domingo, 28 de diciembre de 2014

“En lo alto de la torre ha de haver constante un centinela, de dia y de noche”. EL SISTEMA DEFENSIVO DE LA COSTA TROPICAL GRANADINA EN ÉPOCA MEDIEVAL Y MODERNA. UNA VISIÓN GLOBAL.

El trabajo que seguidamente se expone corresponde a la conferencia realizada por el arqueólogo e historiador José María García-Consuegra Flores en el Museo de Historia de Motril (MHIMO), el día 14 de febrero del pasado 2013. Dicha conferencia formaba parte del programa “El Museo pieza a pieza”, el cual venía desarrollándose periódicamente en el Museo de Historia de la ciudad, con el objeto de dar a conocer de manera detallada el rico patrimonio que contiene este emblemático edificio, así como analizar su colección permanente. 

En esta ocasión, la cita se centró en el denominado “Eje 4. La defensa de la Costa. La amenaza de enemigos, piratas y corsarios entre los siglos XV y XVIII”, exponiendo un somero análisis histórico de este período y la colección alusiva al mismo, cuya pieza estrella, el Reglamento de Carlos III, pertenece al fondo documental de la institución.
Finalmente, se exponen diversas referencias bibliográficas y enlaces de interés para quien quiera profundizar algo más.



Introducción.

Desde los primeros años tras la conquista de Granada por parte de los Reyes Católicos, se hace necesario un sistema de defensa del litoral ante la constante amenaza procedente del norte de África a la que esta región quedó expuesta. Especialmente a medida que la presión fiscal y social sobre la población musulmana, ahora morisca, se hacía más fuerte. Ello provocó que estos moriscos optaran cada vez más por abandonar sus tierras de origen y pasar al norte de África. Éstos representaban un importante aliado para la piratería berberisca, en tanto que grandes conocedores del territorio, motivo por el cual se sirvieron de ellos para los continuos ataques y razias que realizaban sobre estas costas granadinas. Se trata de rápidos desembarcos en las diversas calas que jalonan la costa, a las que llegaban de noche y que les ofrecía un refugio momentáneo, antes de volver rápidamente a sus bases norteafricanas tras asaltar poblaciones y tierras y hacerse con un buen botín. Un claro ejemplo lo representa el asalto y expolio que sufrió Motril en 1507.

Esta necesidad de proteger su costa por parte de los diferentes reyes de la Monarquía hispánica, se irá incrementando a lo largo de los siglos XVI y XVII, en el marco de la Guerra de las Alpujarras y del enfrentamiento con el poderoso Imperio Turco, llegando a su máximo apogeo y perfeccionamiento a finales del siglo XVIII, cuando el litoral andaluz es escenario de los enfrentamientos navales con el pujante Imperio británico tras la Guerra de Sucesión (1701-1713).

Las innovaciones en el arte de la guerra y de sus mecanismos durante los siglos XIX y XX, convirtieron en obsoletas las estructuras defensivas que hasta la fecha caracterizaban el sistema defensivo del territorio costero, sufriendo desde entonces un creciente declive y abandono, muchas de ellas ya seriamente dañadas durante la Guerra de Independencia (1808-1814) por las tropas británicas y napoleónicas.

Torre del Zambullón (Calahonda).

La organización de la defensa de la costa granadina aparece estructurada como tal desde época islámica, más como organización de un territorio que como concepto de “defensa” y de control militar de la costa frente a posibles ataques. En el periodo andalusí este tipo de construcciones forman parte de un sistema de organización del territorio, el cual se articulaba esencialmente en torno a núcleos urbanos fortificados, en este caso Almuñécar (al-Munakkab) y Salobreña (Salawbinya).

Será con la conquista castellana cuando, por orden de los Reyes Católicos, se estructure militarmente la vigilancia y defensa de la costa como tal, organizada en base a Torres y Atalayas intercomunicadas entre sí desde el Campo de Gibraltar (Cádiz) hasta la costa de Vera (Almería). Este entramado defensivo no sólo respondía a la necesidad de prevención de ataques por parte de los berberiscos, sino también al establecimiento de una línea de vanguardia mediante la cual catapultar posibles campañas de conquista en el norte de África. Así, en 1497 los Reyes Católicos encargan la redacción de la “Instrucción para la guarda de la costa”, origen de la mencionada estructura defensiva costera de la Corona. Sobre este documento, a lo largo del siglo XVI (sobretodo con el reinado de Felipe II), se desarrolla una compleja legislación en la que se establece, tanto la organización, funcionamiento y oficios vinculados al sistema defensivo costero, como su financiación.

