miércoles, 6 de julio de 2016

Descifrando un curioso mensaje encriptado en una lucerna romana del Peñón de Salobreña.

Con este nuevo Post queremos hacer notar que la Historia es algo más que grandes batallas, grandes personajes históricos, imperios, conquistas y grandes monumentos. En realidad es la gente común y la vida cotidiana que éstos desarrollan, y que se manifiesta de manera tozuda y constante en las investigaciones históricas y arqueológicas, la que conforma el llamado Proceso Histórico. En la sombra, eso sí.


Por otro lado, con el presente trabajo se constata la estrecha relación que nuestras costas han mantenido históricamente con las vecinas costas norteafricanas. Y es que, no está de más recordar que este Mediterráneo ha sido siempre una vía de conexión e interacción fluida y constante con las poblaciones mauritano-magrebíes, entre otras. No será hasta hace cuatro días, como quien dice, que por avatares político-religiosos este mar parece separarnos más que unirnos.

En este caso, nuestros compañeros Federico Martínez Rodríguez y Manuel Márquez Cruz nos presentan un minucioso estudio histórico-arqueológico de una curiosa pieza procedente del Museo de Historia de Salobreña. Una de las tantas modestas piezas que suelen pasar desapercibidas en los museos, pero que tienen tanto que decirnos.....

Sin más, pues, os presentamos un muy interesante trabajo realizado por los compañeros citados, el primero de los cuales ya ha colaborado en alguna ocasión en este su y nuestro Blog. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla, Federico ejerció de arqueólogo dirigiendo numerosas intervenciones arqueológicas y fue conservador del Museo Minero de Riotinto (Huelva). Ha publicado múltiples artículos en publicaciones especializadas en Prehistoria y Arqueología.

En el caso de Manuel, es la primera vez que colabora con nosotros. Doctor en Filología Clásica (especialidad en Filología Latina) por la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Junta Directiva de la Sociedad de Estudios Latinos, tiene publicados diversos trabajos sobre la Salobreña romana de gran interés.

Ambos forman parte de S.E.L. (Salobreña Estudios Locales), grupo de investigadores locales que desde hace un tiempo vienen sacando a la luz múltiples trabajos sobre nuestro Patrimonio histórico y arqueológico. Una labor que, si bien ha ido creciendo en los últimos años, esperamos siga con esa inercia creciente.

Gracias, pues, Federico y Manuel.



Nuestro Museo Histórico de Salobreña, oficialmente conocido como Exposición Arqueológica Municipal Permanente, encierra en sus vitrinas cientos de piezas rescatadas de su maltrecho y olvidado entorno arqueológico. La mayoría de ellas proceden del Peñón de Salobreña y se fechan desde la prehistoria hasta el mundo medieval. El museo lo visitan anualmente decenas de miles personas, entre ellas historiadores y arqueólogos. Pero, que sepamos, nadie había reparado hasta ahora en una modesta lucerna (lámpara de aceite de arcilla), incompleta y erosionada, con restos de una inscripción en la orla, escrita en latín con letras capitales (mayúsculas). 


Lucerna del Peñón (arriba) y lucerna similar completa hallada en Tipasa (costa de Argelia).

La Lucerna constituyó la unidad básica de iluminación del mundo romano, siendo común su uso en hogares, templos, barcos, minas, tumbas, etc. Por curiosidad, abordamos su estudio de este ejemplar a modo de pequeño divertimento arqueológico. Sabíamos que de estas lámparas se fabricaban cientos, miles a partir de un sólo molde, por lo cual en algún lugar debían conservarse piezas similares completas. También teníamos claro que estábamos ante una lucerna de las llamadas africanas o paleocristianas, por pertenecer a los primeros siglos del Cristianismo y presentar habitualmente símbolos cristianos como la cruz, el Crismón, el buen Pastor, la paloma, la palma, etc. Estos símbolos, junto a la propia llama de la lucerna, se asociaban a significados como la luz de Cristo, la luz de la Resurrección o la llama de la fe. Por ello pensábamos que el texto debía encerrar algún mensaje cristiano que teníamos curiosidad por descifrar.

Reproducción de Lucerna.

En primer lugar, había que identificar las letras reconocibles del texto, pero apenas podíamos leer:

……ENE L. / .ERNAS VENAL…,

Sorprendiéndonos el significado de la última palabra: “VENAL” (vendible), asociada a una penúltima palabra que parecía ser “LVCERNAS” (¿lucernas vendibles?), un mensaje sorprendentemente alejado del espíritu cristiano que esperábamos encontrar.

Investigando descubrimos que el arqueólogo Jean Bussière llevaba más de veinte años estudiando estas lámparas que él llamó: “lucernas de canal curvo” (tipo E IV 2). Sus principales conclusiones para nosotros son que se fabricaron en los siglos IV-V d.C., concretamente en Tipasa, ciudad próxima a Cesarea, ambas antiguas ciudades de la provincia romana llamada Mauritania Cesarensis (actual costa de Argelia), donde se han hallado moldes idénticos. De estas lucernas Bussière identificó dos grandes grupos: uno decorado en la orla con motivos vegetales sin texto, y otro con un texto en lugar de las decoraciones. Este investigador recopiló siete variantes textuales. De ellas el segundo tipo incluye la inscripción:

AB ASSENE LV / CERNAS VENALES,

Texto completo que coincidía letra a letra con las de nuestra lucerna, permitiéndonos recomponer los caracteres ilegibles o perdidos, al ser piezas salidas del mismo molde, o similar. Su traducción era evidente para las dos últimas palabras, pero no tan clara para las dos primeras, de tal modo que se propusieron traducciones como: “lucernas vendibles con asa” o “lucernas vendibles por un As”. La primera insulsa, y la segunda anacrónica porque el As, como moneda, ya no circulaba en los tiempos en que circularon estas lucernas.

El hallazgo de otras lámparas con textos que incluían las palabras: “OFICINA ASSENIS” nos certificaban que estábamos ante productos alfareros del taller de Asen, o Asenio. Así, en nuestro caso, la traducción correcta sería: “lucernas vendibles de Assen, o Asenio”. Un significado tan profano como inesperado, resultando que el tal Assen/Asenio, nombre extraño, al parecer de orígen africano, debió ser el alfarero o propietario del taller, que utilizó sus propios productos para hacerse propaganda.

Recordar que un mensaje publicitario aun más directo aparece en otras lucernas del mismo alfar: “EMITE LVCERNAS / COLATAS AB ASSENE” (compra lucernas finas de Asenio). En resumen, un curioso ejemplo de marketing comercial romano directo al consumidor, en un mercado en el que no era fácil introducirse y competir con importantes talleres que fabricaban industrialmente miles de artículos, con clientes y vías de comercialización bien asentados.

Lucernas como esta del Peñón, son excepcionales en España, hallándose sólo en la costa mediterránea andaluza y levantina. Sabemos que dos lámparas idénticas fueron halladas en Vergi (Berja, Almería) y Nechite (Alpujarra granadina), posiblemente transportadas por el mismo barco, flota o compañía que desembarcaría sus mercancías en los puertos de Abdera (Adra) y Segalvina (Salobreña), como así consta el nombre de la antigua Sel/Selambina en el concilio de Elvira a comienzos del siglo IV. Estas lucernas debieron importarse junto con otras cerámicas africanas infinitamente más abundantes, como la terra sigillata africana, cerámicas africanas de cocina y ánforas africanas para aceite y salazones de pescado.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

BUSSIÈRE, J. (1992): “Lampes d´Algérie. (Lampes à canal courve de Maurétaine Césarienne)”, Antiquitées africaines, n 28, pp. 187-222.

BUSSIÈRE, J. (2000): Lampes antiques d’Algérie.

BUSSIÈRE, J. (2012): “Production et circulation des lampes tardives de L’Argelie.” Le luminaire antique. Lychnological Actes 3, Universidad de Heidelberg, pp. 55-68

di STEFANO MANZELLA, I. (2010): “Emite lucernas colatas venales icones de oficina Assenis et Donati: un esempio epigráfico di marketing antico con promozione pubblicitaria ‘gridata’”, en M. Milanese, P. Ruggeri et C. Vismara (eds.), L’Africa romana. I luoghi e le forme dei mestieri e della produzione nelle province afri- cane, Atti del XVIII convegno di studio Olbia, 11-14 diciembre 2008, Roma 2010, pp. 1501-1528.

MARTÍNEZ RODRÍGUEZ, F.; SAROMPAS, C. E.; GARCÍA-CONSUEGRA, J. Mª.; MÁRQUEZ, M. (2015): Salobreña. De sus orígenes a la Edad Media. Ayuntamiento de Salobreña.

MARTÍNEZ RODRÍGUEZ FEDERICO; MÁRQUEZ CRUZ, MANUEL (2015): “Descifrando una curiosa historia encerrada en una lucerna romana del Peñón de Salobreña”. Lugares Comunes 3, Magazine trimestral contemporáneo e independiente, pp: 168-169.

MANUEL MÁRQUEZ CRUZ, FEDERICO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ (2016): “Una lucerna epigrafía en el Museo Histórico de Salobreña (Granada)”. Ficheiro Epigráfico 136 (Suplemento de Conimbriga), Facultad de Letras. Universidad de Coimbra, inscripción 565. http://www.uc.pt/fluc/iarq/pdfs/Pdfs_FE/FE_136_2016


viernes, 13 de mayo de 2016

“En lo alto de la torre ha de haver constante un centinela de dia, y de noche, á cuyo cargo estará dár las señales de seguridad ò rebato”. LA TORRE DEL CAMBRÓN DENTRO DEL SISTEMA DEFENSIVO DE LA COSTA GRANADINA EN ÉPOCA MEDIEVAL Y MODERNA. UNA VISIÓN GLOBAL.

