caras a un mayor conocimiento y disfrute y a una mejor gestión patrimonial y medioambiental por parte de los ciudadanos y de las administraciones, a partes iguales, cada uno en la medida que le corresponda.

En la publicación que presentamos, como decimos, con algunas adaptaciones y actualizaciones con respecto al texto original, José María nos ofrece una visión general del urbanismo de la Salobreña medieval y expone, de manera somera, divulgativa y desde un punto de vista histórico, cultural y arqueológico, las pautas de la vida religiosa de los musulmanes salobreñeros. Además de lanzar una hipótesis respecto a su mezquita, “de magnífica arquitectura” como bien nos relató Ibn al-Jatib, y que tras la conquista cristiana fue sustituida por la actual iglesia de Nuestra Señora del Rosario.
Sin más, esperamos os guste.



Viniendo por la carretera nacional CN-343 Bailén-Motril desde Granada, a la altura de Lobres, el promontorio calizo donde asienta Salobreña se resalta de manera imponente sobre dos mares: el verde de la vega creada por el Guadalfeo en su tramo final, y el azul del Mediterráneo. Esta era la primera impresión que obtenían los viajeros que en época medieval bajaban a la costa tras una tortuosa ruta por angostas y serpenteantes veredas, una vez sobrepasado el vado de Los Tajos. Y es que, procedente de Granada, esta era la entrada a la denominada por los castellanos como “Tierra de Salobreña” cuando ésta quedó bajo su control a finales del siglo XV. Se trata de un pequeño territorio que se corresponde con el tramo final del curso del río Guadalfeo y su desembocadura en el Mediterráneo, así como las sierras que lo circundan. Un territorio que ya de antiguo se estructuraba y organizaba en base al núcleo urbano que se asentaba en el promontorio rocoso.

La Salawbinya nazarí.

Durante todo el periodo medieval este territorio representó uno de los diversos Distritos (Aqalim) que conformaban la Cora de Ilvira, primero bajo el gobierno del Califato Omeya (siglos X-XI) y posteriormente bajo el dominio de las dinastías norteafricanas de los Almorávides y Almohades (siglos XII-XIII) y el sultanato nazarí (siglos XIII-XV), cuando ya representaba uno de los núcleos de población que más relevancia adquirieron en este último reino islámico, no sólo a nivel político y militar sino, además, como asilo y retiro de diversos monarcas de dicha dinastía desde finales del siglo XIV. Se trata de una incipiente y modesta madina (ciudad) cuyo desarrollo urbano se ve frenado por la ocupación castellana a fines del siglo XV (1489), momento a partir del cual el núcleo habitado queda despoblado y controlado única y exclusivamente por contingentes militares castellanos, que toman la fortaleza salobreñera como punta de lanza desde la cual dominar y controlar todo este territorio.

Es a lo largo de este periodo nazarí que se comienza a tener constancia de los diversos elementos propios del urbanismo islámico en Salobreña, tales como una alcazaba (en este caso la fortaleza preexistente se amplia y mejora con el objeto de alojar a los diversos miembros de la familia real, consolidándose como alcázar-alcazaba urbana); una mezquita mayor o Masyid al-yama´a; unos baños o Hammam; un recinto amurallado; puerto; necrópolis o Maqbara; etc. Tal es así que el propio Ibn al-Jatib en el siglo XV refiere que “los edificios de Salobreña alcanzan bastante celebridad”, e incluso que “tiene una gran mezquita, de magnífica arquitectura”.

Urbanismo y viario.

La trama urbana de Salobreña es de clara tradición andalusí, quedando huella aún hoy día en la morfología de su callejero. Sabemos por la toponimia del siglo XVIII, de la existencia de calles cubiertas y abovedadas tan características en el callejero islámico, es el caso de la c/ de la Bovedilla y la del Arco. La sinuosidad y estrechez del entramado urbano no hacía más que responder a aspectos prácticos pues en realidad se trata de una adaptación al terreno.

La ocupación del promontorio en el periodo nazarí se localiza en su coronación, en la mitad superior. De hecho así ha sido hasta bien entrado el siglo pasado, organizándose la población según los cánones del originario entramado urbano islámico. El núcleo habitado quedaba protegido y rodeado por una muralla y sus correspondientes torreones, erigidos en puntos estratégicos para una mejor defensa de la madina y sus accesos. Su recorrido se ha podido recuperar en parte gracias a los pocos restos que han llegado a nuestros días, a la toponimia en la cual ha quedado fosilizado su trazado y a la documentación de archivo de época moderna, concretamente al Catastro del Marqués de la Ensenada (1752). Se trata de un trazado en forma de luna menguante que se adapta a la topografía del promontorio, salvando la vaguada que se abre a levante que nace a los pies de la Plaza del Mercado y que hoy día conforma la Cuesta del Rosario. Parece ser que el espacio más habitado del promontorio fue el espolón rocoso desarrollado al este de la fortaleza, lugar donde se situaría el acceso principal al núcleo urbano. Por el contrario, el espacio conocido como Albaicín, el espolón desarrollado al sureste de la alcazaba, estaba algo menos habitado, haciendo incluso las funciones de albacar. El nexo de unión que articulaba ambos espacios lo representa la vaguada mencionada anteriormente en cuya cabecera se erigía la mezquita mayor y, posteriormente, la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario y la Bóveda.

De cada uno de los accesos a la madina surgen las vías principales en base a las que se organizaría el solar urbano. En nuestro caso las calles Real, Agrela y, en menor medida, Estación, representan los ejes viarios principales, de los cuales se derivarían calles secundarias. Las viviendas, ateniéndonos a las referencias extraídas del Libro de Repartimiento, parece ser que eran bastante modestas, constituidas por una cocina y una sala o “palacio”. En el mejor de los casos contaban con dos cuerpos de pequeñas dimensiones y un corral. En algunos ejemplos se tiene constancia, incluso, de un pequeño espacio adosado para labrar.

Viario y urbanismo de la Salobreña nazarí (autor: José María García-Consuegra Flores).

El Islam en Salawbinya. Características y Ritos.

Mientras Salobreña y su territorio permanecieron bajo la cultura musulmana fue el Islam la religión predominante entre la población. En ella Dios, Allah para el musulmán, es omnipresente y todopoderoso, el creador de todas las cosas en el universo. Allah, a través del arcángel Gabriel, reveló sus preceptos a su profeta Mahoma (Muhammad), los cuales fueron puestos por escrito en el libro sagrado conocido como Corán (Quran) por sus seguidores tras su muerte. Fueron Mahoma y el Corán los ejes constitutivos de la religión islámica, sirviendo de referente a los fieles seguidores.

