domingo, 1 de junio de 2014

El curioso caso del "ánfora de Motril".

La colaboración que seguidamente se expone, corre a cargo de José María Pérez Hens, licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Granada. Igualmente cursó el Tercer Ciclo en el Programa de Doctorado titulado Arqueología Histórica, impartido por el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la UNED. En la actualidad ejerce de profesor de Geografía e Historia en el I.E.S. Julio Rodríguez de Motril. Activista acérrimo en la salvaguarda, recuperación y puesta en valor del Patrimonio, tanto natural como histórico y arqueológico, cuenta con una extensa lista de publicaciones y conferencias especializadas en temas de arqueología, patrimonio cultural y natural y ciencias sociales aplicadas a la enseñanza, siendo, además, partícipe activo de Seminarios y llegando a coordinar el Grupo de Trabajo de Ciencias Sociales del Centro de Profesores de Motril.
Excelente y apasionado docente, sus textos son amenos, divulgativos e ilustrativos, pero sin perder nunca el rigor y la documentación requeridas. El que os exponemos es un claro ejemplo de ello. Fue publicado en la revista local La Costa, en su número de febrero de 2009. Finalmente, agradecer, cómo no, su interés y voluntad de querer colaborar y participar, como viene haciendo desde hace tiempo con múltiples artículos, ponencias, actos y actividades, de esta iniciativa nuestra, que también es la suya. Gracias Pepe!!   


Recuerdo una visita que un grupo de profesores motrileños hicimos a la exposición Florentia Iliberritana, la cual se estaba  desarrollando en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada, que tiene su sede en la Casa de Castril, uno de los mejores palacios renacentistas de la ciudad, situado en la popular y turística Carrera del Darro. En el transcurso de la misma, uno de mis compañeros me llamó la atención sobre una pieza en concreto. Se trataba de un ánfora romana de gran tamaño y buen estado de conservación, que ocupaba un lugar destacado en la citada exposición. En su cartela informativa se leía que su lugar de hallazgo era el fondo marino de Motril.

El "ánfora de Motril".

La pieza, de cierta fama entre los interesados por la arqueología en la provincia, forma parte de la colección expuesta de forma permanente en el Museo y que, justamente por su importancia, a pesar de su hallazgo en el mar, había sido seleccionada para ilustrar las producciones agrícolas de la Granada romana. Es conocida como “el ánfora de Motril”, pero, como les paso seguidamente a contar, tiene poco o nada que ver con nuestra querida localidad costera. Vayamos por partes.

Como es conocido, durante la antigüedad, las ánforas eran los envases cerámicos de transporte y almacenamiento por excelencia, no sólo del mundo romano, sino ya utilizados profusamente desde épocas remotas. Particularmente indicada para el transporte marino, la propia forma del ánfora, caracterizada por dos asas y su terminación en punta, la hacía ideal para su estiba en los barcos mercantes, permitiendo la superposición de los recipientes en varios pisos e inclinarlas convenientemente para adaptarlas a las paredes curvas de las naves.

Resistentes y de grandes dimensiones, tenían formas características según el contenido al que se destinaban, la zona de donde procedían, la época en que se fabricaron y su evolución en el tiempo. En cuanto a los contenidos, en estos envases se transportaban principalmente vinos de distintas procedencias y calidades, aceite de oliva de distintos tipos y prensados, trozos de pescado en salazón y salsas derivadas, como el famoso garum.

Reproducción del interior de una nave y la disposición de las ánforas.

La referida “ánfora de Motril” es una típica Dressel 20 altoimperial olearia (siglo I d.C.), tiene cuerpo globular (unos 80 cms de altura por 50 cms de diámetro de panza) y cuello corto, en el que se insertan dos macizas asas capaces de soportar los casi 100 Kg que pesaría llena del afamado aceite de la Bética.

En la parte superior de una de sus asas, presenta un sello impreso donde se lee AGRICOL, sin duda una marca del alfarero, o del propietario de los hornos cerámicos que la fabricaron. Este sello está documentado en un alfar de Casa de Mingaobez, muy cerca de Posadas (Córdoba), en la orilla izquierda del Guadalquivir. Hoy sabemos que en el triángulo Sevilla-Córdoba-Écija hay documentados unos 90 centros de producción con más de 500 alfares. Por tanto, en cuanto al origen y contenido, “el ánfora de Motril” es cordobesa.

Sello con la leyenda AGRICOL.

Detalle del sello.

Pero terminemos con esta historia. Nuestro contenedor formaría parte de un cargamento que, partiendo posiblemente desde el puerto de Hispalis (Sevilla), y bajando por el Guadalquivir, se disponía a seguir una ruta de navegación marítima hacia el interior del Mediterráneo. El barco mercante no llegaría jamás a su destino ya que, por alguna desdichada razón, naufragó en algún punto del litoral cercano a Almuñécar, constituyendo el conocido pecio de “Las Puntas”.

Por una afortunada casualidad, unos dos mil años más tarde, un barco arrastrero motrileño, el San Francisco, recuperó el ánfora del mar, a unos 60 ó 70 metros de profundidad, y la entregó en la Ayudantía Militar de Motril. Días más tarde se depositó en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada, donde hoy la podemos ver en casi todo su esplendor, ya que su superficie está un tanto deteriorada debido a la acción de las concreciones marinas. Son cosas de la edad.


En conclusión, la llamada “ánfora de Motril” resulta que no es motrileña (es cordobesa), no fue hallada en nuestra costa sino en la de Almuñécar (eso sí, por un pesquero motrileño), y se localiza actualmente en Granada. Como ven, poco o casi nada tiene que ver con la ciudad costera granadina, pero, qué quieren que yo les diga, como motrileño que soy, a mí me gusta que se la conozca como “el ánfora de Motril".