Sobre el cerro de la margen izquierda del barranco del mismo nombre se levanta la conocida por todos los salobreñeros como Torre del Cambrón, hoy dentro del recinto del Hotel Salobreña. Se trata de una torre vigía declarada como Bien de Interés Cultural (B.I.C.) catalogada dentro de la categoría jurídica de Monumento, en la tipología de Torre Defensiva.

Vista aérea del Hotel Salobreña, en la década de 1970.

La estructura que actualmente podemos observar es la de una torre maciza con un acceso situado a 5 m de altura respecto del nivel de circulación. Este acceso, abierto al norte, presenta un arco de medio punto y jambas de ladrillo.
El interior es una estancia circular con una bóveda del tipo media naranja y cuenta con un total de tres troneras abiertas hacia el este, el oeste y el sur. Cuenta, además, con una escalera embutida en el propio paramento que permite subir a la azotea, así como una chimenea con salida de humos hacia la terraza.
De cuerpo cilíndrico, alcanza una altura de 10,50 m, con un refuerzo ataluzado en la base, de 3,90 m de diámetro. Se le atribuye un origen nazarí (siglos XIV-XV), siendo reformada y consolidada durante la primera época castellana (siglo XVI) y reacondicionada  y mejorada en el periodo moderno (siglo XVIII).

 Vista actual de la Torre del Cambrón.

Sección de la Torre según un documento de 1868.

Como se ha dicho, en base a su técnica constructiva se la considera de origen nazarí. Así lo hace pensar su cuerpo de fábrica, realizado mediante mampostería de mediano tamaño concertada en hiladas separadas por verdugadas de lajas esquisto-pizarrosas, todo ello trabado con mortero de cal.

En los primeros tiempos de dominio castellano (siglo XVI), dentro del programa de refortificación general llevado a cabo por los Reyes Católicos para la defensa del nuevo territorio conquistado, se le realizan diversas reformas y refuerzos de cara a adecuarla a las nuevas condiciones bélicas de la época. Fue entonces cuando se recreció en 2 m la estructura con el objeto de dotarla de una azotea lo cual, a su vez, llevó a construir un revellín ataluzado en la base que consolidase la estabilidad de la torre.

Más adelante, a lo largo del siglo XVIII, se irá reestructurando y mejorando el conjunto, especialmente su estancia, la puerta de acceso y la construcción de un matacán provisto de buharda, situado sobre la vertical de la puerta a 9 m de altura respecto del suelo.

Es un modelo de torre vigía que responde a una tipología constructiva y militar que se repite en la inmensa mayoría de torres y atalayas que erizan la costa andaluza, en tanto que representaban la primera línea de defensa de la Corona tras la caída del sultanato nazarí, y hasta entrados ya el siglo XVIII.


 
Detalle de la técnica constructiva y de la puerta de acceso al interior de la torre.

El papel que esta torre vigía del Cambrón ha ejercido dentro del sistema defensivo de la costa del Reino de Granada, especialmente en época Moderna, queda constatado por las numerosas referencias documentales en las que aparece. Es a través de estas referencias que podemos hacernos una idea de lo que representó esta atalaya, por entonces bajo jurisdicción de Almuñécar, así como de su evolución, estado y conservación a lo largo de los siglos. A continuación se expone una relación de estas referencias que abarcan desde el siglo XVI al XIX:
·         PROVISIÓN DE 1501. Se hace referencia a ella como última fortificación del término de Almuñécar, situada entre la Torre del Medio y la Estançia de los Henares, ésta ya dentro del término de Salobreña. Además se constata la asignación de tres Guardas para la torre.
·         VISITA DE 1571. Realizada por Antonio de Barrio y Luís Machuca, mencionando que de los tres guardas de la torre, dos debían realizar escuchas en la vecina Caleta de Viñas, situada al este de la torre.
·         RELACIÓN DE 1584. Hernando Hurtado de Mendoza hace constar la necesidad de reparar la Torre del Cambrón.
·         VISITA DE 1726. Realizada por Bartolomé Amphoux, el cual encuentra la Torre del Camurón en buen estado.
·         VISITA DE 1739. Realizada por el Marqués de Valdecañas quien tan sólo la menciona en su relación de torres, localizándola a levante de la Torre de los Diablos y a poniente de Salobreña.
·         INFORME DE 1759. Se trata de un informe sin firma en el que se indica que la Torre del Cambrón requiere de ciertos reparos.
·         VISITA DE 1762. Realizada por Antonio María Bucarelli el cual  se refiere a ella como la torre más oriental dentro del Partido de Almuñécar. Menciona que tenía un cuerpo de guardia formado por cinco Infantes, no necesitando reparo alguno a nivel estructural.
·         VISITA DE 1763. Realizada por Juan de Urbina quien refiere que tenía tres Torreros.
·         En el REGLAMENTO DE 1764 redactado por órdenes del monarca Carlos III se cita a la Torre del Cambrón dentro del Partido de Almuñécar, estando dotada de un Cabo y dos Torreros.
·         RELACIÓN DE 1765. Esteban Aymerick menciona la necesidad que tiene la Atalaya del Cambrón de una nueva bóveda, repellos y recalzos, todo ello presupuestado en 1.050 Reales de Vellón.
·         PLAN GENERAL DE OBRAS DE 1767. Redactado por José Crame donde se señala que la Torre del Cambrón requería de diversos reparos, para poder reactivar su servicio, presupuestados en 1.000 Reales de Vellón.
·         INFORME DE 1773. Redactado por Ramón de Nabas, se constata el buen estado en el que se encontraba la torre.
·         RELACIÓN DE 1774. Francisco Gozar recalca el buen estado de la torre.
·         INFORME DE 1781. También redactado por Francisco Gozar, en este caso refiere la necesidad de destinar 800 Reales de Vellón a la Atalaya del Cambrón para ciertos reparos.
·         INFORME DE 1783. Joaquín de Villanova constata la necesidad de un nuevo cerrojo para su puerta, presupuestado en 30 Reales de Vellón.
·         INFORME DE 1803. Felipe de Paz cita la Torre del Cambrón como la más oriental del Partido de Almuñécar, siendo de fábrica antigua para señales.
·         INFORME DE 1821. Juan Pérez presupuesta 400 Reales de Vellón para ciertos reparos en la Torre Atalaya del Cambrón.
·         INFORME DE 1830. Mauricio Rodríguez Berlanga describió la Torre vigía del Cambrón en el Partido de Almuñécar, contando con un Cabo y dos Torreros.Su estado aún era bueno.
·         En 1839 los Carabineros ocuparon la Torre.
·         En 1849 Miguel de Santillana señala que se encuentra en buen estado, ocupada por los Carabineros. Además, menciona que los Torreros destinados se alojaban en unas chozas situadas en la parte trasera de la torre, gozando de unas 50 fanegas de terreno.
·         MEMORIA DE 1857. José Herrera García refiere el buen estado general de la torre, si bien necesitaba de algunos reparos. La incluye entre las elegidas para instalar una estación telegráfica, la cual no llegó a realizarse.

La organización de la defensa de la costa granadina aparece estructurada como tal desde época islámica, más como organización del territorio que como concepto de “defensa” y de control militar de la costa frente a posibles ataques, aspecto que se desarrollará con la llegada de los castellanos. En el periodo andalusí este tipo de construcciones forman parte de un sistema de organización del territorio que se articulaba esencialmente en torno a núcleos urbanos, en este caso Almuñécar (al-Munakkab) y Salobreña (Salawbinya).

Será con la conquista castellana cuando, por orden de los Reyes Católicos, se estructure militarmente un sistema de vigilancia y defensa costero como tal, organizado en base a Torres y Atalayas intercomunicadas entre sí, desde el Campo de Gibraltar (Cádiz) hasta la costa de Vera (Almería). Este entramado defensivo no sólo respondía a la necesidad de prevención de ataques por parte de los berberiscos, sino también al establecimiento de una línea de vanguardia mediante la cual catapultar posibles campañas de conquista en el norte de África.

Es así como en 1497 se redacta la “Instrucción para la guarda de la costa”, origen de la mencionada estructura defensiva costera de la Corona. En ella se prohíbe la presencia de población islámica “a una legua a la redonda, so ciertas penas”, si bien se permitían algunas excepciones, en cuyo caso debían correr con el gasto de mantenimiento de las “estançias”. Sobre este documento, a lo largo del siglo XVI se desarrolla una compleja legislación en la que se establece tanto la organización, funcionamiento y oficios vinculados al sistema defensivo costero, como las “guardas, escuchas, y atajadores”, así como su financiación.