El Corán consta de 114 capítulos o Suras, contando cada uno de ellos con indeterminados versículos, los Ayat. A excepción del capítulo inicial, el resto se ordena según su extensión, de mayor a menor y están escritos con prosa rítmica. En él se narran tanto la Ley musulmana como las creencias religiosas, siendo la principal que únicamente existe un sólo Dios (“En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Di: él es Dios, es único. Él sólo. No ha engendrado ni ha sido engendrado y no hay nada que se le asemeje”. Sura CXII, Ayat 1-4), el cual lo sabe todo, es bueno, piadoso y justo y cuyas decisiones no pueden ser alteradas ni discutidas por nadie. Además, de todas sus criaturas es el hombre su preferida, por ello es el centro del universo. Igualmente, Allah contaba ángeles encargados de hacer cumplir correctamente las leyes divinas, los cuales acompañan a los creyentes durante toda su vida y desaparecen tras el Juicio Final. Con todo, un grupo de estos ángeles se revelaron contra Allah, dirigidos por Iblis (o Shaytan), son los demonios o Dyinn.
A diferencia de los cristianos, el musulmán no tiene un guía religioso o autoridad suprema, como sería el Papa, los musulmanes simplemente conforman una comunidad de creyentes que se reúnen en la mezquita para orar y comunicarse con Allah, organizando y rigiendo su existencia, comportamiento y manera de ser y estar según dictan el Corán y la Sharia.

El sagrado Corán.

Así pues, es la Ley musulmana (Sharia) la que dirige y rige la vida del creyente, el cual la ha de seguir sin desviarse del camino que ésta le marca. Consta de cinco obligaciones básicas que debe cumplir todo buen musulmán, son los llamados “5 Pilares del Islam”:
  1. La Profesión de Fe, o Shahada (“No hay más Dios que Allah; y Mahoma es su enviado / La illa illa-llah; wa Muhammad rasulla-llah”).
  2. Rezar cinco veces al día, o Salat: al alba, a mediodía, por la tarde, al atardecer y por la noche. Este acto se debe de realizar orientándose hacia La Meca y siguiendo un ritual.
  3. Dar limosna, o Zakah. Entrega anual de una ayuda a los más necesitados, según las posibilidades de cada creyente (“Te preguntan cómo han de hacer limosna. Responde: el bien que gastáis que sea para los padres, los parientes, los huérfanos y los viajeros. El bien que hacéis Dios lo conoce”. Sura II, Ayat 211).
  4. El ayuno durante el mes de Ramadán, el noveno de calendario musulmán. En él queda prohibido comer, beber, fumar, tener relaciones sexuales, etc. durante las horas diurnas, quedando excluidos de estas obligaciones niños pequeños, enfermos y embarazadas.
  5. La peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida, aquellos que económicamente puedan permitírselo y que la salud se lo permita.

Otras obligaciones y deberes para todo buen creyente son no comer carne de cerdo ni sangre, no beber alcohol, evitar peleas (si no es en defensa del Islam), respetar a la mujer, no ser ocioso y asistir a la oración de mediodía de los viernes (día sagrado) a la mezquita principal.

Es la mezquita su lugar sagrado, representando no sólo el espacio de comunicación con Dios, sino también un lugar de recogimiento, de conocimiento, justicia, educación y paz. Se trata de un edificio orientado de manera que uno de sus lados se encare en dirección a La Meca (Qibla), lugar hacia donde se dirige la oración. En él se abre un pequeño nicho/oratorio (Mihrab) de acceso restringido al Imam, autoridad encargada de dirigir la oración de los viernes.
Estos son los elementos principales en las mezquitas en tanto que en base a ellos se estructura la Sala de Oraciones (Haram) donde los creyentes siguen la oración del Imam, el cual proclama el llamado Sermón (Jutba) desde un púlpito (Mimbar) a la comunidad cada viernes. Las mujeres se sitúan en la parte trasera de la Sala.
De manera previa al acceso al interior de la Sala de Oraciones, el musulmán debe atravesar un Patio (Sahn) en el que se ubica una o varias fuentes en las que purificarse antes de entrar al templo, debiendo lavarse la cara (ojos, boca y nariz), las manos, los pies y los oídos. En ausencia de agua la purificación puede realizarse con tierra o una piedra. Finalmente, cada mezquita cuenta con una torre (Alminar o Minarete) desde donde el Muecín se encarga de llamar a la oración a los fieles las cinco veces prescritas.


Como se comentaba anteriormente, no estamos sólo ante un templo de culto religioso ya que, además, la mezquita jugaba un papel educativo, social y político esencial, en tanto que elemento intermediario entre las comunidades y los agentes del Estado. Con todo, la labor educativa es fundamental, en la que, si bien principalmente se enseña a leer y memorizar el Corán, en las ciudades de cierta entidad se imparten clases de diversas materias, tales como geografía, historia, matemáticas, dialéctica, gramática, etc., así como celebraciones de sesiones judiciales de ámbito local. También representa un refugio para gente desamparada, acogiendo a todo aquel que busque o necesite recogimiento espiritual y personal.


Las pequeñas ciudades, e incluso las poblaciones rurales, cuentan con una sola mezquita, mientras que en las grandes ciudades es común encontrar diversas de ellas difuminadas por los diferentes barrios. Con todo, los viernes la comunidad debe de acudir a la oración a la mezquita principal, o aljama. Gracias a las donaciones de la comunidad, cada mezquita goza de unos ingresos y unos bienes cuyos beneficios revierten en el sustento de las personas encargadas de su funcionamiento y mantenimiento, así como en las diversas funciones educativas y de beneficéncia que realizan para con la comunidad. Son los llamados Bienes Habices.

De la mezquita de la Salawbinya nazarí poca cosa conocemos. Tan sólo contamos con la referencia que hace Ibn al-Jatib al describir Salobreña en el siglo XIV. En dicha descripción simplemente constata que “tiene una gran mezquita, de magnífica arquitectura”. Con toda probabilidad se encontraría en el solar que actualmente ocupa la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario, construida sobre la antigua mezquita en el siglo XVI. Es de suponer que tendría unas dimensiones modestas, formando parte del mencionado conjunto de mezquitas de pequeñas ciudades y núcleos rurales. En este sentido, se han podido establecer diversas tipologías de mezquitas, llamadas rurales, en base a las plantas de las que han podido ser analizadas, a saber:
  • De planta longitudinal. Más profunda que ancha y con tendencia cuadrangular, con tres o cinco naves perpendiculares a la Qibla. Contaría con un pequeño patio en su mitad o tercio noroccidental, y un alminar localizado en un ángulo del patio o en el centro del muro norte. Es el tipo más frecuente observado en al-Andalus y el Magreb, siendo algunos ejemplos las documentadas en Almonaster la Real (Huelva), el Puerto de Santa María (Cádiz) o en el Cortijo del Centeno (Lorca, Murcia).
  • De planta rectangular apaisada. Más anchas que profundas, con cinco naves iguales y perpendiculares a la Qibla. Es el caso de las mezquitas de Vascos (Toledo) y Archidona (Málaga).
  • De planta simple. Con un formato apaisado pero constituidas por un único espacio o por dos naves paralelas a la Qibla, en la cual se abre un Mihrab sencillo, de planta circular o rectangular. Así se observa en la Rábita de Guardamar (Alicante) o en Sa Nitja (Menorca).

En base a esta tipología, y analizando diversas variables como son el espacio y la topografía en la que asentaría, podemos lanzar la hipótesis de que la mezquita de Salawbinya probablemente se encontrara dentro de la categoría de mezquitas con planta rectangular apaisada, con más amplitud que profundidad debido a lo abrupto del terreno, que en este caso nuestro presenta una fuerte pendiente noroeste-sureste. Tanto es así que, ya en el siglo XVI, para la construcción de la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario se hace necesaria la creación de una plataforma más amplia en la que establecer el nuevo templo cristiano, la cual da lugar a la conocida como Bóveda.