José María Pérez Hens. 

viernes, 18 de abril de 2014

Un yacimiento prehistórico en la Loma del Cerrajón (Molvízar)

Para este mes de Abril, contamos de nuevo con la colaboración de otro buen amigo de fatigas, que tan amablemente nos ha concedido un rincón de su tiempo para participar del blog. En este caso de trata de Julio Miguel Román Punzón, Doctor en Historia por la Universidad de Granada, en la especialidad de Arqueología. Arqueólogo e Investigador del Grupo de Investigación “Grupo Interdisciplinar de Ciencias y Humanidades” (HUM-143, Junta de Andalucía).
A lo largo de su carrera profesional, centrada en la Arqueología de Gestión, ha dirigido numerosas intervenciones arqueológicas, de todo tipo, abarcando todos los periodos históricos, básicamente en Andalucía. Asimismo, ha desarrollado una intensa labor investigadora, con una abundante producción científica publicada en libros, revistas y reuniones especializadas de ámbito nacional e internacional, destacando la de los periodos clásico y tardoantiguo en Andalucía, en los cuales se ha especializado en los últimos años.
Es por ello que agradecemos el interés mostrado para con nosotros, así como su apoyo desde un principio en esta aventura, de la que ya forma parte activa él mismo.



Quisiera aportar un granito de arena a esta noble iniciativa de mi amigo Jose Mª García-Consuegra Flores, la de difundir y dar a conocer el rico patrimonio histórico y cultural de la región costera granadina del bajo Guadalfeo. Y lo haré, en este caso, con una breve reseña extraída de un artículo presentado para el Anuario Arqueológico de Andalucía allá por 2011 (y que a día de hoy sigue sin publicar, lamentablemente, por la desidia de nuestra Administración regional), acerca de un yacimiento de gran importancia histórica, me atrevería a decir, para la prehistoria peninsular, que se localiza en tierras de Molvízar.

En el marco de una Prospección Arqueológica Superficial, derivada de un estudio de Impacto Arqueológico llevado a cabo para prevenir, minimizar y corregir los posibles efectos que sobre el patrimonio histórico, arqueológico y etnológico iba a producir un proyecto de urbanización (finalmente no ejecutado) localizado en los términos municipales de Salobreña y Molvízar (Granada), tuvimos ocasión de identificar un yacimiento que, si bien ya era conocido a nivel local, no lo era para la Administración regional, a pesar de su importancia histórica, no sólo para la comarca sino en el contexto de la prehistoria andaluza y peninsular, como anteriormente hemos indicado. Se trata del conjunto megalítico de La Loma del Cerrajón (Término Municipal de Molvízar).


Se localiza en las estribaciones meridionales de la Sierra del Chaparral, en la cima conocida como Loma del Cerrajón, en la ladera oeste del monte homónimo, entre las cotas 250 y 300 m.s.n.m., justamente en un área donde la ladera suaviza su pendiente antes de llegar al barranco que se encuentra a sus pies. A pesar de ello, se trata, en general, de un lugar con fuertes pendientes, lo que favorece la nula potencia estratigráfica que se conserva en la ladera, aflorando la roca natural en la superficie en gran parte de su extensión.


El complejo de la Loma del Cerrajón es un yacimiento ciertamente sorprendente en esta zona peninsular y que, de confirmarse su adscripción, constituiría un unicum en toda la región andaluza. Y esto es debido a que parece tratarse de una agrupación de menhires, no podemos especificar si formando hileras o círculos, de los cuales llegamos a contar hasta seis en posición erguida. Además de estos, y en sus inmediaciones, aparecían otros posibles monolitos, pero que se encontraban tumbados en el suelo y cubiertos de la espesa cobertura de matorrales que inunda la ladera donde han sido identificados, lo cual impidió comprobar si se trataba de simples rocas caídas desde la cumbre del cerro o si eran también menhires volcados. Esa misma espesura vegetal imposibilitó el hallazgo de otros materiales arqueológicos que pudiesen estar acompañando a los posibles menhires, tales como elementos de industria lítica o cerámica.

Asimismo, y junto a la acumulación de monolitos, pudimos identificar una amplia abertura en el terreno, a modo de gran zanja abierta en la roca natural de la ladera, de considerable profundidad, que podría tratarse de la cantera de donde se extrajeron las piedras. De igual modo, la abundante vegetación que la inundaba impedía cualquier tipo de examen más exhaustivo.


En todo caso, creemos poder asegurar que las evidencias halladas constituyen un complejo megalítico, sobre la base de las siguientes evidencias:
  •   Posición erguida. Se trata de grandes monolitos de caliza, de en torno a 1,5 m de altura (si bien el mayor de ellos alcanza los 2,5 m de altura), que pesan varias toneladas, y que necesitan de la fuerza conjunta de muchos hombres para ser izadas. Por otro lado, la altura de dichos megalitos, bastante más grande proporcionalmente que su base, y la implacable ley de la gravedad, impiden que se trate de piedras caídas de la cima del cerro que han quedado en esta posición de manera azarosa. Y menos aún, si atendemos a la totalidad del conjunto observado.
  •   Orientación aproximada al Norte. La totalidad de los seis monolitos identificados presentan una orientación norteña, con pequeñas variaciones hacia el NE o el NW.
  •    Tratamiento externo. A pesar de que no se observaron restos de grabados, sí que parece evidente que han sido tallados para perfilar su forma alargada.
  •  Aparición de calzos. Algunos de los monolitos observados revelan el uso de otras piedras más pequeñas en la parte baja de los mismos, a modo de calzos, utilizadas para dar solidez al megalito.