En época de Carlos III se da otra vuelta de tuerca a la defensa de la costa con la publicación del “Reglamento que su Majestad manda observar a las diferentes clases destinadas al real servicio de la costa del Reyno de Granada” (1764). En él los distritos de Salobreña y Motril quedan agrupados en el ahora distrito de Motril, localidad cabecera que controla un territorio que abarcaba desde las costas salobreñeras hasta la Torre del Cáutor. En él se cuentan un total de 8 Torres (Torre Nueva, la del Chucho, la de Carchuna, la de Calahonda, de la Estancia, de Cambriles, Estancia de Baños y del Cáutor) y 4 Baterías (la del castillo de Salobreña, la del Varadero, Carchuna y la de Castell de Ferro). En este sentido, el Reglamento articula la defensa del litoral en base a cuatro elementos: las Torres para artillería, las Baterías, las Torres-Atalayas y las Casas-Fuerte.

Vista aérea de Salobreña en la década de 1970. Al fondo puede verse cómo despunta la Torre del Cambrón y la conexión visual con el castillo de Salobreña.

Para el caso que nos ocupa, las funciones de estas torres-atalayas es la de otear y vigilar para prevenir de ataques e incursiones y avisar mediante señales, tanto a la población como a las atalayas vecinas. Estos avisos estaban debidamente explicitados en el Reglamento, siendo de dos tipos:
·         Los de REBATO anunciaban la proximidad de embarcaciones sospechosas a tierra o a barcas de pescadores y mercancías. Estas señales (hogueras de noche y ahumadas de día) debían de ser bien visibles tanto desde las poblaciones próximas a la costa como desde el resto de torres de su Partido y se realizaban mediante manojos de paja o esparto con resina, los conocidos como “hacho”. Éstos “se harán de dia en las ocasiones en que se descubran embarcaciones sospechosas, que se acercan à la tierra, ò que persigue algunas barcas de pescadores, ò a otras que hacen el comercio; y de noche quando vea se acerca à tomar tierra alguna embarcación.[…] Todas las torres estaran obligadas à seguir las señales que vean en su inmediata, para que por este medio se corran entoda la extensión de mi costa los avisos”.
·         Los de SEGURIDAD son aquellos que anunciaban que se mantenía la costa sin percances visibles ni previsibles, lo cual “se hará por la mañana, luego que el torrero  pueda divisar la costa de su jurisdicción, y la segunda antes de salir el sol, quando yá descubra la marina á que alcance su vista. Por la noche se dará la señal de seguridad, después de poner el sol, y en todas estas encenderán el hacho manteniendo firme en su hachero todo el tiempo que es preciso, para que de tierra conozcan que han cumplido con lo prevenido y los navegantes que la costa está segura”.

Es en este sentido que se explica la importancia que juegan elementos como la chimenea y la azotea en estas torres-atalaya, ya que en ellas se centra la mayor parte de la actividad de la torre. Cada una de estas torres debía de estar al mando de un Cabo, auxiliado por 2 o 3 Torreros según el caso, con un salario de tres Reales diarios para el primero y dos Reales y diecisiete Maravedís para los segundos. Todos ellos tenían la obligación de residir en la torre o en las viviendas que levantaran en su entorno, pudiendo ausentarse únicamente uno de ellos no más de un día para avituallarse. Se trataba de gente sujeta al fuero militar, con un servicio de 20 años tras lo cuales pasaban a formar parte de la Compañía de Inválidos.


José María García-Consuegra Flores.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS.

Archivo del Servicio Histórico del Ejército (A.S.H.E.); Cartoteca; B-016/191.

BLEDA PORTERO, J. et alii (1999): Inventario de arquitectura militar de la provincia de Granada. Siglos VIII al XVIII, Diputación de Granada.

GÁMIR SANDOVAL, A. (1988): Organización de la defensa de la costa del Reino de Granada, Granada.

GIL ALBARRACÍN, A. (2004): Documentos sobre la defensa de la Costa del Reino de Granada. 1497-1857, Almería.

PÉREZ TOVAR, Mª.J.; GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J,Mª.: Informe preliminar de la actividad arqueológica preventiva mediante control arqueológico de movimiento de tierras en Hotel Salobreña, Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada, 2011.






domingo, 21 de febrero de 2016

Patridemonios y Tabúes. El más reciente caso de la fábrica azucarera de Nuestra Señora del Pilar de Motril

Ha tenido que ser la Madre Naturaleza (de nuevo, no escarmentamos), en forma de temporal y borrasca, la que nos haya tenido que dar un toque de atención sobre el grado de ácaros, óxido y grietas acumulados en buena parte de nuestro Patrimonio. En esta ocasión le ha tocado a uno de los valiosos ejemplos de Patrimonio Arqueológico Industrial que salpica nuestro territorio: la fábrica azucarera del Pilar de Motril, la cual, como buena parte de sus “hermanos” industriales, goza de ese lustre mortecino que caracteriza a los trastos viejos acumulados en el acertadamente llamado Trastero. Finalmente, y debido al peligro de derrumbe de su chimenea, la Administración competente se ha puesto manos a la obra para tapar una nueva cicatriz y evitar males mayores para la población. Pero, ¿y después?.... hasta la siguiente cicatriz, seguramente. 


¿Realmente somos conscientes de que tenemos bajo nuestros pies, y al alcance de nuestra mano, uno de los Paisajes Históricos más importantes y con carácter propio de Europa? La respuesta es NO. Y no lo somos porque quien nos tiene que redirigir la atención para que seamos capaces de verlo, apreciarlo y gozarlo no hace por recuperarlo, mantenerlo y mostrarlo. ¡El eterno rifi-rafe entre las variables Inversión y Rendimiento cortoplacista!

Somos herederos de un legado histórico y cultural desde tiempos remotos, en el que se ven representados los principales periodos históricos de nuestro país y de nuestra región, no sólo en yacimientos arqueológicos, monumentos o edificios emblemáticos, también en construcciones como la que hoy nos tiene ocupados: un Patrimonio Industrial considerado puntero dentro de su categoría a nivel andaluz, español y europeo. Tenemos un coche en el garaje cogiendo polvo.



En este caso, la fábrica azucarera de Ntra. Sra. del Pilar de Motril representa uno de los principales bastiones del Patrimonio Arqueológico Industrial, no sólo de nuestra provincia sino del conjunto del Estado, tanto por su relevancia e impacto socio-económico en el territorio en el que se asienta, como por sus características técnico-constructivas y por la maquinaria que en la actualidad todavía conserva. Un privilegiado testimonio del fallido intento industrializador granadino y andaluz de finales del siglo XIX.

A pesar de ello, en nuestra región se ha conformado un Paisaje Industrial vinculado al cultivo de la caña de azúcar, heredero de los trapiches e ingenios preindustriales de época andalusí, y especialmente moderna, que se ha mantenido vivo hasta 1980.


El origen de la Fábrica del Pilar cabe buscarlo dentro del proceso de industrialización desarrollado en la provincia de Granada en el último tercio del siglo XIX. Con la construcción en Motril de la Fábrica de Ntra. Sra. de la Cabeza (“La Alcoholera”, en 1855) y de la Azucarera de Ntra. Sra. del Rosario en la vecina Salobreña (1861), se inaugura este periodo industrial granadino dedicado al procesado del azúcar, el cual contará con dos focos:
  • En la Vega granadina, donde se levantan el Ingenio de San Juan (1882), la Azucarera de San Isidro (1901), la Azucarera del Genil y la del Señor de la Salud (ambas en 1905), todas ellas dedicadas al procesamiento de la remolacha azucarera.
  • En la vega de Motril-Salobreña, con una tradición azucarera desde época medieval, se reactiva el tejido preindustrial de periodos anteriores. Es en este contexto que se erigen las fábricas referidas anteriormente, junto a las de Ntra. Sra. de las Angustias (“La Fabriquilla”, 1868), Fábrica de San Fernando (1881), Ntra. Sra. del Pilar (1883) o la de Sta. Isabel (1890), entre otras muchas.
En el caso concreto de nuestra Azucarera del Pilar, ésta fue diseñada por el renombrado arquitecto D. Francisco Giménez Arévalo e inaugurada en 1883. Tras diversas reformas y ampliaciones en la primera mitad del pasado siglo XX, ha estado en funcionamiento hasta 1984. El buen estado de conservación estructural y de su contenido tecnológico, junto a su inserción dentro de un conjunto y paisaje patrimonial industrial de gran relevancia para el territorio del bajo Guadalfeo, le valió su inscripción en el Catálogo General del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, dentro de la Categoría Arquitectónica y Etnológica (Código 01181400004, BOJA 28/11/1996). Además de contar con su correspondiente protección dentro del PGOU municipal y de estar propuesta para Bien de Interés Cultural en 1991.

Se trata de una construcción de planta poligonal y realizada mediante ladrillo macizo. La esbelta chimenea, una de las que caracterizan el skyline motrileño, presenta idéntica factura constructiva, formando verdugadas y rematada con aros de ladrillo, igualmente macizo. Un primer hito en su conservación lo representó la paralización de desmonte y traslado de su maquinaria por parte de la Sociedad General Azucarera, y su posterior catalogación dentro de las principales categorías jurídicas y cautelares que la legislación vigente permite y ampara.


Y es que, el complejo industrial y la maquinaria que encierran sus muros (nueve máquinas de vapor de distintas tecnologías y épocas tecnológicas y un tren de molinos, considerado como único en España por su tecnología e impresionante tamaño) la sitúa como uno de los complejos industriales más significativos de toda Andalucía y uno de los cinco más importantes de España, según criterio de la Asociación Española para el Patrimonio Industrial y la Obra Pública.