Localización de la mezquita dentro del entramado urbano.

Imagen de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y de la Bóveda.

Pero también en la muerte el Islam representa un sendero de comportamiento, presentando un ritual funerario propio y característico, común a toda la población musulmana. Dicho ritual funerario islámico establece diversos pasos a seguir una vez el individuo fallece:
  • Asistencia espiritual al individuo, en la que se le recita la Profesión de Fe (“No hay más Dios que Allah, y Mahoma es su mensajero”).
  • Purificación del cadáver. Se lavaba el cuerpo del difunto mientras se recitan una serie de oraciones ceremoniales. Por lo general la mujer lava al marido y viceversa. Finalmente se recita la oración llamada “El Trono de Dios”.
  • Amortajamiento. Tras la purificación se viste el cadáver con una camisa nueva y se le envuelve en una sábana de lino, atada en la cabecera y en los pies. La seda está prohibida, así como el introducir en el ataúd elementos de oro o plata.
  • Conducción al cementerio. Se traslada el cuerpo a hombros a la mezquita donde el Imam recita unas plegarias y solicita a los asistentes que den testimonio del comportamiento virtuoso o no en vida del fallecido. Si se dan tres o cuatro testigos favorables (según regiones y tradiciones) el muerto accede al Cielo.
  • Oración por el difunto. Ya en el cementerio (Maqbara), se realiza a los pies de la sepultura, variando según el fallecido sea hombre, mujer o niño/a.
  • Enterramiento. La fosa debe ser cavada en tierra virgen y firme, con una profundidad que alcance medio cuerpo de un hombre. Se deposita el cadáver en decúbito supino o en decúbito lateral derecho, siempre con la cara orientada a La Meca. Se cubre la fosa, sin rellenarla de tierra, mediante lajas y/o piedras. Con todo, antes de cerrar la fosa, se deposita la llamada Carta de la Muerte, colocada bajo la cabeza o bajo la mejilla derecha (en el caso de los hombres); o en la cabecera de la fosa, bajo tierra (en el caso de las mujeres). Esta carta ayuda al muerto en su Juicio Final, realizado por los ángeles Móncar y Faquir (los llamados Ángeles de los Sepulcros).
  • Banquete post mortem. Se celebra durante las siete noches siguientes al entierro y consisten en una comida frugal de “cosas sumarias, no cocidas en olla”. Se le denominada el Bocado Amargo por ser “la comida última que se come por aquel muerto en el mundo”.



Enterramientos de ritual funerario islámico en la c/ Ingenio nº 5 de Salobreña (autor: Diego López Martínez).


José María García-Consuegra Flores


Referencias bibliográficas.

  •  CALVO CAPILLA, S. (2004): “Las mezquitas de pequeñas ciudades y núcleos rurales de al-Andalus”, en Revista de Ciencias de las Religiones, pp. 39-63.
  • CARO BAROJA, J. (1957): Los moriscos en el Reino de Granada. Ensayo de historia social, Madrid.
  • GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J. Mª. (2007): “El castillo de Salobreña (Granada) en época medieval”, en Arqueología y Territorio. Revista Electrónica del programa de Doctorado, ISBN 1698-5664, nº 4, pp. 203-216. http://www.ugr.es/~arqueologyterritorio/PDF4/Consuegra.pdf
  • LONGÁS BARTIBAS, P. (1915): La vida religiosa de los moriscos, Universidad de Granada, 1990.
  • LÓPEZ MARTÍNEZ, D. et alii (2007): Intervención arqueológica preventevia mediante control arqueológico de movimiento de tierras en c/ Ingenio nº 5 de Salobreña (Granada), depositada en Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada.
  • MALPICA CUELLO, A. (1996): Medio físico y poblamiento en el delta del Guadalfeo. Salobreña y su territorio en época medieval, Granada.
  • MÁRMOL CARVAJAL, L.: Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del Reino de Granada, Ed. Arguval, 2004.
  • NAVAS RODRÍGUEZ, J. (2001): Salobreña. Guía histórica y monumental, Salobreña.
  • NAVAS RODRÍGUEZ, J; GARCÍA-CONSUEGRA, J.M. (2009): “La formación de una incipiente madina nazarí: la Salawbinya de los siglos XIV-XV”, en @rqueología y Territorio. Revista Electrónica del programa de Doctorado, ISBN 1698-5664, nº 6, pp. 225-237. http://www.ugr.es/~arqueologyterritorio/PDF6/Navas-Consuegra.pdf
  • TRILLO SANJOSÉ, C. (2011):” Mezquitas en al-Andalus: un espacio entre las comunidades y el Poder”, en Studia Historica nº 29, pp. 73-98.





domingo, 28 de diciembre de 2014

“En lo alto de la torre ha de haver constante un centinela, de dia y de noche”. EL SISTEMA DEFENSIVO DE LA COSTA TROPICAL GRANADINA EN ÉPOCA MEDIEVAL Y MODERNA. UNA VISIÓN GLOBAL.

El trabajo que seguidamente se expone corresponde a la conferencia realizada por el arqueólogo e historiador José María García-Consuegra Flores en el Museo de Historia de Motril (MHIMO), el día 14 de febrero del pasado 2013. Dicha conferencia formaba parte del programa “El Museo pieza a pieza”, el cual venía desarrollándose periódicamente en el Museo de Historia de la ciudad, con el objeto de dar a conocer de manera detallada el rico patrimonio que contiene este emblemático edificio, así como analizar su colección permanente. 

En esta ocasión, la cita se centró en el denominado “Eje 4. La defensa de la Costa. La amenaza de enemigos, piratas y corsarios entre los siglos XV y XVIII”, exponiendo un somero análisis histórico de este período y la colección alusiva al mismo, cuya pieza estrella, el Reglamento de Carlos III, pertenece al fondo documental de la institución.
Finalmente, se exponen diversas referencias bibliográficas y enlaces de interés para quien quiera profundizar algo más.



Introducción.

Desde los primeros años tras la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos, se hace necesario un sistema de defensa del litoral ante la constante amenaza procedente del norte de África a la que esta región quedó expuesta. Especialmente a medida que la presión fiscal y social sobre la población musulmana, ahora morisca, se hacía más fuerte. Ello provocó que estos moriscos optaran cada vez más por abandonar sus tierras de origen y pasar al norte de África. Éstos representaban un importante aliado para la piratería berberisca, en tanto que grandes conocedores del territorio, motivo por el cual se sirvieron de ellos para los continuos ataques y razias que realizaban sobre estas costas granadinas. Se trata de rápidos desembarcos en las diversas calas que jalonan la costa, a las que llegaban de noche y que les ofrecía un refugio momentáneo, antes de volver rápidamente a sus bases norteafricanas tras asaltar poblaciones y tierras y hacerse con un buen botín. Un claro ejemplo lo representa el asalto y expolio que sufrió Motril en 1507.