Por todo ello, derivamos la convicción de que efectivamente nos hallamos ante una serie de monumentos pétreos izados de manera intencionada, fruto de un trabajo comunitario y proyectado previamente, con una orientación aproximadamente concurrente, todo lo cual coincide con los conocidos como Menhires, construcciones prehistóricas, concretamente de las etapas neolítica y calcolítica, consistentes en monolitos de forma alargada, que se situaban erguidos, y que presentaban diversas funcionalidades (se han propuesto desde monumentos de culto al sol, hasta tributo a divinidades diversas para conseguir fecundidad y fertilidad, o servir de señalizaciones para lugares importantes o relacionados con la defensa del territorio, entre otras).



Lo interesante de su aparición en esta zona lo constituye el hecho de ser propios de la fachada atlántica europea, habiéndose documentado muy escasos ejemplos de este tipo de construcciones, hasta ahora, en toda Andalucía, mucho menos, agrupados, como es el caso que nos ocupa. Tanto es así que, a día de hoy, y en el marco de toda la región andaluza, únicamente contamos con el dudoso bloque de piedra caído, aparecido en el yacimiento de Piedras Blancas I (Antequera, Málaga), los menhires campogribraltareños de Tribucio y de la Vaguada, en Facinas (Tarifa, Cádiz) o el de la Pasada del Abad (Rosal de la Frontera, Huelva). No obstante, en ninguno de estos casos se trata de agrupaciones del tamaño y/o número del documentado en la Loma del Cerrajón, que si se confirmasen como mehires los ortostatos volcados en las inmediaciones de los que permanecen izados, el complejo megalítico sería de gran espectacularidad.


Respecto a este singular yacimiento prehistórico de la Loma del Cerrajón, la excepcionalidad y relevancia que adquiriría de confirmarse la adscripción cronológica que proponemos (lo cual lo convertiría en un referente de la investigación prehistórica peninsular y en un yacimiento arqueológico de primer orden a nivel andaluz), obligaría a su completa investigación, con el objeto de caracterizarlo cultural y cronológicamente. Sobre todo, porque son estructuras emergentes, que ya han sufrido algún ataque vandálico (y que ya fuese denunciado por la Asociación Ecologista Buxus allá por 2003, sin contestación, ni de la Delegación de Cultura de Granada ni del Ayuntamiento de Molvízar, al respecto), y porque estando expuestas a las inclemencias del tiempo ya han sufrido serios desperfectos, como roturas y desprendimientos de parte de algunos monolitos, que lo sitúan en un alto riesgo de completa destrucción si no se toman urgentes medidas preventivas.

Por todo ello, se propuso a la Administración competente en materia de patrimonio la limpieza de su entorno y la realización de varios sondeos arqueológicos de grandes dimensiones, toda vez que la zona ocupada por las estructuras prehistóricas es muy amplia y que la potencia estratigráfica conservada en la ladera es muy escasa, así como un meticuloso análisis de las megalitos, por si existiesen evidencias de grabados u otros tratamientos decorativos en los mismos.  Desgraciadamente, la respuesta de dicha Administración fue la habitual............ Silencio .....…...

Y así las cosas, este yacimiento excepcional continúa al albur del paso del tiempo y las actuaciones incívicas de algún que otro alegre excursionista. De hecho, como tantos otros yacimientos y monumentos de nuestro rico patrimonio histórico y arqueológico.

Julio Miguel Román Punzón.

(Extraído del artículo Julio M. Román Punzón; Francisca Cardona López; Inmaculada Rodríguez García; Reyes Ávila Morales y Mª Isabel Mancilla Cabello, “Intervención arqueológica preventiva mediante prospección arqueológica superficial extensiva para el proyecto “Los Palmares Tropical Resort”, en los términos municipales de Salobreña y Molvízar (Granada)”. Anuario Arqueológico de Andalucía 2010. En prensa).



miércoles, 26 de marzo de 2014

"El curioso caso de Benjamin Button", o la particular enfermedad detectada en un individuo tardorromano de El Maraute (Torrenueva)

Iniciamos el apartado de colaboraciones con la aportación que tan amablemente nos concede José Miguel Jiménez Triguero, amigo y compañero de faenas desde hace ya algunos años. José Miguel es Licenciado en Historia por la Universidad de Granada, con formación específica en Arqueología y Antropología Física, y con sobrada experiencia en excavaciones arqueológicas desde 2004, como técnico y director en múltiples intervenciones arqueológicas. Fruto de esa labor han visto la luz diversas publicaciones desde entonces, tanto en el ámbito de la Arqueología como de la Antropología Física.


En la actualidad ejerce de profesor de Geografía e Historia y de Lengua Española para extranjeros, así como, ocasionalmente, de guía local. A pesar de haberse retirado algo de la primera línea del campo de batalla que es la arqueología urbana (o profesional, que llaman algunos), no ha menguado su voluntad de recuperar, reivindicar y poner de manifiesto el valor del Patrimonio, como bien demuestra "batallando" día a día en su localidad natal, Jódar (Jaén), no sólo con la tan nostrada Administración, sino también (e igualmente, o más farragoso incluso) con la escasa conciencia que al respecto tienen las autoridades locales y la propia población.
Por todo ello, agradecerle que haya destinado algo de su tiempo (que en los tiempos que corren es bastante valioso) a querer colaborar con nosotros. Sin más, seguidamente se expone su trabajo.