Si bien es verdad que han sido muchos los esfuerzos respecto al Patrimonio Industrial motrileño, teniendo en cuenta que la vega del Guadalfeo es la zona de Europa con mayor concentración de restos fabriles y máquinas de vapor del siglo XIX, no está de más apostar por potenciar este filón patrimonial, recuperando y poniendo en circulación todo este material único. Máxime gozando de una atracción turística importante que cada vez es menos estacional, y los múltiples y variados atractivos potenciales que ofrece la región (¡¡Sierra Lújar Parque Natural YA!!).

En ese sentido, es de vital importancia dar el impulso definitivo al Plan Director que proyecta la rehabilitación de este complejo fabril de Ntra. Sra. del Pilar, para que albergue el futuro Museo Industrial del Azúcar. Un Proyecto de Museo que pretende mostrar mediante elementos audiovisuales, tecnológicos y espacios interactivos, todo el proceso de producción azucarera, al mismo tiempo que expondrá el patrimonio industrial que constituye todo el complejo fabril, con un conjunto tecnológico y de maquinaria excepcional por su rareza y antigüedad, como ya se ha referido.


Sin duda, una nueva variable cultural de primer nivel que se hace necesario añadir a la eterna oferta del Sol, Playa y Flamenco. No sólo por su innegable aportación al desarrollo socio-económico del municipio y de la región, si no porque ésa es la mejor manera de mantener vivo y sano nuestro Patrimonio, siguiendo la máxima taoísta de que el agua que se estanca, se pudre.


José María García-Consuegra Flores.
(Imágenes extraídas de http://mirablogdegranada.blogspot.com.es/2012/09/fabrica-azucarera-nuestra-senora-del_27.html)




viernes, 4 de diciembre de 2015

La Historia que nos parió.

Tras un periodo de tiempo sin publicar nada, volvemos con la crónica que amablemente nos ha regalado una nueva colaboradora y miembro del elenco de partícipes que formamos Patrimonio Bajo Guadalfeo.
Se trata de Sara Flores Aneas, una joven periodista salobreñera poseedora de ese estilo acerado, directo, culto y mordaz que tanto nos encanta, la cual nos relata cómo se desarrolló la presentación de la nueva publicación "Salobreña. De sus orígenes a la Edad Media".
Una interesantísima obra donde se conjugan Divulgación y Rigor Científico, redactada por diversos miembros de Patrimonio Bajo Guadalfeo y editada por el Ayuntamiento de Salobreña. En ella, a partir de una selección de piezas arqueológicas expuestas en el Museo Municipal, se realiza una revisión bibliográfica, científica y teórica de la evolución histórica, arqueológica, paisajística y ambiental de nuestra región, aportando datos y teorías novedosas e inéditas hasta la fecha.
Sara es licenciada en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga y podéis seguirle la pista a sus trabajos de actualidad y opinión en Motril Digital, donde viene colaborando con ese estilo tan suyo del que os hablábamos.
Gracias Sara, y bienvenida a la tribu. Esperamos que esta sea la primera de muchas colaboraciones.



A quién no le han preguntado alguna vez aquello de "¿y tú, de quién eres?" Ante la cuestión, la respuesta suele ser un lacónico "pues no sabría explicarle" o  "de fulanico y de menganica", sin ir mucho más allá del dios que nos hizo, o de la madre que nos trajo.

Pero somos mucho más, somos esa diversidad de pueblos y civilizaciones, de culturas y tradiciones sepultadas bajo el suelo que pisamos. Esto se manifiesta a través de cada arqueólogo e historiador, de cada una de las disciplinas que contribuyen a recuperar esa parte inhumada de nuestro pasado, de sus hallazgos e investigaciones, tal y como ocurrió hace unos días con la presentación del libro "Salobreña de sus orígenes a la Edad Media". Este encuentro era un momento esperado que cumplió, de largo, con las expectativas generadas.


Carlos Sarompas Cazorla (diplomado en Formación del Profesorado por la Universidad de Granada y licenciado en Geografía e Historia por la UNED), José Mª García-Consuegra Flores (licenciado en Historia por la Universitat de Girona y arqueólogo profesional), Manuel Márquez Cruz (doctor en Filología Clásica -especialidad en Filología Latina-por la Universidad Complutense de Madrid) y Federico Martínez Rodríguez (licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Sevilla y ex-arqueólogo), todos ellos convertidos en celestinos por esa noche, intermediarios de un nuevo acercamiento entre el pueblo y su historia.

El Técnico de Patrimonio del Ayto. de Salobreña, Domingo Armada, toma la palabra durante el Acto de Presentación, auspiciada por la Alcaldesa María Eugenia Rufino Morales y protagonizada por tres de los autores de la publicación (de izquierda a derecha Carlos E. Sarompas Cazorla, Federico Martínez Rodríguez y José María García-Consuegra Flores. Manuel Márquez Cruz no pudo asistir al Acto finalmente).

Hasta el momento habíamos sido simples voyeurs, espectadores que disfrutaban en mayor o menor medida del entorno geográfico, arquitectónico o de las investigaciones históricas hasta ahora conocidas. Fisgones de esa parte de nuestra historia más exhibida (las piezas de la exposición arqueológica municipal, por ejemplo). Exhibición deslucida en gran medida, todo sea dicho, por el desconocimiento de la misma por parte de inexpertos en la materia, el mío el primero.

Como punto de partida, la selección de algunas piezas arqueológicas expuestas en el conocido como Museo Municipal. A partir de ahí a estos autores no les quedaba más que "meter el cuello", y a juzgar por su profesionalidad y compromiso, entusiasmados por ello. Una vez recopiladas las diversas y diseminadas fuentes historiográficas (bibliográficas, teóricas y científicas) de la transformación ambiental e histórico-arqueológica del Bajo Guadalfeo, procedieron a su revisión. Como resultado, la satisfacción por la obtención de información inédita concerniente a yacimientos, hallazgos e incluso materiales, dando lugar a nuevos cauces interpretativos.

La descripción de las piezas seleccionadas, su cronología, funcionalidad, lugar de procedencia, su contexto histórico-arqueológico o el material con el que se fabricaron, acompañan cada uno de los capítulos compilados, lo que sin duda repercute en una mayor implicación del lector, no sólo durante su lectura sino también en su día a día, al generar en él un mayor compromiso con este legado y, por ende, con su preservación.

Con el asequible acceso a toda esta información podemos dejar de ser esos voyeurs agazapados para transformarnos en fervientes amantes de nuestra Historia. Una Historia a la que ya no miramos de reojo, porque con esta publicación habremos aprendido a mirarla de frente.

Abrir este libro es abrir un portal espacio-temporal, con él es posible imaginar las formas de vida del poblado neolítico asentado en el Tajo de los Vados. Imbuirnos de la cohabitación entre los indígenas y los colonizadores fenicios, que optaron por la vecina Sexi frente al promontorio de la antigua Selambina para asentarse, de sus relaciones comerciales o sus salazones. Apreciar el alfar de los Matagallares (uno de los mejor documentados de toda la Bética) u observar la belleza no mermada por el tiempo de un ungüentario de vidrio de época romana hallado en el Peñón de la Villa. Si les va más el medievo, siempre pueden callejear por la Salawbinya nazarí, o bien curiosear el número de vecinos que habitaban en Pataura, Alhulia o Benardila, algunas de las alquerías que conformaban su territorio.



Con esta publicación, la pregunta  “¿y tú de quién eres?” ya puede ser respondida a conciencia, dando rienda suelta a este libro, y con él, a la Historia que nos parió.


Sara Flores Aneas.
Periodista.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Fotogramas del Pasado. Visiones de una realidad dual.

Esta nueva entrega no es obra de un solo autor, antes al contrario, representa un Collage formado por fragmentos concretos de la obra de diversos escritores ilustres, pertenecientes a diversas épocas que, en algún momento de su vida, han pasado por esta Costa Tropical nuestra. A través de sus ojos y su pluma, plasman y nos muestran las impresiones que le causaron nuestro territorio, gentes y costumbres durante su estancia, en algunos casos breve y de pasada.
Por otro lado, se trata de una selección literaria que nos permite, mediante el testimonio directo y en primera persona de los propios autores, abrir una ventana a periodos concretos de nuestra Historia reciente, reflejando el status y estructura socio-económica de las gentes de esta región del bajo Guadalfeo.
Estamos ante textos breves, unos con un alto detallismo realista, otros con entrañables pinceladas costumbristas y hasta románticas, que, a modo de fotogramas, nos permiten tener una idea bastante clara y acertada del estado y estructura de una sociedad, la de nuestros antepasados, que ha tenido que soportar y superar una serie de avatares y lastres de carácter social, político y económico, de cuyas reminiscencias hoy día tenemos constancia gracias al testimonio de nuestros abuelos.

Quedan englobados, pues, en tres bloques. Un primero contiene textos de finales del siglo XIX y hasta el periodo de la II República. El segundo presenta el testimonio de corresponsales de guerra y activistas políticos extranjeros, implicados de manera muy directa en la lucha contra el Fascismo y el Nazismo. Son, de este modo, partícipes y testimonios directos de la Guerra Civil española, mostrando escenarios y realidades de guerra y postguerra. Finalmente, un tercer bloque lo representa un texto de Juan Goytisolo, en el que muestra (nos recuerda) el Boom de la España de Sol y Playa, pero desde el punto de vista del “bando local”. Un bonito texto que hará resurgir en muchos de vosotros los recuerdos de unos paisajes y unos personajes entrañables de un pasado no tan lejano y que, por desgracia, esta vorágine que es esta sociedad consumista y globalizada ha destruido de un plumazo.