Esta necesidad de proteger su costa por parte de los diferentes reyes de la Monarquía hispánica, se irá incrementando a lo largo de los siglos XVI y XVII, en el marco de la Guerra de las Alpujarras y del enfrentamiento con el poderoso Imperio Turco, llegando a su máximo apogeo y perfeccionamiento a finales del siglo XVIII, cuando el litoral andaluz es escenario de los enfrentamientos navales con el pujante Imperio británico tras la Guerra de Sucesión (1701-1713).

Las innovaciones en el arte de la guerra y de sus mecanismos durante los siglos XIX y XX, convirtieron en obsoletas las estructuras defensivas que hasta la fecha caracterizaban el sistema defensivo del territorio costero, sufriendo desde entonces un creciente declive y abandono, muchas de ellas ya seriamente dañadas durante la Guerra de Independencia (1808-1814) por las tropas británicas y napoleónicas.

Torre del Zambullón (Calahonda).

La organización de la defensa de la costa granadina aparece estructurada como tal desde época islámica, más como organización de un territorio que como concepto de “defensa” y de control militar de la costa frente a posibles ataques. En el periodo andalusí este tipo de construcciones forman parte de un sistema de organización del territorio, el cual se articulaba esencialmente en torno a núcleos urbanos fortificados, en este caso Almuñécar (al-Munakkab) y Salobreña (Salawbinya).

Será con la conquista castellana cuando, por orden de los Reyes Católicos, se estructure militarmente la vigilancia y defensa de la costa como tal, organizada en base a Torres y Atalayas intercomunicadas entre sí desde el Campo de Gibraltar (Cádiz) hasta la costa de Vera (Almería). Este entramado defensivo no sólo respondía a la necesidad de prevención de ataques por parte de los berberiscos, sino también al establecimiento de una línea de vanguardia mediante la cual catapultar posibles campañas de conquista en el norte de África. Así, en 1497 los Reyes Católicos encargan la redacción de la “Instrucción para la guarda de la costa”, origen de la mencionada estructura defensiva costera de la Corona. Sobre este documento, a lo largo del siglo XVI (sobretodo con el reinado de Felipe II), se desarrolla una compleja legislación en la que se establece, tanto la organización, funcionamiento y oficios vinculados al sistema defensivo costero, como su financiación.

Durante su regencia, Carlos III dará otra vuelta de tuerca a la defensa de la costa con la publicación del “Reglamento que su Majestad manda observar a las diferentes clases destinadas al real servicio de la costa del Reyno de Granada” (1764). En él, entre otros aspectos, se organiza el territorio en Partidos, quedando desde entonces los distritos de Salobreña y Motril agrupados en el ahora Partido de Motril, localidad cabecera que controla un territorio que abarcaba desde las costas salobreñeras hasta la Torre del Cáutor (La Mamola). Además, este Reglamento dotará de artillería diversas guarniciones militares y articulará la defensa del litoral en base a cuatro elementos:
  • Baterías.
  • Torres para artillería.
  • Atalayas.
  • Casas-Fuerte.
Seguidamente se exponen las diferentes fases histórico-constructivas que han caracterizado y configurado el sistema de defensa de la costa, primero del sultanato nazarí y, posteriormente, del llamado Reino de Granada. En cada uno de ellos se realizará una breve contextualización político-militar del periodo concreto para poder entender qué causas y consecuencias provocan y derivan de los acontecimientos históricos en cuestión, los cuales se reflejarán en una serie de políticas edilicias y poliorcéticas mediante las cuales se consolidan, reorganizan y refortifican los elementos militares preexistentes. Finalmente se muestra en qué grado se plasmaron cada una de dichas políticas militares en el paisaje del ámbito geográfico que nos ocupa, el del bajo Guadalfeo y los Llanos de Carchuna.

Área de localización.

La Costa y su defensa en época nazarí (siglos XIII-XV).

El origen del sistema de defensa de la costa, cuyos vestigios podemos observar actualmente a lo largo de la costa, tiene su origen en el periodo nazarí (siglos XIII-XV). Fue aquel un sistema de defensa de la costa, gestionado y controlado directamente por el Sultán, que se articulaba a partir de las diversas fortalezas urbanas y castillos a los que se les vinculan una serie de torres-atalaya intercomunicadas visualmente entre sí. Buena parte, de ellas nos han llegado modificadas por los castellanos, los cuales las reestructuran y adaptan a sus nuevas necesidades artilleras con el objeto de someter y controlar el nuevo territorio conquistado.
En el ámbito geográfico que nos ocupa, el de la costa granadina, serán las alcazabas de Almuñécar y Salobreña, así como los castillos de Castell de Ferro y, posiblemente, el de la Rábita de Albuñol, los elementos principales de esta frontera marítima. Las diferentes torres-atalaya diseminadas a lo largo de la línea costera permitían una vigilancia y cierta protección tanto del territorio como de la población frente al enemigo, primero meriní y, posteriormente, castellano.
Son, pues, los nazaríes los que por primera vez, frente a la amenaza y acoso de los meriníes norteafricanos, convierten la costa en una auténtica frontera marítima de su reino. Posteriormente, serán los castellanos los que, gracias al uso de artillería pesada, significarán el principal enemigo granadino, lo cual, por otro lado, propiciará el desarrollo de una política de refortificación por orden del sultán Muhammad V.

Sobre las fortalezas de Almuñécar, Salobreña y Castell de Ferro recaerá el peso de la defensa de la costa, apoyándose en una serie de torres-atalaya las cuales realizaban una doble función. De un lado, alertaban y prevenían del posible peligro marítimo y, del otro, permitían la defensa de las diversas calas y ofrecían refugio a las pesquerías, como en el caso de La Rijana.
Estas torres-atalaya presentaban una fisonomía y técnica constructiva propias. Se trata de torres de cuerpo macizo, moderadamente esbelto y desarrollo cilíndrico, realizadas con mampostería de mediano tamaño dispuesta en hiladas, encintadas por una línea de ripios, todo ello trabado y enlucido con mortero de cal. Contaban con una pequeña estancia, a la que se accedía mediante un acceso elevado, y una azotea o terraza. No estaban ideadas para albergar artillería ni pertrechos de guerra de ningún tipo. Uno de los ejemplos más claros es la Torre del Cambrón, localizada dentro del perímetro del Hotel Salobreña.

Vista general de la Torre del Cambrón (Hotel Salobreña) en la actualidad.

 Detalle de su técnica constructiva.

Con lo expuesto, el panorama militar del bajo Guadalfeo quedaba organizado a partir de la alcazaba de Salobreña, a la que se le vinculaban, a poniente, la citada Torre del Cambrón y la llamada por los castellanos como Estançia de los Henares, hoy desaparecida. A levante se erigía la Torre de Trafal Ramal, igualmente desaparecida, situada en la misma desembocadura del río Guadalfeo; y la del Chucho, también desaparecida y que se localizaría en el actual emplazamiento del Faro Sacratif.


Como se ha referido más arriba, los castellanos aprovecharán buena parte de las estructuras nazaríes, transformando, e incluso reedificando, especialmente las fortalezas de Salobreña y Almuñécar para adecuarlas a las necesidades de su artillería; así como levantando algunas torres en determinados puntos para un mejor control y sometimiento de los nuevos territorios conseguidos.