En el subsuelo de la comarca del Bajo Guadalfeo aguarda su pasado, deseando volver a ser descubierto. Un ejemplo concreto de ello fue desvelado el pasado año 2008, cuando aparecieron unos restos arqueológicos en la localidad de Torrenueva (Motril, Granada), con motivo de las obras de construcción de unos edificios de Protección Oficial en el Pago de “El Maraute”. Se recuperaron, entre otros restos, dos sepulturas (una de ellas seccionada y deteriorada, y otra completa) compuestas por una base de ladrillos bipedales (de dos pies de largo) y una cubierta de tegulae (tejas planas) a dos aguas.

A continuación, intentaré explicar una serie de interpretaciones teóricas con base científica en relación a estos restos arqueológicos y antropológicos, que fueron extraídos, estudiados y catalogados por profesionales de la Arqueología y de la Antropología, a los que debemos agradecer su gran labor, entre los que incluyo mi humilde aportación. Además, las conclusiones presentadas aquí fueron publicadas en el Anuario Arqueológico de Andalucía (AAA), en las Actas del XIX Congresso della Associazione Antropologica Italiana de 2011, y en la revista Journal of Biological Research. Con lo cual, estos datos ponen de relavancia los hallazgos y el esfuerzo enorme de todos los profesionales que han participado.


Gracias a la estratigrafía registrada durante el proceso de excavación, esto es, al estudio de las capas geológicas donde se advierte la acción humana, o la presencia de sus objetos en épocas pasadas, y también a través del estudio de la cerámica, que ha sido tan catalogada en sus diversas formas, tamaños, decoraciones, utilidades, contextos, etc., y que nos da un margen de error mínimo para situarla en la época en que fue realizada, usada o reutilizada; sabemos que el lugar donde se hallaron los enterramientos constituyeron zonas industriales y comerciales, que fueron abandonadas y reutilizadas como necrópolis en el siglo IV d.C., durante el Bajo Imperio (finales del siglo III-finales del siglo V d.C.). En esta época tendrá lugar el fin político del Imperio romano de Occidente y la entrada en la península de pueblos germanos, como los visigodos. En este sentido, el concepto de Tardorromanidad, que suele aplicarse para este periodo, implica la pervivencia de la cultura latina, tanto entre los hispanorromanos como entre los pueblos recién llegados.

Al hilo de lo que nos ocupa, podemos decir que ambas tumbas contenían un individuo cada una, depositados en decúbito supino, es decir, con el cuerpo colocado horizontalmente y echado sobre su espalda. La cabeza de los mismos estaba orientada hacia el oeste y los pies en el este. Los enterramientos no tenían ajuar, salvo la sepultura mejor conservada, de la que se recuperó un broche y una aguja metálica, complementos del vestido que pudo haber llevado y que no se ha conservado.

De otra parte, necrópolis coetáneas similares han sido documentadas a lo largo de la geografía hispana, como los casos de Piña de Esgueva  y Amusquillo de Esgueva (Valladolid), "El Romeral” (Montefrío, Granada), Valle de los Pedroches (Córdoba), Cerca de la Cámara Sepulcral de Toya (Peal de Becerro, Jaén), Vega del Mar (San Pedro de Alcántara, Málaga), Marugán (Atarfe, Granada), Baza (Granada), Lopera (Jaén), Marim (Olhâo, Portugal), Ferrestello (Visinhança de Sta. Olaya), “Las Merchanas” (Lumbrales, Salamanca), etc.

Todas ellas se inscriben en la moda de la inhumación (enterramiento del cuerpo ya muerto) y con apenas ajuar, es decir, con muy pocos (o ninguno) elementos de adorno o ritual.  En ellas son más frecuentes las tumbas individuales y, en el caso concreto que nos ocupa, el hecho de que la fosa aparezca bien delimitada, se suele repetir en las evidencias arqueológicas. Además, es más frecuente encontrar las tumbas en lugares lejanos a las civitae (ciudades) de la época, en ambientes rurales. Asimismo, presenta una cubierta que, aunque no es el único tipo, sí es frecuente en este período.

En general, los restos de los dos individuos estaban mal conservados si bien permanecían, a grandes rasgos, las conexiones anatómicas normales, en definitiva, que el orden de los huesos que formaban el esqueleto humano se podía apreciar claramente. Esta posición de los cuerpos había sido en parte alterada por procesos erosivos de origen geológico, como diversas escorrentías procedentes de las ramblas colindantes, las cuales arrastraron y alteraron algunas partes y deterioraron otras. Es por ello que se aprecian ladeadas las costillas, el cráneo y los huesos de los brazos. Estos procesos que ocurren desde que el difunto es inhumado hasta que son redescubiertos los denominamos los antropólogos procesos tafonómicos.

Teniendo en cuenta esto, conocemos el hecho de que los restos se depositaron en el interior de la sepultura en vacío, siendo posteriormente colmatados por la acción sedimentaria natural. Y estamos al tanto de estos detalles porque las evidencias son las siguientes: relajación de los dos lados de la cadera, al desaparecer los ligamentos que los unían. Si los hubiesen sepultado con tierra directamente, en el momento de desenterrarlos hubiesen aparecido ambos lados muy juntos y alejados del suelo.

Esta pelvis, junto a los cráneos, indican datos en relación al sexo de cada individuo, utilizando métodos antropológicos de medición, formas, tamaños, etc. Así, se ha estimado que uno de los esqueletos fue una mujer adulta, y el otro un adolescente varón. Para averiguar la edad aproximada de la muerte de cada individuo, se llevaron a cabo estudios relacionados con el desarrollo, crecimiento y conformación de los huesos y dientes. Los restos mejor conservados y que merecen una mayor atención en términos de la Antropología Física, son los del adolescente ya que presenta evidencias de una enfermedad nunca antes detectada en un enterramiento tan antiguo.