Sin más, esperamos os guste la presente selección literaria. Esperamos, igualmente, que, como nosotros, y como los buenos historiadores, aprovechéis para hacer hablar al subconsciente de estos textos, es decir, a leer entre líneas, como se suele decir. Es así como abriremos, como decíamos anteriormente, una ventana al pasado.


BLOQUE I.
En los albores del desastre.

COMO EN LAS ANTILLAS
“Sketches in Spain during the years 1829, 1830, 1931 and 1832”
Samuel Edward Cook
(1834)

Motril es un pueblo pequeño, con alguna actividad comercial y de contrabando. Se encuentra a cierta distancia del mar, en una llanura cubierta por plantaciones de azúcar y algodón. La chirimoya es común y crece al aire libre. Probé la fruta, que aún no estaba madura del todo, pero tenía un buen sabor recordando de algún modo a la guava [guayava]. Ellos dijeron que la temporada no había sido buena y que eran inferiores a la producción que suele haber. Los árboles se encontraban en un magnífico estado de salud.

La vega o llanura de Motril, es una zona que se ha formado por los materiales de derrubio arrastrados por el río Órgiva [Guadalfeo], cuya desembocadura se encuentra hacia el oeste. A una legua de distancia se encuentra Salobreña, un escarpado promontorio, con un castillo en ruinas en todo lo alto, únicos restos de lo que fueron palacios y jardines colgantes de los árabes, de los que éste fue uno de sus más famosos enclaves. Hay una pequeña vega plantada principalmente con caña de azúcar; todos los alrededores son un desierto.

Almuñécar es el siguiente lugar. Se trata de un pueblo pequeño y limpio situado en una bonita bahía, con una zona de caña de azúcar. Hay una empresa bastante grande, establecida hace poco tiempo por un grupo de alemanes de Málaga con espíritu cívico y emprendedores con vistas a mejorar la fabricación de azúcar y el ron, utilizando maquinaria inglesa en lugar de los burdos aparatos de los viejos Ingenios españoles. Una muestra de ron que yo probé era ciertamente igual al de las Antillas, y el azúcar que, con el método antiguo tenía un aspecto poco agradable aunque demasiado empalagoso, sin duda será igual de bueno.




EL JARDÍN DE ALÁ Y ATAHUALPA
“La Alpujarra”
Pedro Antonio de Alarcón
(1874)

Los granadinos (dice Lafuente Alcántara) aclimataron los valles templados de la Costa […] los frutos que la Naturaleza había creado en los bellos climas de Oriente y en las abrazadas praderas del África… […] La caña de azúcar fue conocida y su implantación esmerada entre los moros de la Costa. Miles de ingenios destilaban el precioso líquido, y era tal su abundancia de miel y de azúcar, según los historiadores árabes, que “bastaba para el consumo y sobraba para hacer rico el comercio…

Cuantas frutas, legumbres é hilazas son conocidas hoy (concluye el ameno historiador), eran por ellos cultivadas con singular conocimiento… y les somos deudores de la introducción de nuevos árboles, entre los cuales merecen citarse la higuera chumba, el níspero, el algodón, el membrillo, el naranjo, la palma, el madroño y el azufaifo, y muchas plantas aromáticas y medicinales.
Interrupción importantísima: además de todo lo que acabamos de leer, la Costa tenía sus correspondientes viñas durante la dominación de los sectarios del Profeta; pues, si bien éstos no bebían vino (o no podían beberlo, según el Alcorán), comían muchísimas uvas y amaban la sombra lujosa y transparente de los parrales.

Hay más: según al-Katib, conocían la elaboración del vino, del vinagre y del aguardiente, “cuyos líquidos (añade) aplicaban a medicinas ó vendían á los cristianos”. Conste.
Y no es todo: Abu-Zacaría refiere que en tiempos de los Califas de Córdoba, hubo ejemplos de altos dignatarios destituidos o burlados por sus excesos en la bebida. –“El Rey Abul Walid Ismael de Granada (añade luego) promulgó una ley para reprimir a los consumidores de vino, y su hijo Yusef mandó en sus Ordenanzas que en reuniones familiares no incurriesen los convidados en embriaguez”. Conste de igual manera.

Con que vengamos a tiempos más recientes. Dice el geógrafo Sr. Miñano: “[…] cerca de la Costa prospera el algodón, y la caña dulce, y han llegado a connaturalizarse con gran número de  de vegetales de la zona tórrida, como las ananas, el café y el añil. Son muy pocas las plantas que no pueden cultivarse al aire libre…”.
Otro geógrafo, el erudito Sr. Carrasco, enumera de este modo los productos tropicales del litoral: “allí se ven el plátano, la caña de azúcar, el café, el añil, que da el hermoso azul, el chirimoyo, las ananas, el algodonero y el nopal, que cría el precioso insecto de la cochinilla...”.

En fin, lectores, yo, -que rara vez sé cómo se llaman las cosas que me gustan- concluiré esta larga disertación repitiéndoos que, por lo que toca a su fisonomía poética y a su aspecto pictórico, el litoral trae a la imaginación del viajero presentidas imágenes de África y de América; que estas imágenes le hacen soñar con patios marroquíes sombreados por cortinajes de seda y plata, o con lascivas hamacas sombreadas por el plátano y el caobo; y que, en tal situación de ánimo, no puede uno comprender que, a cinco leguas de allí, aguardan su vista los eternos hielos y las plantas hiperbóreas de la virginal Sierra Nevada.




¡ESTO ES VIDA!
“Rocinante to the road again”
John Dos Passos
(1922)

Por el fondo del valle corría un ancho raudal, que vadeamos después de mucho disputar sobre quién había de montar en el burro, mientras éste arrugaba el hocico, temiendo el frío del agua y la viscosidad de las piedras. Cuando salimos de la ancha morena de guijarros, encontramos, al otro lado de la corriente, a un hombre enjuto y negruzco, con amarillos dientes de caballo, que hizo muchos aspavientos al saber que yo era norteamericano.
-          América es el mundo del porvenir –exclamó, y me dio tal palmada que casi me caí del burro, en cuya grupa iba montado en aquel momento-.
-          En América no se divierten –murmuró el arriero, sacudiendo sus pies mojados y fríos sobre el ardiente polvo azafranado del camino-.

El burro echó a correr delante dando coces, tratando de tirar los grandes cestos de mimbre que llevaba a cada lado de la albarda, encantado de andar por terreno llano y seco después de pasar tanta agua y tantos pedregales. Nosotros tres le seguíamos discutiendo, mientras el sol batía alas de fuego a nuestro alrededor.
-          En América hay libertad –dijo el hombre negruzco-. No hay guardas rurales, los peones camineros trabajan ocho horas diarias, gastan camisas de seda y ganan… un dineral.

El hombre negruzco se quedó in alientos de tanto estrujarse los sesos. Luego continuó:
-          Sus hijos se educan libremente, sin curas, u a los cuarenta cada prójimo tiene su automóvil.
-          Ca –dijo el arriero-.
-          Sí hombre –contestó el otro-.

Durante un buen rato el arriero marchó en silencio, mirando cómo los dedos de sus pies se hundían en el polvo a cada paso que daba. Después exclamó, espaciando las palabras con convicción:
-          Ca. En América no se hasé ná má que trabahá y de´cansá pa podé trabahá otra véh. No es vida pa un hombre. Ayí la hente no se divierte. Me lo dijo un marinero de Málaga que pesca esponjas. Y él lo sabía. No es plata lo que el pueblo necesita, sino vino y pan y… vida. Ayí no hacen má que trabahá y de´cansá pa podé trabahá otra véh…

Dos ideas luchaban en mi cabeza mientras hablaba. Me parecía ver señores con cara roja con “breeches” y bisoñés ladeados sobre anchas frentes, leyendo con unción, en voz alta, las frases “derechos inajenables… conquista de la felicidad”, y al mismo tiempo creía oir la cadencia de los versos de Meredith:

“Donde la labor y la amargura del agricultor
Poco altera la amargura y la labor.
Hay en la vida un núcleo alimenticio,
Que con ella contó: ¡grano, fruta, aceite, vino!”

El burro se paró frente a una tabernilla, bajo un enrejado, donde polvorientas hojas de calabaza oscurecían la lumbre azuldorada del sol y del cielo.
-          Quiere decir: “echen un traguito, caballeros” –dijo el hombre negruzco-.

En la verdosa sombra de la taberna, que olía a aní, se oía un gorgoteo de agua. Nuestro acompañante, después de saborear un sorbo de espeso vino amarillo, señaló al arriero:
-          Dice que la gente no goza de la vida en América.
-          En América la gente es muy rica –gritó al tabernero, un tío con cara de remolacha cuya enorme tripa estaba sujeta por una faja de algodón rojo, e hizo un gesto evocador, frotando el pulgar contra el índice.