Redefinición del sistema defensivo de la costa del Reino de Granada en época moderna (siglos XV-XVII). De la iniciativa de los Reyes Católicos a la consolidación de Felipe II.

Con la toma de la ciudad de Granada en 1492, la costa del Reino de Granada (el cual englobaba las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería), bajo control castellano desde 1489, pasa a estar dentro de la jurisdicción de la Capitanía General, la cual fue regentada por los miembros de la familia López de Mendoza, como privilegio real en recompensa por los servicios prestados a la Corona en la Guerra de Granada.
La difícil y agitada convivencia entre los contingentes militares encargados de velar por la seguridad y protección de los nuevos territorios adquiridos y la población musulmana, víctima de constantes abusos fiscales y sociales, junto al continuo temor a la llegada de milicias norteafricanas en un intento por recuperar los territorios perdidos, hizo que en 1497 los Reyes Católicos mandaran redactar la llamada “Instrucción para la Guarda de la costa”, un documento mediante el cual se establecían las bases para una mejor defensa y control de la costa, aprovechando la estructura defensiva nazarí preexistente.

Se trata de un periodo de descontento y radicalización general por parte de los ahora moriscos, los cuales eran víctimas de auténticos abusos por parte de las autoridades castellanas. Con el asentamiento de milicias en la fortaleza de Salobreña, toda su población se ve obligada a abandonar la ciudad, instalándose en las diversas alquerías que conformaban el territorio salobreñero. Por otro lado, la pujanza de Motril en la región como centro económico y comercial, favorecerá el afincamiento de cristianos viejos los cuales, haciendo valer sus privilegios de cristianos viejos sobre la población musulmana, encenderá todavía más los ánimos de indignación y rebelión. Ante tal situación, muchos moriscos optarán por pasar al norte de África entre 1500 y 1507, abandonando todos sus bienes y tierras. Serán alquerías al completo las que se embarcarán con nocturnidad y clandestinidad, incluso sumándose a los ataques piratas de los berberiscos norteafricanos, a los que se añadían tras sus razias.

Estos emigrados forzados, a modo de represalia, llegaron a servir de guía en los múltiples asaltos en tanto que grandes conocedores del terreno. Un claro ejemplo es el asalto que sufrió Motril en 1507, cuando un grupo de berberiscos y andalusíes, encabezados por el antiguo alguacil motrileño Fernando Mogrid o Mugihid, desembarcó en las costas de Calahonda de madrugada y se dirigió a Motril, arrasándola, saqueándola y masacrando a los cristianos viejos que no pudieron resguardarse en la fortificada iglesia de la Encarnación. Tras el ataque regresaron al amanecer a sus navíos acompañados de más motrileños hartos de soportar el acoso cristiano y de un cuantioso botín.

Todo este ambiente prebélico fue el que propició, a petición expresa de la propia población motrileña, la fortificación de la iglesia mayor de la Encarnación (1510-1514), convirtiéndose en una auténtica iglesia-fortaleza en la que refugiarse en caso de ataque. De igual modo sucedió con el amurallamiento de la villa a partir de 1528, de tal manera que quedasen a resguardo los principales edificios: la iglesia mayor, la plaza pública, el ayuntamiento, la cárcel, el hospital, el pósito, las alhóndigas y alrededor de 200 casas, excluyendo extramuros a la población morisca.

En el momento de la redacción de esta Instrucción, la mayor parte de las fortificaciones se concentraban en la mitad occidental del Reino (Estepona, Marbella, Fuengirola, Málaga, Almuñécar o Salobreña); en la mitad de levante tan sólo Adra, la bahía de Almería y los llanos situados entre las sierras de Cabrera y de Almagrera (en el Bajo Almanzora) contaban con una fortaleza. El complejo defensivo se completaba con una serie de torres y Estançias que jalonaban la línea de costa, buena parte de las cuales se encontraban en bastante mal estado.

Entre otras disposiciones, se ordena a los alcaides de las villas y fortalezas a residir en ellas para una mejor efectividad y desarrollo de sus funciones, así como la prohibición de presencia de población islámica “a una legua a la redonda, so ciertas penas” alrededor de las fortalezas y villas, si bien se permitían algunas excepciones, en cuyo caso debían correr con el gasto de mantenimiento de las “estançias”. Este documento se irá completando a lo largo del siglo XVI mediante diversas Provisiones Reales de tal modo que se desarrollará una compleja legislación que sentará las bases de la articulación, funcionamiento y financiación de los diversos elementos y guarniciones militares de este nuevo sistema defensivo costero.

Las actuaciones principales se centrarán en la consolidación de diversas torres de origen nazarí y, especialmente, en el acondicionamiento y reforzamiento de las fortalezas y castillos, de modo y manera que se adaptasen a las necesidades artilleras de los contingentes castellanos que las ocupan. Así se observa claramente en los castillos de Salobreña y Almuñécar los cuales son reforzados y reestructurados con el objeto de albergar artillería.

Y es que es un periodo en el que la precariedad económica de las arcas de la Corona, a la que se le abren frentes internos (conflicto de los Comuneros en Castilla, Guerra de Nápoles, etc.), se hace patente a corto plazo, reflejándose en la precaria situación de los edificios, escasez de artilleros y mal estado de la munición y de los enseres bélicos. A ello añadir las consecuencias de diversos terremotos que acabaron por arruinar diversas torres y fortificaciones sin que pudieran rehacerse.
Según se desprende de la documentación de la época, cabría distinguir entre tres tipos de estructuras, mención aparte del núcleo amurallado motrileño:
  • Las Fortificaciones o castillos, que se corresponden con las alcazabas de las ciudades nazaríes cabeza de partido, o con fortalezas situadas en puntos estratégicos. En nuestro caso Almuñécar, Salobreña y Castell de Ferro.
  • Las Torres, las cuales se situaban en puntos estratégicos y se encargaban de la vigilancia costera y del territorio más inmediato (torres del Cambrón, de Trafal Ramal y del Chucho o de Trafalcaçis).
  • Las Estancias se situaban a una mayor altura cosa que les confería una mayor visión y control del territorio (Estancia de los Henares).



El nuevo impulso de Felipe II y la crisis del siglo XVII.

Durante el reinado de Felipe II es cuando se produce una reestructuración y mejora del sistema defensivo de las costas españolas, siendo las mediterráneas, y concretamente las del Reino de Granada, las que representaron el mayor foco de atención. Ello es debido, de un lado al creciente poder del Imperio otomano sobre las costas magrebíes, el cual contó con la inestimable ayuda de los corsarios berberiscos que, desde sus bases de Túnez, Trípoli, Argel o Salé hostigaban continuamente las costas españolas. Del otro, la rebelión morisca que desencadenó la Guerra de las Alpujarras (1568-1570) abría una importante brecha dentro mismo de la Corona, poniendo en serio peligro el control del Reino de Granada, el cual era hostigado desde el exterior por los sempiternos piratas berberiscos, y desde el interior por los monfíes, los cuales esperaban y anhelaban el apoyo militar otomano.
Todo ello lleva a Felipe II a redefinir y consolidar el sistema defensivo existente, así como del tipo de construcciones defensivas de cara a un mayor control, defensa y protección del territorio, cuya financiación, por otro lado, corría a cargo de las arcas reales, llegándose incluso a establecer ciertos impuestos a los municipios. En muchos casos de se adjudicaron mediante subasta las obras a realizar.