A este último le fueron detectadas varias dolencias relacionadas con la columna vertebral: la enfermedad de Scheuermann y la espina bífida de sacro, entre otras. La primera es un síndrome que suele ocurrir en la adolescencia de individuos de entre 13 y 17 años. Esta enfermedad, cuyo origen se desconoce aún hoy día, produce una deformación de la columna, donde las vértebras se deforman como si pertenecieran a una persona de edad avanzada con osteoporosis, y con una espalda demasiado arqueada que hace que el individuo se encorve. Surge como consecuencia de una alteración degenerativa durante el crecimiento y son muchas las causas que la pudieron originar en conjunto: factores biomecánicos y hereditarios.

Por otro lado, la espina bífida, consiste en que la espina de las vertebras no se forma durante el crecimiento. Esto provoca que la médula quede fuera de la propia columna. Y esto es aún más llamativo en la parte inferior de la columna, en el sacro, conectado con la pelvis a su vez. Allí, las vértebras están fusionadas unas con otras. Esta dolencia es de nacimiento y provoca parálisis y pérdida de sensibilidad en las piernas, así como problemas urinarios e intestinales. Este individuo, que no pudo llegar a ser adulto desgraciadamente, tenía otros problemas, y aunque desconocemos de qué murió, es muy probable que todos ellos provocasen su fallecimiento.



Por otro lado, ante la escasez de ajuar, la ausencia de lápidas y otros indicios, es imposible determinar con exactitud la adscripción religiosa de los individuos enterrados. Es conocido que en el mundo tardorromano la influencia del Cristianismo y de otras religiones orientales del Imperio fueron muy populares, ganando terreno al Paganismo. El Cristianismo adopta del Judaísmo el ritual funerario de la inhumación, y no por que la cremación de los muertos fuese una negación de la resurrección, sino porque seguían la tradición judía. Por lo demás, el Cristianismo perpetúa las prácticas paganas. Pero probablemente, como parece ser fue la tónica habitual, estos individuos no eran cristianos, sino paganos que utilizaban este ritual. Es sobre todo a partir del siglo VI d.C. cuando se manifiesta algo más clara la influencia del Cristianismo en los enterramientos.

Por otro lado, en todas estas religiones aparecen manifestaciones de la relación entre la muerte y el Sol naciente como signo de resurrección, de volver a la vida. De ahí la posición que se repite en este tipo de tumbas del siglo IV d.C. en la Bética Bajoimperial: la orientación Poniente-Levante (u otras aproximadas), que se vuelve a producir en la mayor parte de las necrópolis tardías desde el Bajo Imperio, con el fin del “renacimiento del fallecido” con el surgimiento del Sol por el horizonte.

En definitiva, del trabajo desarrollado en su día, podemos extraer varias conclusiones. La primera, que hubo un estudio multidisciplinar fruto de una estrecha colaboración entre arqueólogos de diferentes especialidades y antropólogos. Ambos procedentes, tanto de la Universidad pública (la Universidad de Granada), como del sector privado, en este caso la empresa dedicada a la recuperación, difusión y puesta en valor del patrimonio histórico-arqueológico y documental (Gespad al-Andalus S.L.U.).
La segunda consiste en que se ha llevado a cabo un proceso de estudio profundo y riguroso desde el inicio del proyecto de excavación hasta las publicaciones arqueológicas y antropológicas derivadas y, finalmente, publicadas.
La tercera, que hay un enorme y creciente interés por la recuperación, difusión y puesta en valor del patrimonio histórico y arqueológico.
La cuarta sería que los enterramientos excavados y estudiados se encuentran en la línea de la tipología (inhumaciones) y rituales del Bajo Imperio en Hispania.
La quinta que estamos ante un caso excepcional, el de Torrenueva, por haberse detectado en un individuo tan antiguo y con un estado de conservación malo, el cual manifiesta una enfermedad ósea poco frecuente, entre otras anomalías patológicas.
Y la última, reseñar el respaldo y apoyo continuo y sin condiciones de las instituciones locales para con el equipo científico-técnico que desarrolló el trabajo y posterior estudio (arqueológico y antropológico).

Es por ello que esperamos que este artículo sirva para dar a conocer algo más nuestro trabajo, nuestros buenos propósitos, y animar a la gente y a las instituciones para que sigan confiando en su pasado como la llave de su futuro.

José Miguel Jiménez Triguero.




lunes, 3 de marzo de 2014

"De mi corazón al aire" (Vicente Amigo), o de cómo hacer del Patrimonio propio un elemento identitario dinamizador y rentable.

Desde hace unas décadas viene siendo habitual que, especialmente en periodos de crisis como la que sufrimos actualmente, cada uno se busque sus propios recursos mediante los cuales hacer frente y sobrevivir a la grave situación económica y social a la que nos vemos sometidos. En este sentido, especialmente en el ámbito regional (y cada vez más a nivel local), hace ya bastante tiempo que se le está empezando a sacar "provecho" al patrimonio histórico, cultural y natural propio, ante el que hemos vivido de espaldas durante mucho tiempo y cuyo potencial ha sido ignorado en este país, más allá de los espléndidos Paradores y castillos de Playmóvil tan de moda en ciertos años de este país.
Es ahora que las autoridades competentes comienzan a ver que este Patrimonio, lejos de ser un "agujero en el bolsillo" de las arcas públicas, recuperado y bien gestionado puede suponer un importante agente dinamizador, no sólo a nivel económico, sino también en el social, cultural y laboral.