Durante su regencia, Carlos III dará otra vuelta de tuerca a la defensa de la costa con la publicación del “Reglamento que su Majestad manda observar a las diferentes clases destinadas al real servicio de la costa del Reyno de Granada” (1764). En él, entre otros aspectos, se organiza el territorio en Partidos, quedando desde entonces los distritos de Salobreña y Motril agrupados en el ahora Partido de Motril, localidad cabecera que controla un territorio que abarcaba desde las costas salobreñeras hasta la Torre del Cáutor (La Mamola). Además, este Reglamento dotará de artillería diversas guarniciones militares y articulará la defensa del litoral en base a cuatro elementos:
  • Baterías.
  • Torres para artillería.
  • Atalayas.
  • Casas-Fuerte.
Seguidamente se exponen las diferentes fases histórico-constructivas que han caracterizado y configurado el sistema de defensa de la costa, primero del sultanato nazarí y, posteriormente, del llamado Reino de Granada. En cada uno de ellos se realizará una breve contextualización político-militar del periodo concreto para poder entender qué causas y consecuencias provocan y derivan de los acontecimientos históricos en cuestión, los cuales se reflejarán en una serie de políticas edilicias y poliorcéticas mediante las cuales se consolidan, reorganizan y refortifican los elementos militares preexistentes. Finalmente se muestra en qué grado se plasmaron cada una de dichas políticas militares en el paisaje del ámbito geográfico que nos ocupa, el del bajo Guadalfeo y los Llanos de Carchuna.

Área de localización.

La Costa y su defensa en época nazarí (siglos XIII-XV).

El origen del sistema de defensa de la costa, cuyos vestigios podemos observar actualmente a lo largo de la costa, tiene su origen en el periodo nazarí (siglos XIII-XV). Fue aquel un sistema de defensa de la costa, gestionado y controlado directamente por el Sultán, que se articulaba a partir de las diversas fortalezas urbanas y castillos a los que se les vinculan una serie de torres-atalaya intercomunicadas visualmente entre sí. Buena parte, de ellas nos han llegado modificadas por los castellanos, los cuales las reestructuran y adaptan a sus nuevas necesidades artilleras con el objeto de someter y controlar el nuevo territorio conquistado.
En el ámbito geográfico que nos ocupa, el de la costa granadina, serán las alcazabas de Almuñécar y Salobreña, así como los castillos de Castell de Ferro y, posiblemente, el de la Rábita de Albuñol, los elementos principales de esta frontera marítima. Las diferentes torres-atalaya diseminadas a lo largo de la línea costera permitían una vigilancia y cierta protección tanto del territorio como de la población frente al enemigo, primero meriní y, posteriormente, castellano.
Son, pues, los nazaríes los que por primera vez, frente a la amenaza y acoso de los meriníes norteafricanos, convierten la costa en una auténtica frontera marítima de su reino. Posteriormente, serán los castellanos los que, gracias al uso de artillería pesada, significarán el principal enemigo granadino, lo cual, por otro lado, propiciará el desarrollo de una política de refortificación por orden del sultán Muhammad V.

Sobre las fortalezas de Almuñécar, Salobreña y Castell de Ferro recaerá el peso de la defensa de la costa, apoyándose en una serie de torres-atalaya las cuales realizaban una doble función. De un lado, alertaban y prevenían del posible peligro marítimo y, del otro, permitían la defensa de las diversas calas y ofrecían refugio a las pesquerías, como en el caso de La Rijana.
Estas torres-atalaya presentaban una fisonomía y técnica constructiva propias. Se trata de torres de cuerpo macizo, moderadamente esbelto y desarrollo cilíndrico, realizadas con mampostería de mediano tamaño dispuesta en hiladas, encintadas por una línea de ripios, todo ello trabado y enlucido con mortero de cal. Contaban con una pequeña estancia, a la que se accedía mediante un acceso elevado, y una azotea o terraza. No estaban ideadas para albergar artillería ni pertrechos de guerra de ningún tipo. Uno de los ejemplos más claros es la Torre del Cambrón, localizada dentro del perímetro del Hotel Salobreña.