Es entonces cuando se eriza el litoral de torres-atalaya (ya sea refortificando las preexistentes, como construyendo de nueva planta) dispuestas a una distancia tal que las diversas torres quedaran comunicadas de manera visual entre ellas. Se establece de manera detallada un prototipo de torre que se implantará en todo el territorio hispano, con variaciones según la zona en la que se implante. Para el caso del Reino de Granada, las características y propiedades del modelo unitario quedarán explicitadas en el documento emitido con fecha de 1574:

“Primeramente a cada una de las dichas torres se les a de abrir fundamento firme...
[…] Las torres an de ser redondas y an de tener de altura desde la superficie de la tierra hasta lo alto del parapeto cuarenta pies repartidos en esta manera: que desde la superficie de la tierra hasta la puerta de la bóveda, que a de ser maçiço tenga veintiquatro pies de altura y desdeste suelo hasta lo alto de la bóveda a de tener diez pies y el arco de la bóveda a de tener de grueso dos pies y de parapeto a de tener quatro, que hazen por todos los dichos cuarenta y seis pies.
Ase de hazer cada torre como dicho es redonda y a de tener veynte y seis pies de diámetro…
[…] Ase de hazer en cada torre una escalera de dos pies en ancho y medio del grueso de la pared […] que suba desde el suelo baxo del aposento hasta el terrado alto de la torre.
Y a la parte contraria se a de hazer un hogar y chimenea también en el grueso de la pared y sobre la mar en el dicho aposento una ventana pequeña de tres cuartas de ancho y esto enfrente de la puerta de la escala.
[…] Ase de hazer en el terrado sobre la mar una garita en que pueda estar un hombre en pie con tres ventanas, una al Levante y otra al Poniente y otra sobre la mar cubierta de madera y su suelo de cal y arena.
[…] Las puertas an de ser de grueso de quatro dedos de tabla y aforradas en cuero de vaca y bien clavadas y an de tener por dentro tranca pasadiza de una parte a otra.
A de ser la obra toda de mampostería […] y las mezclas todas de cal y arena […] y an de quedar rebocadas de alto abajo […] las mezclas an de hazerse todas con agua dulçe.”

Este entramado de torres tenía una doble funcionalidad. De un lado ejercían de torres vigía o atalaya, encargadas de otear la costa y avistar posibles ataques por mar. Del otro, realizaban tareas de almenara, ya que tras la localización de embarcaciones sospechosas (y especialmente en casos de asalto) se daba aviso a través de rebatos a las torres y fortificaciones vecinas. De este modo se intercomunica y articula el territorio de una forma más ágil y eficiente. Además a ellas se vinculaban un conjunto de guarniciones acuarteladas localizadas a cierta distancia, para que pudieran acudir al socorro de los rebatos. Es en este periodo que se levantan las torres del Varadero (en el actual puerto de Motril), de Carchuna y la del Zambullón (en Calahonda), las cuales venían a completar y mejorar la red de control y defensa existente.

Torre del Llano de Carchuna.

Torre del Zambullón (Calahonda).

La crisis general sufrida por la Monarquía a lo largo del siglo XVII, repercutió de manera directa en el mantenimiento de la infraestructura defensiva costera, la cual fue degradándose a causa de los múltiples ataques corsarios norteafricanos y de la armada turca, y por la escasa inversión en reparaciones. A ello añadir las consecuencias catastróficas de diversos terremotos.
La incapacidad de la Corona a la hora del mantenimiento y puesta al día de las guarniciones afectadas dio lugar a un proceso de “privatización” de muchas de las fortificaciones y torres, las cuales eran donadas a manos privadas a cambio de que éstos las restauraran. Tal fue el grado de precariedad, de reajustes y de recortes económicos, que en 1651 se barajó la posibilidad de prescindir del cargo de Capitán General de la costa del Reino de Granada con tal de ahorrarse su sueldo.



El siglo XVIII y el reinado de Carlos III.

El siglo dieciocho se inicia por un hecho bélico que marcará de manera clara su devenir. Se trata de la Guerra de Sucesión (1701-1713), originada por la muerte sin descendencia de Carlos II en España. Se deriva entonces una guerra civil entre partidarios de un sucesor de la Casa de los Habsburgo y los favorables a un Borbón que acaba teniendo un alcance internacional entre ingleses (austracistas) y franceses (borbónicos), siendo el litoral mediterráneo uno de los principales campos de batalla. Finalmente el conflicto acaba con la firma del Tratado de Utrech (1713), por el que se acuerda la instauración del B
borbón Felipe V a cambio de entregar Gibraltar y Menorca a los ingleses. El conflicto, en cambio, se dará por concluido con las capitulaciones de Barcelona (1714) y Mallorca (1715).

Como se ha dicho, este conflicto dinástico, de alcance europeo, marcará la política militar a desarrollar desde entonces en tanto que los ingleses, desde sus bases mediterráneas de Gibraltar y Menorca, suponían un constante acoso a la cada vez más decadente hegemonía hispánica en el Mediterráneo occidental. En este sentido, un primer hito lo representa la redacción en 1711 del Plan General de Ingenieros de los Ejércitos y Plazas, mediante el cual se crea un cuerpo específico de ingenieros militares en España al servicio de la Corona, cuya función a partir de entonces consistía en volver a recuperar y actualizar las fortificaciones y elementos defensivos gravemente dañados por la flota inglesa ya que, como atestigua uno del os primeros afamados ingenieros, Felipe Crame:

“durante la guerra con los ingleses no sólo se llevaron las embarcaciones y navíos de debajo de los Castillos, sino que también arruinaron algunos de ellos”.

Ante esta situación hubo un primer intento de reforma del sistema defensivo para la costa del Reino de Granada en 1740, a través del cual se pretendía la instauración de “un nuevo pie de Tropa de Infantería de acostamiento del Reino de Granada, formando de ella un Regimiento […] en todo el número de setecientos y siete hombres, inclusos los oficiales, repartidos en la forma que expresa la siguiente relación de los Puestos, Castillos y Torres que conviene guarnecer; expresándose los Fuertes y Torres que se han de construir de nuevo y los parajes que se ha de colocar Artillería para el mayor resguardo y defensa de la Marina; qué sueldos y Prest han de gozar los Oficiales y Soldados”.

Estamos ante el embrión del Reglamento que promulgará Carlos III el cual, con su llegada al trono (1759), reactivó los programas defensivos de las costas españolas ante el constante agravio inglés y tras constatar el precario estado y la dejadez de los mecanismos de defensa. Un claro ejemplo es el testimonio del ingeniero Jaime Conca, quien todavía en octubre de 1767 refiere indignado:

“Ver con mis ojos un grandísimo abandono de las guardias de la costa, encontrando muchas torres abandonadas enteramente de los torreros, la escala-cuerda puesta y en algunos puestos un burujón de trapo con su montera haciendo parecer que estaba en ella el centinela…”


El Reglamento de Carlos III (1764).