Y es que el uso y disfrute del tiempo libre ha ido adquiriendo cada vez más importancia en los últimos decenios. De manera progresiva se han ido desarrollando nuevas necesidades, tanto individuales como colectivas, en relación con el ocio. Es así como cada día hay más personas y grupos sociales sensibilizados por la diversidad cultural, orientando su tiempo de ocio y disfrute hacia el conocimiento de nuevos entornos, culturas y civilizaciones, huyendo de modelos turísticos convencionales y caracterizados por la masificación y una calidad básica y tradicional de su oferta.

Jardín nazarí de Vélez-Benaudalla.

Este cambio de tendencia ha sido ciertamente aprovechado últimamente por múltiples zonas “deprimidas”, o de segunda línea, por decirlo de alguna manera, pero que cuentan con importantes y destacados recursos culturales, etnológicos y naturales que hasta la fecha no fueron tenidos lo suficientemente en cuenta, manteniéndolos en un segundo plano (en muchos casos incluso en estado de abandono y degradación). Éstos son ahora un elemento clave a la hora de impulsar toda estrategia de desarrollo de estas economías locales y/o regionales, como alternativa para escapar de la situación de regresión socio-económica que nos ha tocado vivir. Es de este modo como, en muchos de los casos, estas “zonas de segunda línea” son susceptibles de convertirse en centros de interés turístico y cultural con gran éxito de oferta y de demanda.

Para ello, como han puesto de manifiesto en los últimos tiempos diversos expertos en dinamización y divulgación del patrimonio, es necesario partir del concepto fundamental de Desarrollo Sostenible, de tal modo que se promocione la recuperación, puesta en valor, conservación y difusión de nuestra herencia histórica y paisajística, con el objeto de que se deriven beneficios de carácter cultural, económico y social. Unos beneficios, por otro lado, que reviertan (al menos una parte de él) en el propio patrimonio y en la sociedad a la que pertenece y que la disfruta.
Este cambio de tendencia en el ámbito del ocio, la cultura y el tiempo libre, ha derivado, además, en una mejor y mayor imbricación de intereses entre el sector turístico y el ámbito del patrimonio. Se han desarrollado nuevos modelos de explotación y uso social de los recursos patrimoniales y naturales, aunque siempre partiendo de la sostenibilidad del modelo de desarrollo.

El Castillejo, Los Guájares.

De este modo, el territorio se convierte en el escenario donde se desarrollan nuevas lecturas globalizadoras y estrategias de uso social de los recursos culturales y naturales, mediante las cuales se pretende dar respuestas adecuadas e imaginativas a las nuevas demandas de los usuarios, cada vez más motivados en descubrir nuevos territorios y culturas, convirtiendo el Patrimonio (entendido de manera integral) en un producto turístico basado en la propia conservación y en la correcta explotación de sus recursos.
Y es que, es el legado cultural y natural quien, en esencia, juega un papel activo en todo este proceso, el cual, correctamente gestionado, acaba por revertir y generar, además, nuevos modelos de gestión y nuevas vías de financiación. 

Actualmente el patrimonio cultural está participando activamente en políticas globales y, más a menudo de los que podría parecer, encabeza estrategias de desarrollo local. Tal es así que en muchos lugares representa el eje fundamental sobre el que se sustentan políticas de promoción y desarrollo de ámbito local, fundamentadas en los recursos endógenos de su propio territorio. Más allá de su innegable valor como referente identitario y recurso para la educación y formación cultural de diferentes sectores sociales, permite unos beneficios económicos indirectos que, por otro lado, permiten una formación y reinserción laboral a la población.

Torre vigía de Torrenueva.

En este sentido, hay que partir de la idea de que todo monumento, resto arquitectónico, arqueológico y/o etnológico, en general, no es más que el claro reflejo del tipo de relaciones Hombre-Hombre y Hombre-Paisaje que han quedado plasmadas en el medio en el que habitamos. Se define de este modo un tipo de interrelación propia y característica que variará según el momento histórico y el grupo socio-cultural que lo protagoniza y que, de una u otra manera, nos han legado. Tan sólo, y no es tarea fácil, hay que saber leer las huellas y evidencias que estas construcciones y paisajes nos transmiten de una u otra forma.

Para ello, primeramente es esencial que la población se sensibilice, no sólo con las construcciones antiguas que todavía hoy día se mantienen en pie en nuestras ciudades y poblaciones, también con todo el patrimonio soterrado y subacuático que aún nos es desconocido dentro del nuestro territorio. Se trata de los restos de nuestro pasado y de nuestros antepasados los cuales, debidamente recuperados, tratados, conservados, protegidos y gestionados, van a permitir conocernos mejor en nuestras relaciones interpersonales y con nuestro medio ambiente, siguiendo la máxima zen de “respeta y conoce, y no temerás”.
No se trata de montones de herramientas antiguas, ni piedras, castillos, casas y edificios a medio caer, sino de un patrimonio que nos pertenece a todos y del que podemos aprender y disfrutar si es recuperado y tratado de manera adecuada. De hecho deberíamos estar obligados a protegerlo y a recuperarlo. Es así que cobran especial importancia las palabras de Dulce Chacón cuando refería que “un pueblo sin memoria es un pueblo enfermo”.