Vista general de la Torre del Cambrón (Hotel Salobreña) en la actualidad.

 Detalle de su técnica constructiva.

Con lo expuesto, el panorama militar del bajo Guadalfeo quedaba organizado a partir de la alcazaba de Salobreña, a la que se le vinculaban, a poniente, la citada Torre del Cambrón y la llamada por los castellanos como Estançia de los Henares, hoy desaparecida. A levante se erigía la Torre de Trafal Ramal, igualmente desaparecida, situada en la misma desembocadura del río Guadalfeo; y la del Chucho, también desaparecida y que se localizaría en el actual emplazamiento del Faro Sacratif.


Como se ha referido más arriba, los castellanos aprovecharán buena parte de las estructuras nazaríes, transformando, e incluso reedificando, especialmente las fortalezas de Salobreña y Almuñécar para adecuarlas a las necesidades de su artillería; así como levantando algunas torres en determinados puntos para un mejor control y sometimiento de los nuevos territorios conseguidos.


Redefinición del sistema defensivo de la costa del Reino de Granada en época moderna (siglos XV-XVII). De la iniciativa de los Reyes Católicos a la consolidación de Felipe II.

Con la toma de la ciudad de Granada en 1492, la costa del Reino de Granada (el cual englobaba las actuales provincias de Málaga, Granada y Almería), bajo control castellano desde 1489, pasa a estar dentro de la jurisdicción de la Capitanía General, la cual fue regentada por los miembros de la familia López de Mendoza, como privilegio real en recompensa por los servicios prestados a la Corona en la Guerra de Granada.
La difícil y agitada convivencia entre los contingentes militares encargados de velar por la seguridad y protección de los nuevos territorios adquiridos y la población musulmana, víctima de constantes abusos fiscales y sociales, junto al continuo temor a la llegada de milicias norteafricanas en un intento por recuperar los territorios perdidos, hizo que en 1497 los Reyes Católicos mandaran redactar la llamada “Instrucción para la Guarda de la costa”, un documento mediante el cual se establecían las bases para una mejor defensa y control de la costa, aprovechando la estructura defensiva nazarí preexistente.

Se trata de un periodo de descontento y radicalización general por parte de los ahora moriscos, los cuales eran víctimas de auténticos abusos por parte de las autoridades castellanas. Con el asentamiento de milicias en la fortaleza de Salobreña, toda su población se ve obligada a abandonar la ciudad, instalándose en las diversas alquerías que conformaban el territorio salobreñero. Por otro lado, la pujanza de Motril en la región como centro económico y comercial, favorecerá el afincamiento de cristianos viejos los cuales, haciendo valer sus privilegios de cristianos viejos sobre la población musulmana, encenderá todavía más los ánimos de indignación y rebelión. Ante tal situación, muchos moriscos optarán por pasar al norte de África entre 1500 y 1507, abandonando todos sus bienes y tierras. Serán alquerías al completo las que se embarcarán con nocturnidad y clandestinidad, incluso sumándose a los ataques piratas de los berberiscos norteafricanos, a los que se añadían tras sus razias.

Estos emigrados forzados, a modo de represalia, llegaron a servir de guía en los múltiples asaltos en tanto que grandes conocedores del terreno. Un claro ejemplo es el asalto que sufrió Motril en 1507, cuando un grupo de berberiscos y andalusíes, encabezados por el antiguo alguacil motrileño Fernando Mogrid o Mugihid, desembarcó en las costas de Calahonda de madrugada y se dirigió a Motril, arrasándola, saqueándola y masacrando a los cristianos viejos que no pudieron resguardarse en la fortificada iglesia de la Encarnación. Tras el ataque regresaron al amanecer a sus navíos acompañados de más motrileños hartos de soportar el acoso cristiano y de un cuantioso botín.