Todo el mundo se burlaba del arriero pero él seguía en sus trece, sacudiendo la cabeza y murmurando: “Ésa no es vida pa un hombre”.
Cuando salimos de la taberna, donde el hombre negruzco quedaba pintando a grandes brochazos la leyenda del West, el arriero me dijo, casi con lágrimas en los ojos, que su intención no era hablar mal se mi país, sino explicar por qué no quería emigrar. Mientras hablaba nos cruzamos con un carro tirado por una mula. La carga de uvas amarillas despedía un dulce olor a fermentación que daba vértigo. Un hombre sombrío, con cejas salientes, marchaba a la cabeza de la mula; en el carro, los pies firmemente plantados en el humeante montón de uvas, la cara roja ladeada hacia el sol abrasador, un chiquillo, con una cabeza negra rizada, iba en triunfo, gritando. Los dientes le relampagueaban, como si fuera a morder el sol.
-          Lo que usted quiere decir es que ésta sí que es vida para un hombre –dije yo al arriero, que echó atrás la cabeza, en una carcajada de aprobación-. Algo que no es ni trabajar ni prepararse a trabajar.
-          Eso es –contestó, y gritó “¡Arre!” al burro.

Apretamos el paso. Mi sudada camisa se infló de pronto por detrás con un vientecillo fresco, que empezó a retozar a nuestro alrededor en un recodo del camino.
-          Huele a mar –dijo el arriero-. Lo veremos desde el otro cerro.

Aquella noche, en Motril, al salir a trompicones de la posada, atiborrada de comida y vino, la luna llena se alzaba a través de la cúpula de la iglesia rosa y azafrán. Por todas partes sombras verde acero, veteadas de luna tangible. Estaba yo sentado al lado de mi mochila, en la plaza, pensando en qué pensar, aturdido por la noche deslumbrante, cuando tres mulas, azuzadas por una voz bronca, surgieron de la sombra, cascabeleando. Cuando se pararon, sobresaltadas, junto a la fuente, al fulgor de la luna, se vio que venían enganchadas a un coche, un coche que parecía una araña y que iba inclinado hacia delante, como si fuera bajando perpetuamente una cuesta. Del interior salían voces ahogadas, como un cacareo de aves facturadas al mercado en una jaula.

En el pescante iban unos pies apoyados sobre las varas. El atelaje estaba remendado con parches y cordones. Crujiendo, rechinando entre refunfuños de los pasajeros, restallidos del látigo y largas ristras de juramentos del cochero, el coche salió del pueblo a trompicones, bamboleando sus ruedas por una fértil llanura, donde sonaba el gorgoteo de las acequias, el croar de los sapos y el murmullo en falsete de las cañas de azúcar. De vez en cuando la luna brillaba en las hojas de los plátanos y en una ancha banda de plata sobre el mar.  Tierra adentro, cerros como montones de ceniza, iluminados por la luna, y a lo lejos, una sombría insinuación de montañas.
Junto a mí, mentándole su familia a la mula delantera, la boca abierta y en el cogote el sombrero cordobés, de debajo del cual brotaba un mechón de pelo negro, que le caía por la frente hasta la nariz, dándole un aspecto de trasgo, el cochero brincaba, se retorcía y daba patadas a las mulas, que vagaban como borrachas de un lado a otro del camino. Bajamos una quebrada, cruzaos un pedregal, subimos un puente de tablas y abajo otra vez, al lecho del río que yo había vadeado aquella mañana con mi amigo el arriero. Luego bordeamos una playa con barcos de pesca y pequeñas chozas, donde dormían los pescadores. Ladrar de perros, otro puente y, por fin, la aldea. Subimos rechinando y trepidando una calle empinada, para pararnos súbitamente, catastróficamente, frente a una taberna, en la plaza mayor.
-          Llegamos con retraso –dijo el trasgo volviéndose hacia mí de repente-. No he dormío en cuatro noches. Me las he pasao bailando.

Aspiró el aire entre los dientes y estiró brazos y piernas a la luz de la luna.
-          ¡Ah, las mujeres, las mujeres…! –añadió filosóficamente. ¿Tié usté un pitillo?
-          ¡Ah, la juventus –dijo el viejo que había traído la valija del correo. (Nos miró rascándose la cabeza)-. Hay que gozarla. No dura más que un momentito. Los viejos trabajamos por el día, pero los jóvenes trabajan por la noche… ¡Ay de mí! –y soltó una risotada-.

Y como si alguien las susurrara, las palabras de Jorge Manrique surgieron tamizadas por la noche:

“¿Qué se hizo el Rey Don Juan?
Los infantes de Aragón
¿Qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán?
¿Qué fue de tanta invención
Como trujeron?”

Todo el mundo se metió en la taberna, de la cual salía un rumor de canciones y de palmoteo acompasado, de puñetazos sobre las mesas y de vasos entrechocados cordialmente. Fuera se remontaba la luna, brillante y con un manchón verde, como un cáliz de plata repujada marcado por la huella del tiempo. La cabeza rota del león de la fuente manaba un sonoro hilo de azogue. El viento de la mar traía un olor a basura podrida, a tomillo quemado en los hogares y a flores de jazmín. En una ventana, os geranios ardían a la luz de la luna; sobre ellos se divisaba en la oscuridad el contorno de una cara, el fulgor de unos ojos; frente a la pared blanca, un hombre inmóvil, mirando hacia arriba, con las narices dilatadas: el amor.

Al salir del pueblo, el armatoste del coche latía aún en nuestros oídos el ritmo de la taberna, el palmoteo de las manos callosas, los golpetazos de los tacones sobre el suelo de roble. Desde la última casa de la aldea nos gritaron adiós. Con un estruendo de chinero volcado, nuestro coche se precipitó en el silencio. Un hombre flaco como un alambre, con la cara blanca y un bigotillo retorcido como los muelles de una ratonera, se encaramó al pescante, mientras corpulentos mocetones subían a la trasera una porción de baúles atados. 
-          ¡Qué tarde! Dos horas de retraso –farfulló el hombrecillo torciéndose la gorra a uno y otro lado-. Desde esta mañana no he comido más que dos huevos duros… ¡Hay que ver! ¡Qué incultura! ¡Qué pueblo indecente! Dos huevos duros en todo el día.
-          Tenía que hacer en Motril, Don Antonio –dijo el trasgo haciendo una mueca-.
-          ¡Sí, sí! –gritó Don Antonio con una risa chirriante- . Y luego, ¡Qué nochecita!

No sé qué me impulsó a repetir a Don Antonio la historia que cuenta Herodoto del rey Micerino de Egipto, el cual al oír de oráculo que viviría sólo diez años, pidió antorchas para no dormir, de modo que vivió veinte años en lugar de diez. El trasgo escuchaba a intervalos sin dejar sus groseras investigaciones sobre la vida privada de la abuela de la mula delantera. Don Antonio se dio una palmada en el muslo, encendió un pitillo y exclamó:
-          En Andalucía todos hacemos lo mismo, ¿verdad Paco?
-          Sí, señor –dijo el trasgo, sacudiendo vigorosamente la cabeza.
-          Eso es lo flamenco –gritó Don Antonio-. La vida en Andalucía es lo flamenco.

La luna empieza a perder pie en el resbaladizo cenit. Vamos traqueteando a lo largo de un camino abierto en la roca. Abajo, el mar, lleno de inesperados resplandores; un mar bordeado de encaje, que flota como el vestido de seda de una bailarina. El trasgo se tambalea, medio dormido. El hombrecillo lleva la gorra tan encasquetada que no se le ven ni los bigotes. De repente, la mula delantera, atacada de manía suicida, da un brinco de costado hacia el borde de la roca. Crujido de grava, chasquido de tirantes, gritos, alboroto dentro. Alguien ha conseguido encabritar de un tirón al animal. Abajo, en el mar, la sombre del coche se bambolea al borde de la sombra de la roca.
-          ¡Hijaputa!- grita el trasgo saltando a tierra-.

Don Antonio se despierta con un gruñido, y empieza a explicar quejicosamente que no ha comido en todo el día más que dos huevos duros. Los dientes del trasgo relampaguean mientras va colgando ristras de blasfemias sobre las temblorosas mulas. Por fin, con una horrible sacudida, el coche salta al lado seguro del camino. Del interior asoman cabezas furiosas, como cabezas de gallinas por el enrejado de una jaula volcada. Don Antonio se vuelve a mí y grita en tono de triunfo:
-          ¡Qué flamenco! ¡eh?

Llegados a Almuñécar, Don Antonio, el trasgo y yo tomamos un velador en la terraza del Casino vacío. Apareció, no sé por dónde, un camarero con vino y café, jamón correoso, pan rancio y cigarrillos. Sobre nuestras cabezas temblaban, al soplo intermitente de la brisa marina, polvorientas hojas de palmera. Las sortijas que Don Antonio llevaba en sus finos dedos relucían a la luz de una cansada bombilla que brillaba entre palpitantes letreros. Estaba explicándome el significado de “flamenco”.
El gesto de bravata, la canción bien cantada, la copla rematada con estilo, la espalda vuelta al toro que embiste, la mantilla puesta con exquisita provocación: todo eso era flamenco.
-          En estas tierras, señor inglés, no trabajamos mucho, somos sucios e ignorantes; pero vivimos. ¿A que no sabe usted lo que hace la gente pobre de los pueblos por el verano? Alquilan una higuera y se van a vivir bajo ella con sus perros, sus gatos y sus críos; comen los higos según van madurando, beben el agua fría de la sierra y tan felices. No temen a nadie, ni dependen de nadie; cuando son jóvenes, hacen el amor y cantan al son de la guitarra, y cuando no, cuentan historias y crían a sus hijos. Usted ha viajado mucho; yo he viajado poco, no he pasado de Madrid; pero le juro que no hay en ninguna parte del mundo mujeres más bonitas, ni tierra más fértil, ni cocina mejor que en esta vega de Almuñécar… si el vino no fuera tan espeso…
-          ¿Entonces usted no quiere irse a América?
-          ¡Hombre, por Dios! ¡Tú, Paco, cántanos una copla…!