Tras un amplio y minucioso informe preliminar redactado por el Mariscal de Campo Antonio María Buccarelli, en el que se analiza y constata el estado en el que se encontraban las fortificaciones y el despliegue de las tropas a disposición de la Corona, y en el que redacta las reordenaciones y actuaciones pertinentes a seguir, se promulga a 18 de agosto de 1764 el Reglamento que Su Majestad manda observar en las diferentes clases destinadas a el Real Servicio de la Costa del Reino de Granada. En él se traza un completo plan de reordenación, fortificación y despliegue de guarniciones que consigue, junto a los tratados de paz y comercio firmados con las autoridades magrebíes, acabar definitivamente con la piratería berberisca.
Divide la costa en un total de diez Mandos, o Partidos, y establece un dispositivo defensivo organizado en base a 113 fortificaciones, entre las que se proyectaron nuevas construcciones dotadas de artillería. Detalla y especifica con todo lujo de detalle la tipología y características que debían de tener todas y cada una de las construcciones militares; el número y cargo de oficiales y soldados destinados a cada uno de ellos; sus funciones, derechos y obligaciones, así como su remuneración y el proceder ante las diferentes situaciones de peligro y/o ataque, no dejando ningún aspecto al azar ni a la improvisación.
Con ello, en menos de una década se consiguió articular y consolidar un sistema de vigilancia que constituyó una barrera artillera a lo largo de todo el litoral andaluz lo suficientemente sólida como para impedir y disuadir cualquier tipo de hostilidad marítima. Todo ello quedó bajo la estricta vigilancia de los ingenieros destinados, los cuales emitían anualmente minuciosos informes sobre el estado y necesidades de las fortificaciones, torres, personal,  munición y pertrechos.

El encargado de llevar a cabo y de hacer cumplir dicho Reglamento, el ingeniero José Crame, nombrado Ingeniero Director de la Costa del Reino de Granada, proyectó y organizó cuatro nuevas tipologías constructivas artilladas  en las que se incorporaban los nuevos avances en ingeniería militar, ampliamente desarrollada ya por diferentes potencias europeas:
  • Las Baterías para cuatro cañones. Se trata de una Batería artillera realizada sobre un terraplén destinada a acoger un total de cuatro cañones de calibre grueso, orientados hacia la fachada marítima. El conjunto del edificio se articula en torno a un patio rectangular al que se accede a través de una barbacana aspillerada que defendía el acceso y el foso, con su pertinente puente levadizo. Alrededor del citado patio se distribuyen los cuarteles para caballería (con caballerizas y pajar), para infantería y para la artillería (con sus almacenes para la pólvora y los pertrechos). Contaban además con capilla e incluso sacristía.
  • Las Torres para dos cañones. De mayor entidad que las torres habituales, adapta su estructura para albergar dos piezas de artillería. Nos encontramos ante un híbrido de torre y batería cuya terraza adopta la fisonomía de pequeña batería, con una azotea de planta semicircular de 12 a 14 varas de diámetro (1 vara equivale a 0,80 m) en la que se ubica la artillería encarada a mar, mientras que hacia el lado de tierra se dispone un parapeto aspillerado, encargado de defender la puerta de acceso. El resto del conjunto lo constituyen dos plantas abovedadas, destinando la inferior a almacenamiento de víveres, munición y pertrechos, y la superior a alojamiento de los artilleros. A todo ello se accedía mediante un acceso elevado con escalera de cuerda el cual podía ser defendido en caso de asedio a través del parapeto aspillerado que se levantaba sobre la puerta en la azotea, y de los semibaluartes cubiertos por torrecillas, igualmente aspilladas, que se localizan a banda y banda de la misma.
  • Las Atalayas. Combinando sus funciones de torre vigía y almenara, son el elemento esencial que permitía detectar y dar aviso del peligro a las fortificaciones y territorios colindantes, pudiendo dar a conocer un posible ataque a zonas distantes con cierta rapidez. Son estructuras de cuerpo cilíndrico y desarrollo troncocónico, realizadas en mampostería. Asientan sobre un potente cimiento o tambor cuya base maciza alberga en la parte superior una o dos estancias abovedadas que comunican con la azotea mediante escaleras embutidas en la pared. El acceso, como en casos anteriores, se realizaba a través de una puerta elevada a la que se subía mediante escala de cuerda. En el interior de la estancia se localizaba un hogar o chimenea, con la que realizar los avisos de rebato y seguridad; una ventana aspillada abierta hacia el mar; y la escalera que comunicaba con la azotea, la cual contaba con un parapeto en el que se abren pequeñas aspilleras encaradas a mar, a levante y a poniente. Además, en la vertical de la puerta de acceso se situaba un matacán con el que defender el acceso en caso de ataque.
  • Las Casas-Fuerte para caballería. Son cuarteles destinados a acoger la caballería que había de patrullar los diversos tramos del litoral y estaban constituidos por dos naves con pórtico exterior en las que se localizan los alojamientos para la tropa y los oficiales, las cocinas, las caballerizas, etc. Todo el conjunto quedaba defendido por diversas garitas aspilladas situadas en las esquinas.

Localización de la batería para cuatro cañones del Llano de Carchuna, hoy rodeada de invernaderos.

Vista frontal de la batería del Llano de Carchuna.

Torre para dos cañones de Castillo de Baños.

Torre vigía de Torrenueva.

Para el caso que nos ocupa, los distritos de Salobreña y Motril quedaron desde entonces agrupados en el ahora Partido de Motril, localidad cabecera que controlaba un territorio que abarcaba desde las costas salobreñeras hasta la Torre del Cáutor. En él se cuentan un total de 8 Atalayas (Torre Nueva, del Chucho, de Carchuna, la del Zambullón en Calahonda, de la Estancia, de Cambriles, Estancia de Baños y del Cáutor), 4 Baterías (la del castillo de Salobreña, la del Varadero, Carchuna y la de Castell de Ferro) y 1 Torre para dos cañones (Castillo de Baños).

Con todo, el elemento básico de todo este entramado de alerta y preaviso corría a cargo de las torres Atalaya, cuya función primordial, como ha quedado dicho, era la de otear y vigilar para prevenir de ataques e incursiones y avisar mediante señales, tanto a la población como a las atalayas y fortificaciones vecinas. Estos avisos estaban igualmente explicitados en el Reglamento, siendo de dos tipos:
  • Los de REBATO anunciaban la proximidad de embarcaciones sospechosas a tierra o a barcas de pescadores y mercancías. Estas señales (hogueras de noche y ahumadas de día) debían de ser bien visibles tanto desde las poblaciones próximas a la costa como desde el resto de torres de su Partido y se realizaban mediante manojos de paja o esparto con resina, el conocido como “hacho”. Éstos “se harán de dia en las ocasiones en que se descubran embarcaciones sospechosas, que se acercan à la tierra, ò que persigue algunas barcas de pescadores, ò a otras que hacen el comercio; y de noche quando vea se acerca à tomar tierra alguna embarcación. […]Todas las torres estaran obligadas à seguir las señales que vean en su inmediata, para que por este medio se corran entoda la extensión de mi costa los avisos”.
  • Los de SEGURIDAD son aquellos que anunciaban que se mantenía la costa sin percances visibles ni previsibles, lo cual “se hará por la mañana, luego que el torrero  pueda divisar la costa de su jurisdicción, y la segunda antes de salir el sol, quando yá descubra la marina á que alcance su vista. Por la noche se dará la señal de seguridad, después de poner el sol, y en todas estas encenderán el hacho manteniendo firme en su hachero todo el tiempo que es preciso, para que de tierra conozcan que han cumplido con lo prevenido y los navegantes que la costa está segura”.