Todo este ambiente prebélico fue el que propició, a petición expresa de la propia población motrileña, la fortificación de la iglesia mayor de la Encarnación (1510-1514), convirtiéndose en una auténtica iglesia-fortaleza en la que refugiarse en caso de ataque. De igual modo sucedió con el amurallamiento de la villa a partir de 1528, de tal manera que quedasen a resguardo los principales edificios: la iglesia mayor, la plaza pública, el ayuntamiento, la cárcel, el hospital, el pósito, las alhóndigas y alrededor de 200 casas, excluyendo extramuros a la población morisca.

En el momento de la redacción de esta Instrucción, la mayor parte de las fortificaciones se concentraban en la mitad occidental del Reino (Estepona, Marbella, Fuengirola, Málaga, Almuñécar o Salobreña); en la mitad de levante tan sólo Adra, la bahía de Almería y los llanos situados entre las sierras de Cabrera y de Almagrera (en el Bajo Almanzora) contaban con una fortaleza. El complejo defensivo se completaba con una serie de torres y Estançias que jalonaban la línea de costa, buena parte de las cuales se encontraban en bastante mal estado.

Entre otras disposiciones, se ordena a los alcaides de las villas y fortalezas a residir en ellas para una mejor efectividad y desarrollo de sus funciones, así como la prohibición de presencia de población islámica “a una legua a la redonda, so ciertas penas” alrededor de las fortalezas y villas, si bien se permitían algunas excepciones, en cuyo caso debían correr con el gasto de mantenimiento de las “estançias”. Este documento se irá completando a lo largo del siglo XVI mediante diversas Provisiones Reales de tal modo que se desarrollará una compleja legislación que sentará las bases de la articulación, funcionamiento y financiación de los diversos elementos y guarniciones militares de este nuevo sistema defensivo costero.

Las actuaciones principales se centrarán en la consolidación de diversas torres de origen nazarí y, especialmente, en el acondicionamiento y reforzamiento de las fortalezas y castillos, de modo y manera que se adaptasen a las necesidades artilleras de los contingentes castellanos que las ocupan. Así se observa claramente en los castillos de Salobreña y Almuñécar los cuales son reforzados y reestructurados con el objeto de albergar artillería.

Y es que es un periodo en el que la precariedad económica de las arcas de la Corona, a la que se le abren frentes internos (conflicto de los Comuneros en Castilla, Guerra de Nápoles, etc.), se hace patente a corto plazo, reflejándose en la precaria situación de los edificios, escasez de artilleros y mal estado de la munición y de los enseres bélicos. A ello añadir las consecuencias de diversos terremotos que acabaron por arruinar diversas torres y fortificaciones sin que pudieran rehacerse.
Según se desprende de la documentación de la época, cabría distinguir entre tres tipos de estructuras, mención aparte del núcleo amurallado motrileño:
  • Las Fortificaciones o castillos, que se corresponden con las alcazabas de las ciudades nazaríes cabeza de partido, o con fortalezas situadas en puntos estratégicos. En nuestro caso Almuñécar, Salobreña y Castell de Ferro.
  • Las Torres, las cuales se situaban en puntos estratégicos y se encargaban de la vigilancia costera y del territorio más inmediato (torres del Cambrón, de Trafal Ramal y del Chucho o de Trafalcaçis).
  • Las Estancias se situaban a una mayor altura cosa que les confería una mayor visión y control del territorio (Estancia de los Henares).



El nuevo impulso de Felipe II y la crisis del siglo XVII.

Durante el reinado de Felipe II es cuando se produce una reestructuración y mejora del sistema defensivo de las costas españolas, siendo las mediterráneas, y concretamente las del Reino de Granada, las que representaron el mayor foco de atención. Ello es debido, de un lado al creciente poder del Imperio otomano sobre las costas magrebíes, el cual contó con la inestimable ayuda de los corsarios berberiscos que, desde sus bases de Túnez, Trípoli, Argel o Salé hostigaban continuamente las costas españolas. Del otro, la rebelión morisca que desencadenó la Guerra de las Alpujarras (1568-1570) abría una importante brecha dentro mismo de la Corona, poniendo en serio peligro el control del Reino de Granada, el cual era hostigado desde el exterior por los sempiternos piratas berberiscos, y desde el interior por los monfíes, los cuales esperaban y anhelaban el apoyo militar otomano.
Todo ello lleva a Felipe II a redefinir y consolidar el sistema defensivo existente, así como del tipo de construcciones defensivas de cara a un mayor control, defensa y protección del territorio, cuya financiación, por otro lado, corría a cargo de las arcas reales, llegándose incluso a establecer ciertos impuestos a los municipios. En muchos casos de se adjudicaron mediante subasta las obras a realizar.