Por otro lado, y no menos importante, corresponde a las autoridades locales, provinciales, autonómicas y, cómo no, estatales, velar por la localización, documentación, recuperación y puesta en valor de todos aquellos elementos y construcciones que han formado, y forman parte, de nuestro pasado y nuestro paisaje en nuestro día a día, devolviéndoselo a la sociedad.

Estamos ante la posibilidad de dejar de vivir de espaldas a nuestro patrimonio y de crear un museo al aire libre en el que se eliminen las barreras que suponen las vitrinas y vallas que separan a unos de otros, de tal modo que se permita la interacción y convivencia del individuo con la cultura material, el monumento y el medio ambiente. Para ello, como se ha dicho, se exige de un lado una actitud de respeto hacia éstos por parte de la población; del otro, una voluntad de recuperación e integración social de todos aquellos elementos que conforman este patrimonio de cara a establecer un proyecto de progreso y futuro sostenibles.

En los últimos años se está empezando a consolidar esta nueva vía de potenciar una convivencia y comprensión del pasado por parte del presente, gracias a proyectos de recuperación del patrimonio local y a nuevas tendencias de puesta en valor, promoviendo una interacción y divulgación integradas, tanto al aire libre como en museos y/o edificios históricos. Una clara muestra de ello, con evidentes resultados y beneficios, incluso económicos de manera directa e indirecta, es el caso de los restos arqueológicos del mercado de El Born (Barcelona), el poblado neolítico de La Draga (Banyoles, Girona), la iglesia prerrománica y su poblado altomedieval de Santa Creu (Port de la Selva, Girona), la villa romana de los Baños de Valdearados (Burgos), el teatro romano de los Títeres (Cádiz), los restos arqueológicos de la Plaza de la Encarnación (Sevilla), el castillo y pósito de Doña Mencía (Córdoba), el castillo y barrio bajomedieval de Luque (Córdoba) o el conjunto de los Dólmenes de Antequera (Málaga), entre otros muchos ejemplos. Más próximo en el marco geográfico que nos ocupa, el complejo industrial de la Azucarera del Guadalfeo, en Salobreña; la creación del Centro de Formación de Energías Renovables en la batería artillera del siglo XVIII de Carchuna; el Centro de Interpretación, en la también batería artillada de La Herradura; o el Museo de Historia de Motril, ubicado en la conocida como Casa Garcés, una edificación de los siglos XVI-XVII y el Museo Preindustrial de la Caña de Azúcar en la Fabrica de La Palma, también en Motril, ambas edificaciones recuperadas y rehabilitadas para tal fin.

Museo de Historia de Motril.

Se trata, en resumen, de una tendencia mediante la cual se pretende cambiar el prisma con el que se suelen ver y concebir los restos y monumentos históricos, así como el entorno natural y paisajístico en el que se insertan, dejando de considerarlos como meros montones de piedras por la ruina y el mal estado en el que se encuentran, fruto de la dejadez y desconsideración recibida, tanto por la población en general como por las autoridades competentes, para revertir su situación como elementos con rendimiento patrimonial, social y, en la mayoría de los casos, también económico.  

La costa granadina en general, y el área del estuario del Guadalfeo en concreto, es un territorio que, a pesar de contar con un potencial y un substrato histórico-arqueológico de entidad, no es hasta hace escasamente unas décadas que cuenta con el respaldo que se desearía a nivel de difusión y puesta en valor de restos materiales y de publicaciones científicas y divulgativas que pongan de manifiesto, y a disposición de la sociedad, el patrimonio histórico, arqueológico y, por qué no, etnológico del que ha gozado y del que todavía goza. Y es que, como bien dice un compañero: "la costa hay que moverla!" (¿verdad, Diego?)

A ello bien poco han contribuido, de un lado el fuerte arrasamiento y destrucción que sufrieron múltiples yacimientos durante la segunda mitad del pasado siglo XX, con motivo de la orientación generalizada de los terrenos al cultivo de frutos tropicales, para cuyo desarrollo se hizo necesario un brutal abancalamiento de lomas y laderas, así como por el avance del sector constructivo, claramente enfocado al turismo de Sol y Playa.
Del otro, y de igual gravedad, la insensibilidad, tanto de las autoridades pertinentes como de la población en general, con respecto del patrimonio, no ya del soterrado (y mucho menos el subacuático) sino incluso del emergente, considerándolo como meras ruinas improductivas que obstaculizan el desarrollo económico de esta voraz sociedad actual.
En los últimos años parece que se están empezando a dar los pasos adecuados en este sentido. Se detecta una incipiente voluntad, por parte de los referidos agentes implicados, una mayor sensibilización, concienciación e implicación de cara a poder recuperar, estudiar y, llegado el caso, poner en valor todos aquellos elementos que han formado, y forman, parte de nuestro pasado y nuestro paisaje que sean susceptibles de ser devueltos a la sociedad, con el objeto de apoyarse en ellos e integrarlos en un proyecto de progreso y futuro sostenibles a corto y medio plazo.

Como se ha dicho anteriormente, este  concepto básico viene desarrollándose en las últimas décadas en múltiples países y regiones, los cuales han visto en su patrimonio histórico y cultural una oportunidad bastante rentable para la creación de un modelo de desarrollo sostenible y endógeno, respetuoso con el entorno y encarado a incrementar el producto interior. Ello es posible gracias a una gestión, mejora y potenciación de las actividades artesanales tradicionales y, de manera paralela (y no precisamente menos desdeñable), a la creación de nuevos servicios vinculados al patrimonio y al turismo cultural y natural, con evidentes repercusiones en el sector terciario.
El turismo basado y complementado en la Cultura (que se ha mostrado como una oferta sólida), depende en gran medida de que el visitante disfrute de la experiencia y perciba que tanto el territorio como los recursos patrimoniales son auténticos, y que se enmarcan en un contexto que les resulta agradable y atractivo. Desde esta perspectiva, pues, el turismo que se desarrolla y/o complementa en torno al patrimonio cultural, puede ayudar a reactivar la economía y la vida sociocultural de áreas o zonas concretas. A modo de ejemplo, durante 2012-2013, tan sólo el Castillo de Salobreña acogió un  flujo de visitantes que superó la cifra de 50.000 personas.