Es en este sentido que se explica la importancia que juegan elementos como la chimenea y la azotea en estas torres atalaya, ya que en ellas se centra la mayor parte de la actividad de la torre. Cada una de estas torres debía de estar al mando de un Cabo, auxiliado por 2 o 3 Torreros según el caso, con un salario de tres Reales diarios para el primero y dos Reales y diecisiete Maravedís para los segundos.
Todos ellos tenían la obligación de residir en la torre o en las viviendas que levantaran en su entorno, pudiendo ausentarse únicamente uno de ellos no más de un día para su avituallamiento. Se trataba de gente sujeta al fuero militar, con un servicio de 20 años tras lo cuales pasaban a formar parte de la Compañía de Inválidos.



Las guerras napoleónicas y la desarticulación del sistema defensivo costero en el siglos XIX.

En el siglo XIX las costas españolas volvieron a ser protagonistas de otro conflicto bélico de ámbito continental. En este caso fueron las guerras napoleónicas de la llamada Guerra de Independencia (1808-1814), en las que se enfrentaron franceses e ingleses por la supremacía continental. En este sentido, ambos bandos se encargaron de inutilizar y desarticular el engranaje defensivo costero con el objeto de que su enemigo no se sirviera de él. Es así como todas las instalaciones militares del Reino de Granada fueron desartilladas, inutilizadas e incluso voladas.

Una vez finalizado el conflicto se restauraron tan sólo los más significativos al modo y manera del sistema desarrollado durante el reinado de Carlos III. A pesar de ello, el agravio fue tal que ya todo el engranaje resultó inoperante, además de obsoleto, como bien indicó en 1830 Mauricio de Berlanga en su relación sobre el estado y necesidades de los dispositivos y fortalezas. Fue entonces cuado buena parte de estos dispositivos fueron transferidos a los cuerpos policiales que se encargaban de combatir el contrabando, cuando no subastados a entes privados dando lugar a un proceso privatizador que aún hoy día es vigente.


Un museo al aire libre. Sensibilización con el Paisaje Histórico como Patrimonio a integrar para disfrutar y conocer nuestro pasado.

Como hemos podido observar, todas y cada una de las torres y fortalezas que se erigen a lo largo de la costa, así como cualquier monumento o resto arquitectónico, arqueológico y etnológico en general, son un claro reflejo del tipo de relaciones Hombre-Hombre y Hombre-Paisaje que han quedado plasmadas en el entorno en el que habitamos. Se define de este modo un tipo de interrelación propia y característica que variará según el momento histórico y el grupo socio-cultural que lo protagoniza. Tan sólo, y no es tarea fácil, hay que saber leer las huellas y evidencias que estas construcciones nos transmiten de una u otra forma.

Para ello, primeramente es esencial que la población se sensibilice, no sólo con las construcciones antiguas que todavía hoy día se mantienen en pie en nuestras ciudades, también con todo el patrimonio soterrado y subacuático que aún nos es desconocido. Se trata de los restos de NUESTRO PASADO y de NUESTROS ANTEPASADOS los cuales, debidamente tratados, conservados y protegidos, van a permitir conocernos mejor en nuestras relaciones interpersonales y con nuestro medio ambiente, siguiendo la máxima zen de “respeta y conoce, y no temerás”.
Y es que no se trata de montones de piedras o de castillos a medio caer, sino de un patrimonio que nos pertenece a todos y del que podemos aprender y disfrutar si es recuperado y tratado de manera adecuada, de hecho estamos obligados a protegerlo y a recuperarlo. Es en este sentido que cobran especial importancia las palabras de Dulce Chacón cuando refería que “un pueblo sin memoria es un pueblo enfermo”.
Por otro lado, y no menos importante, corresponde a las autoridades locales, provinciales, autonómicas y, como no, estatales, velar por la localización, documentación, recuperación y puesta en valor de todos aquellos elementos y construcciones que han formado y forman parte de nuestro pasado y nuestro paisaje, devolviéndoselo a la sociedad.

Estamos ante la posibilidad de dejar de vivir de espaldas a nuestro patrimonio y de crear un museo al aire libre en el que se eliminen las barreras que suponen las vitrinas y vallas que separan a unos de otros, de tal modo que se permita la interacción y convivencia del monumento con el individuo. Para ello, como se ha dicho, se exige de un lado una actitud de respeto hacia éstos por parte de la población. Del otro, una voluntad de recuperación e integración social de los edificios históricos y restos arqueológicos de caras a establecer un proyecto de progreso y futuro sostenibles.

En los últimos años se está empezando a consolidar esta nueva vía de potenciar una convivencia y comprensión del pasado por parte del presente gracias a las nuevas tendencias de interacción y divulgación integradas en museos como el arqueológico de Alicante, el de Almería o este de Historia de Motril. Son nuevos conceptos de museo en los que la pieza histórica se presenta dentro de su contexto funcional, cultural y social. Ya no son elementos dentro de una vitrina con un cartel que lo describe y ubica cronológicamente. El objeto es permitir un mayor acercamiento y proximidad del visitante mediante diversas tecnologías, con el objeto de que pueda concebir y comprender el ámbito social, cultural, económico y político al que pertenece.
Otras vías y esfuerzos por la divulgación y la puesta en valor del patrimonio en nuestra comarca lo han representado las diversas Jornadas sobre patrimonio organizadas por el Ayuntamiento de Salobreña en los años 80 y 90 del pasado siglo XX; el esfuerzo de la modesta Entidad Local de Torrenueva para la puesta en valor de su Torre Vigía, objeto de estudio arqueológico y estructural; o la creación del Centro de Formación de Energías Renovables en la batería artillera del siglo XVIII de Carchuna.
Es por ello que, a modo de conclusión, es de esperar que gracias a estos ciclos de conferencias impartidos por el Museo de Historia de Motril, logremos cambiar el prisma con el que se suele ver y concebir los restos y monumentos antiguos, dejando de considerarlos como meros montones de piedras por la ruina y el mal estado en el que se encuentran, fruto de la dejadez y desconsideración recibida, tanto por la población en general como por las autoridades competentes.


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En laces de interés.
  • http://motrildigital.blogia.com/2013/021509--el-museo-pieza-a-pieza-despliega-las-estrategias-defensivas-contra-piratas-y-co.php
  • http://www.ideal.es/granada/20130215/local/motril/museo-pieza-pieza-despliega-201302151207.html
  • http://www.motril.org/historia/pdf/prensa/pdf/libros/libro-carchuna.pdf
  • http://issuu.com/pegaozillo/docs/la_fortaleza_de_carchuna/48
  • http://es.calameo.com/books/00239107160513ef4f8f6