BLOQUE II.
Retales de Guerra y de Postguerra.


DE ESTA NOCHE DEPENDE
“Die Gewehre der Frau Carrar”
Bertolt Brecht
(1937)

MUCHACHO: ¿Vienes de Motril, tío Pedro? ¿Cómo van las cosas allá?
OBRERO: No muy bien. ¿Y cómo os va a vosotros aquí?
LA MADRE: (reservada) Vamos tirando.
MUCHACHO: ¿Has salido hoy de allí?
OBRERO: Sí.
MUCHACHO: Son cuatro horas largas, ¿no?
OBRERO: Más, porque las carreteras están llenas de refugiados que quieren ir a Almería.
MUCHACHO: ¿Pero Motril resiste?
OBRERO: No sé qué habrá pasado hoy. Ayer noche resistíamos aún.
LA MADRE: podéis estar contentos de estar todavía enteros.

(se oye fuera, aumentando y disminuyendo, ruido de camiones y de cantos. El obrero y el muchacho se acercan a la ventana y miran afuera)

OBRERO: Son las Brigadas Internacionales. Las llevan ahora al frente, a Motril.

(se oye el estribillo de la Columna Thälmann: “la patria está lejos…”)

OBRERO: Ésos son los alemanes.

(se oyen unos compases de La Marsellesa)
 OBRERO: Los franceses.

(la “Warschawjanka”)
OBRERO: Los polacos.

(Bandiera Rossa)
 OBRERO: Los italianos.

(“Holt the Fort”)
 OBRERO: Los americanos.

(“Los cuatro Generales”)
 OBRERO: Y ésos son los nuestros.

(se apaga el ruido de camiones y cantos. El obrero y el muchacho vuelven a la mesa).

OBRERO: De esta noche depende…




APÁTICO
Arthur Koestler
“Ein spaniches Testament”
(1938)

A la tarde partimos en dirección a Málaga, el camino se hace cada vez peor, inundado en varios lugares por corrientes de agua que bajan de las sierras. Me pregunto cómo pueden atravesarlo los camiones que vienen cargados de tropas y municiones. En realidad, no lo atraviesa; el camino, el único camino que une a Málaga con el resto de la España republicana, se halla absolutamente desierto. ¿Se encuentra Málaga en realidad abandonada? No obstante, no encontramos tampoco refugiados. Muy extraño.

Motril, a las tres de la tarde. Pequeña y sucia aldea pesquera. Nadie sabe dónde se encuentran los cuarteles militares. Por fin los encontramos en la escuela municipal. Nueva búsqueda del comandante. A las cuatro lo hallamos, en la persona de un joven de aspecto exhausto, con una barba de cinco días, ex-director de Correos y miembro del ala derecha socialista de Prieto.
Se encoge de hombros en respuesta a nuestra pregunta respecto a la ausencia de abastecimiento de tropas y armas en el camino. Dice: “Hace tres días llegaron a Almería tres camiones cargados de municiones. Sus ocupantes pidieron al Sindicato local que trasladaran la consignación a Málaga porque ellos tenían que volver. Pero el sindicato de Almería se negó, diciendo que necesitaba sus transportes para el abastecimiento de víveres e insistiendo en que los camiones de Valencia tenían la obligación de llevar la consignación a Málaga. Pero éstos volvieron a Valencia y las municiones quedaron en algún lugar de Almería, en momentos en que Málaga tanto necesitaba de ellas. Ahora a los rebeldes no les queda más que entrar. Tal vez los encuentre usted cuando llegue.”
G.G. toma notas, sólo para romperlas cinco minutos después. Como corresponsal de guerra, no se puede cablegrafiar tales cosas.

-       De paso –dice el comandante-; no podrían ustedes llegar a Málaga. El puente situado más allá de Motril, está roto y el camino se ha inundado. Tendrán que esperar hasta que acabe la lluvia.
-       ¿De modo que Málaga está prácticamente separada del mundo?.
-       Mientras dure la lluvia, sí.
-       ¿Y cuánto tiempo hace que llueve?
-       Cuatro días y un periodo de humedad que duró diez días y terminó recién la semana pasada.
-       ¿Hace mucho que se rompió el puente?
-       Cuatro o cinco meses.
-       ¿Entonces por qué, en nombre de Dios, no lo reparan?

Nuevo encogimiento de hombros.
-          No recibimos ni material ni técnicos de Valencia.

La apatía del hombre me exaspera.
-          ¿No comprende que Málaga es un punto estratégico, tal vez la llave de la guerra en el Sur, y que su destino depende de ese puente? Yo llamo a esto negligencia criminal.

El exdirector de Correos me dirige una mirada larga e imperturbable.
-          Ustedes los extranjeros, están siempre impacientes –dice con aire paternal-. Podremos perder Málaga, podremos perder Madrid y media Cataluña, pero ganaremos la guerra.

Hay mucho fatalismo oriental en la forma de conducir la guerra española –en ambos bandos-, y esto explica en cierto modo que ella sea tan desordenada, brutal y rapsódica. Otras guerras consisten en una sucesión de batallas; ésta, en una sucesión de tragedias.
Una hora más tarde emprendemos camino, a pesar del puente roto. Esto representa un rodeo de unas diez millas sobre caminos casi impracticables, en los que la última milla se desarrolla a través de un arroyo de diez pulgadas de profundidad. Nuestro liviano automóvil puede pasar por donde un vehículo más pesado se quedaría empantanado.

Última parada antes de Málaga: Almuñécar. Hay aquí un famoso hotel que el conde Reventlow me recomendó en Valencia. El hotelero, un hombre grueso y cándido, procedente de Zurich, se disculpa en alemán: “Son ustedes los primeros visitantes que tengo en dos meses –dice-. Sientomucho que no encuentren mi hotel tan limpio como otras veces, pero ustedes saben que hay guerra en este país”.
Le respondemos que hemos oído algo de eso. Después de una espera de dos horas, nos sirven una excelente cena y partimos nuevamente.




DELICADO
“A rose for Winter”
Laurie Lee
(1955)

Una mañana estábamos sentados delante de un café en el paseo comiendo hígado cocido acompañado por vino dorado, cuando una figura bajó la calle hacia nosotros. Era un hombre alto con caderas anchas y hombros delgados, un tipo como un barril de vino, que llevaba encima de su carnosa y alargada cabeza una boina negra apenas más grande que un botón. Sin embargo, más que el volumen del hombre nos llamó la atención su voz poderosa y sus gestos extravagantes, casi soberanos, con los que saludaba a todo el mundo por el camino. A hombre, mujeres, niños e incluso a los perros les ladró saludos, mientras por su cara se deslizaba una sonrisa maliciosa. Daba miedo verle balancearse sobre sus pies pequeños, agitando los brazos y pavoneándose con la boca entreabierta.

“Mira”, dijimos al acercarse el hombre. Él se dio cuenta de nuestra mirada, se paró estupefacto, balanceó su cuerpo encima de las puntas de sus zapatos, se quitó la gorra y se inclinó: “¡Distinguidos visitantes –bramó-, bienvenidos a Castillo! ¿Quieren pasar una heroica tarde agradable? Entonces háganme el honor de acompañarme y les enseño mi bonita hacienda.

Como el viento hincha las velas lánguidas después de la calma, así su voz tempestuosa nos puso en marcha, y con el viento a favor de sus pesadas bromas navegamos desamparadamente a lo largo de la calle.

-          Soy Don Paco –dijo-. Todo el mundo me conoce. Todo el mundo les confirmará que poseo la finca más hermosa de toda la costa del sur. Toda la gente me quiere y me respeta mucho. Soy como su padre.

Nos acercamos a un grupo de lavanderas en la fuente.

-          ¡Ay, señoras! –gritó-.

Las mujeres se rebotaron, interrumpieron su trabajo y corrieron a pasitos cortos hacia sus casas. Un viejo miope dobló la esquina arrastrando los pies. Don Paco lo cogió de la camisa y lo clavó en la pared.

-          ¡Bueno, tío! –gritó-. ¿Todavía no te has muerto? Yo no hubiera pensado que sobrevivirías al invierno. Es una maravilla.

El viejo jadeó, echó chispas y se retorció bajo la camisa.

-          ¿Y cómo está tu hija la deshonrá? –siguió Don Paco-. ¿Todavía lleva la cría en la barriga? Ella es hermosa. Tiene las caderas como una serpiente. Díle de mi parte que debería estar en un zoológico.

Amistosamente le dio un golpe en el estómago al viejo que levantó un brazo flaco en su defensa y se encorvó.

-          Qué tío eres con tus perros e hijas. No olvides que me debes dinero; son cinco duros ya. No pasa nada, puedes ir pagando con tu trabajo. Vete a la finca mañana temprano a las seis. Buena idea. Adiós.

Don Paco lo soltó, y el viejo se largó tosiendo y gimiendo como si un caballo le hubiera dado una patada. Salimos del pueblo y Don Paco nos condujo por un camino bordado en los dos lados por cañas de azúcar altas y verdes. El camino estaba medio anegado  por la lluvia de anoche y nosotros avanzamos con los pies mojados.