Castillo de Salobreña.

Para ello, pues, es necesario que exista una conciencia social sobre la potencialidad y el valor de esas señas de identidad características, legado del pasado, junto a la existencia de proyectos de planificación y ejecución de gestión de estos recursos culturales y naturales a corto y medio plazo por parte de las autoridades y entidades correspondientes e implicadas. En suma, se necesita implicar y concienciar a la población en el valor y uso de los recursos patrimoniales, y acometer las acciones tendentes a ponerlos en valor, garantizando el uso adecuado y la gestión en el tiempo para facilitar su desarrollo y mejora. Como decíamos en la entrada anterior: ¿Utopía?........."mica en mica s´omple la pica" (dicho catalán).

viernes, 28 de febrero de 2014

"BIDAIAH"


Nos iniciamos en esta andadura sin saber muy bien por dónde va a salir el tiro, aunque con la ilusión y la esperanza de pensar que estamos aportando un granito de arena a la causa de poder contribuir a difundir y dar a conocer el rico patrimonio histórico y cultural de una región, el bajo Guadalfeo, que, por sus particulares condiciones geofísicas y climáticas, ha sido (y todavía hoy es) foco de atención y atracción para las diferentes culturas y comunidades que, a lo largo de los siglos (ya desde época prehistórica), decidieron establecerse en esta privilegiada porción de la actual costa granadina.


Mapa del delta del Guadalfeo (año de 1722).

Una vez superado (o eso esperamos) el devastador periodo en el que la implantación de los cultivos tropicales y el desarrollo del turismo de masas (el tan nostrado turismo de Sol y Playa) en la región propició la destrucción y desaparición de no pocos yacimientos de la zona, es el momento de que, tanto la población como las propias autoridades competentes, se sensibilicen y tomen conciencia de su propio Patrimonio, o de lo que queda de él. Es hora de que se haga entender que esos muros derruidos, esos edificios destartalados, esos "pipotes y botijos" que se diseminan por diversos puntos de esta geografía, esas plantas y fauna, ese paisaje y biodiversidad, constituyen (o deberían de constituir) y han contribuido a forjar nuestra identidad como personas y nuestra manera de ser, estar, comprender y de relacionarnos con el mundo que nos rodea.

Estamos ante una región que ha tenido un destacado papel y relevancia en los diferentes periodos históricos, siendo escenario de hechos, procesos y acontecimientos de peso; además de cuna y asilo de comunidades y personajes de renombre en diversos ámbitos, como la cultura, la política o la religión.
Históricamente, esta zona, correspondiente al último tramo del curso del Guadalfeo, se ha articulado de manera bastante compacta y homogénea, aunque siempre dentro de la órbita de preponderancia de Almuñécar. Se articula en torno al propio río, el mar, las diversas sierras que la circundan y la vega que, a lo largo del tiempo, se ha ido formando con las deposiciones aluviales. A ello, añadir aquellas zonas que, en cierto modo, se le adscribían (Las Guájaras y los Llanos de Carchuna-Calahonda). En base a este criterio, pues, acotamos un territorio comprendido entre Vélez-Benaudalla y las Guájaras (por el norte), Salobreña (por el oeste) y Carchuna-Calahonda (por el este), englobando en su interior las localidades de Molvízar, Lobres y Motril.




Mediante esta plataforma, bien que de manera modesta, aunque constante y pertinaz, intentaremos poner de relieve y dar a conocer el rico patrimonio de esta región. Pero no sólo aquél patrimonio de carácter histórico, natural y monumental. También el panorama cultural actual: un panorama artístico-literario formado tanto por autores y artistas locales como foráneos, en el campo de la literatura, la fotografía, la pintura, la música, las artes escénicas, la educación, la divulgación, etc., tan plausible a través de los múltiples festivales, actos y jornadas veraniegas que las diferentes localidades organizan y promueven.

Para ello, pues, presentamos esta plataforma en la que tendrán cabida todas las aportaciones en este sentido, intentando configurar un repertorio de "colaboradores", por así decirlo, con inquietudes y formación diversa (arqueólogos, geólogos, biólogos, educadores, fotógrafos, literatos, músicos, periodistas...), los cuales ofrecerán y expondrán artículos, reseñas, valoraciones, eventos culturales, etc. Todo ello siempre de manera divulgativa y con el rigor exigible a la hora de presentar informaciones y conocimientos veraces y respetuosos, que pongan de relieve todos aquellos aspectos y elementos citados anteriormente y que conforman el Patrimonio Histórico y Cultural de esta región del bajo Guadalfeo, como signos identitarios que son, susceptibles, además, de generar riqueza y desarrollo local (cultural y, ¿por qué no?, económico y social), siempre que sean bien llevados y gestionados. Y para ello, como se ha dicho anteriormente, es necesaria la concienciación e implicación tanto de la sociedad como de las autoridades correspondientes (Ayuntamientos, Diputación, Delegación). ¿Utopía?........¡¡¡Habrá que intentarlo!!!

Vista aérea del delta del Guadalfeo (década de 1960).