-¡Qué paraíso!– gritó Don Paco mientras cruzó a saltos un charco gigante-. El sitio más hermoso de Europa y el mejor clima del mundo.

Resbaló en un guijarro y se deslizó al barro hasta por encima de los tobillos.

-          ¿No les parece? –añadió-.
-          Magnífico –respondí-. Aparte de la lluvia.
-     Tonterías –increpó-. Aquí no llueve nunca. Miró al camino inundado. Esta agua viene de las sierras, pruébela.

Sumergió melindrosamente un dedo en el lodo, lo lamió y se sacudió.

-          Nieve pura, deliciosa, un regalo del cielo.

Proseguimos.

-          Le aseguro que Castillo no carece de nada. Sol, frutas y flores durante todo el año. Y tan saludable. ¿Acaso se ha encontrado en algún otro sitio mejor que aquí?
-          Yo me encuentro muy a gusto –dije-, aparte de un resfriado.
-          ¿Un resfriado? –resolló el hombre-. Imposible. Su nariz está un poco irritada como consecuencia del fuerte olor a flores de la zona. Nadie está resfriado en Castillo. Nadie está enfermo aquí –rió-. La gente aquí vive tantos años que al final tenemos que matarla a tiros. Por pura filantropía.

Habíamos llegado a un jardín con empalizadas altas y suntuosas. Nos paramos delante de un portal de madera. Don Paco lo abrió de un empujón y la puerta se hundió levantando una nube de polvo. Pasando por encima de los escombros Don Paco extendió sus brazos.

-          Miren – dijo-, mi finca, El Rancho Grande.

Vimos un trozo de tierra cuadrada, bien regada y plantada de árboles frutales y habas en flor. En un tinglado cerca de la puerta un cerdo negro grande estaba tumbado encima de un montón de estiércol. Don Paco se acercó a él con un grito amoroso. El cerdo gruñó a sus pies y huyó chillando a un rincón. Don Paco entró al corral llamándole tiernamente y con cariño, echándole besos por el aire.

-          Mírenlo –zumbó- ¿No es un ángel?

Quitó un trozo suelto del comedero y con él le rascó la espalda al cerdo. El animal arrinconado dio media vuelta y bufó de miedo. Don Paco nos miró por encima del hombro, radiante de placer ridículo.

-          Miren qué contento está de verme –dijo-. Todo el día está llamándome. Ay, cariño mío. Mañana lo mataré.

Pasamos por un camino bordeado de rosas blancas. En un arriate había violetas y fresas minúsculas. El agua de una fuente murmuraba debajo de un castaño alto y en sus ramas cantaban los pájaros. Don Paco cortó un ramo de rosas y me lo entregó con una reverencia.

-          Para la señora –dijo ceremoniosamente, y yo pasé el ramo a Kati que estaba a su lado.

Entonces paseamos por el jardín pequeño que era su finca, verde y resguardado en medio de un desierto de rocas. Kati fue agasajada con fresas, con una manzana amarilla y marchita, con un ramillete de jazmín, pero naturalmente siempre a través de mí, con mi permiso. Porque Don Paco, el señor y fanfarrón efervescente, tenía un fino sentido de las formas.




BLOQUE III.
La templanza del Recuerdo.

MOROS
“Fin de fiesta”
Juan Goytisolo
(1962)

Yo, aquel verano, sólo pensaba en Ramón. Por la mañana, mientras él alquilaba el bote a los turistas y se divertía enseñando a nadar a las extranjeras, me llevaba los libros de estudio a la playa y fingía repasar las asignaturas bajo los parasoles del hotel. Madre me había matriculado en un colegio de religiosos de Granada y, por consejo de los Padres, debía de repasar los manuales de sexto curso para estar a la altura de los otros. Durante horas y horas espiaba los movimientos de los bañistas. De vez en cuando, me zambullía en el agua y buceaba unos minutos lo mismo que un pez. El tiempo transcurría insensiblemente.  La fachada circular del hotel brillaba como el puente de mando de un gran transatlántico, el mar embestía contra las rocas del promontorio y la calima emborronaba el pueblo a lo lejos. Cuando me daba cuenta era la hora de comer.

Tarde y noche –en cambio- disponía del tiempo libremente. Ramón me esperaba junto al bote o bebiendo un trago en el chamizo y le ayudaba a remallar las redes o cebar los anzuelos del palangre. La playa del otro lado del cabo me ha gustado siempre más que la del pueblo: su horizonte es más amplio, la arena más gruesa y los chiringuitos de cañizo y las barcas le dan mayor vida y actividad. Desde allí las colinas se entrelazan hasta perderse de vista, el cielo parece un inmenso lago azul y los chirimoyos y las cañas forman un espeso telón tras el camino, partido en dos por la chimenea de la azucarera.

Al atardecer, cuando los últimos bañistas volvían al hotel, Ramón aparejaba la barca y aproaba hacia los farallones. Era un remero excelente y, a cada bogada, la playa se reducía como un escorzo. A mí me gustaba verle mientras hundía la pala en el agua, con los músculos tensos por el esfuerzo. Pensaba que, cuando fuese mayor, me gustaría tener un cuerpo como el de él. Ramón había vivido en el mar desde niño y conocía la costa palmo a palmo.
Llegado al caladero, sacaba los cordeles del talamete y me pasaba los remos a mí. Era el momento de largar el palangre, ciando lentamente para que el cordel no se enredara. Cuando las piedras tocaban al fondo y los corchos reaparecían en la superficie, Ramón bogaba hacia la caleta y, aguardando la hora de cobrar, aliñábamos el tiempo charlando, entre cigarrillo y cigarrillo. […]

Los mejores momentos del verano los pasaba con Ramón, cuando sus amigos le reclamaban y se embarcaba en algún boliche. La pesca al copo es mucho más emocionante que al arrastre. Yo me quedaba en la playa guardando el tiro, mientras él largaba la red desde la barca y daba la vuelta para dejar el otro cabo  en la orilla. El arte se cobra desde tierra y, a medida que se hala, aparecen los ramales, el tamaño de las redes se achica y los peces enmallados en el copo se agitan y dan brincos. La gente de los merenderos se acercaba a mirar, y yo me sentía a gusto en medio de los hombre que tiraban a estrepadas, con el cuerpo tostado por el sol y el rostro encendido por el esfuerzo. En el copo había jureles, lisas, bogas, caballas, sardinas. Las mujeres vaciaban el pescado en las cajas y yo ayudaba a los hombres a sirgar el boliche.

Cuando, la misma tarde, vi a los extranjeros mezclados con el coro de curiosos, su presencia me halagó. Hinché el pecho, tensé los músculos del brazo y adopté postura de atleta. La mujer llevaba aún el traje de baño y seguía nuestros movimientos con interés. El hombre vestía pantalón corto y camisa de colores. Mientras halábamos el chicote, habían cambiado unas palabras con el dueño del chamizo. Querían saber por qué se cobraba la red desde tierra y apuntaban vagamente hacia el mar. Luego se sentaron entre las barcas y, al acabar nosotros la faena, el hombre encendió un cigarrillo y alquiló el bote a Ramón.

El sol desperfilaba la cresta de la montaña y teñía el paisaje de una luz mustia y amarillenta. Las colinas de almendros eran grises ahora y, de trecho en trecho, explosiones de tierra roja las salpicaban de manchas de color. Ramón me había guiñado el ojo al coger los remos y aguardé su regreso con ansiedad. Me entretenía mirando el cementerio, la chimenea blanca de la azucarera, el espeso follaje de los chirimoyos. Imaginaba el invierno en Granada, lejos del mar y de mis amigos, y sentí una vivísima desazón.

Al ponerse el sol, las colinas se acartonaron, el mar perdió su tonalidad azul y una banda de aves cruzó el cielo de la bahía y fue a posarse más allá del camino, entre las cañas. El bote volvió poco después y Ramón ayudó a saltar a la pareja. El hombre se detuvo un momento a charlar con nosotros. La mujer temblaba de frío y corrió a vestirse al hotel.
-          ¿De dónde son? –pregunté cuando se largaron.
-          Suecos. El marido escribe en un periódico.

Sus compañeros escuchaban también y, al quedarnos solos, Ramón me contó que se habían insultado en su idioma durante todo el paseo y, en la caleta, el marido se fue a trepar por los riscos y los dejó a los dos en la playa.
-          ¿Y ella? ¿Qué hizo?
-      Nada –contestó riendo-. Hablar un poco conmigo y bañarse.

Aquella noche en el café hubo una discusión. El dueño del chamizo sostenía que en el extranjero los hombres no sabían meter en cintura a sus mujeres y, luego, pasaba lo que pasaba. “Una mujer que enseña el vientre a todos los hombres es una prostituta”, dijo. El farmacéutico le repuso que en España no había libertad de costumbres y se vivía como en tiempos de los moros. “En los demás países, explicó, las mujeres se bañan desnudas y nunca pasa nada”. “Porque todos los hombres son maricas -repuso el del chamizo- lo que es mi mujer no enseña el cuerpo a nadie”.
Los asistentes terciaron para decir que los andaluces eran de distinta pasta que los otros, y si las mujeres se bañaban por allí medio desnudas, la gente se liaría a cuchilladas.
-          Las mujeres a la casa, con los hijos –concluyó uno-.
-          ¿No os lo decía? –ironizó el farmacéutico-. Lo mismo que los moros.