Es entonces cuando se eriza el litoral de torres-atalaya (ya sea refortificando las preexistentes, como construyendo de nueva planta) dispuestas a una distancia tal que las diversas torres quedaran comunicadas de manera visual entre ellas. Se establece de manera detallada un prototipo de torre que se implantará en todo el territorio hispano, con variaciones según la zona en la que se implante. Para el caso del Reino de Granada, las características y propiedades del modelo unitario quedarán explicitadas en el documento emitido con fecha de 1574:

“Primeramente a cada una de las dichas torres se les a de abrir fundamento firme...
[…] Las torres an de ser redondas y an de tener de altura desde la superficie de la tierra hasta lo alto del parapeto cuarenta pies repartidos en esta manera: que desde la superficie de la tierra hasta la puerta de la bóveda, que a de ser maçiço tenga veintiquatro pies de altura y desdeste suelo hasta lo alto de la bóveda a de tener diez pies y el arco de la bóveda a de tener de grueso dos pies y de parapeto a de tener quatro, que hazen por todos los dichos cuarenta y seis pies.
Ase de hazer cada torre como dicho es redonda y a de tener veynte y seis pies de diámetro…
[…] Ase de hazer en cada torre una escalera de dos pies en ancho y medio del grueso de la pared […] que suba desde el suelo baxo del aposento hasta el terrado alto de la torre.
Y a la parte contraria se a de hazer un hogar y chimenea también en el grueso de la pared y sobre la mar en el dicho aposento una ventana pequeña de tres cuartas de ancho y esto enfrente de la puerta de la escala.
[…] Ase de hazer en el terrado sobre la mar una garita en que pueda estar un hombre en pie con tres ventanas, una al Levante y otra al Poniente y otra sobre la mar cubierta de madera y su suelo de cal y arena.
[…] Las puertas an de ser de grueso de quatro dedos de tabla y aforradas en cuero de vaca y bien clavadas y an de tener por dentro tranca pasadiza de una parte a otra.
A de ser la obra toda de mampostería […] y las mezclas todas de cal y arena […] y an de quedar rebocadas de alto abajo […] las mezclas an de hazerse todas con agua dulçe.”

Este entramado de torres tenía una doble funcionalidad. De un lado ejercían de torres vigía o atalaya, encargadas de otear la costa y avistar posibles ataques por mar. Del otro, realizaban tareas de almenara, ya que tras la localización de embarcaciones sospechosas (y especialmente en casos de asalto) se daba aviso a través de rebatos a las torres y fortificaciones vecinas. De este modo se intercomunica y articula el territorio de una forma más ágil y eficiente. Además a ellas se vinculaban un conjunto de guarniciones acuarteladas localizadas a cierta distancia, para que pudieran acudir al socorro de los rebatos. Es en este periodo que se levantan las torres del Varadero (en el actual puerto de Motril), de Carchuna y la del Zambullón (en Calahonda), las cuales venían a completar y mejorar la red de control y defensa existente.

Torre del Llano de Carchuna.

Torre del Zambullón (Calahonda).

La crisis general sufrida por la Monarquía a lo largo del siglo XVII, repercutió de manera directa en el mantenimiento de la infraestructura defensiva costera, la cual fue degradándose a causa de los múltiples ataques corsarios norteafricanos y de la armada turca, y por la escasa inversión en reparaciones. A ello añadir las consecuencias catastróficas de diversos terremotos.
La incapacidad de la Corona a la hora del mantenimiento y puesta al día de las guarniciones afectadas dio lugar a un proceso de “privatización” de muchas de las fortificaciones y torres, las cuales eran donadas a manos privadas a cambio de que éstos las restauraran. Tal fue el grado de precariedad, de reajustes y de recortes económicos, que en 1651 se barajó la posibilidad de prescindir del cargo de Capitán General de la costa del Reino de Granada con tal de ahorrarse su sueldo.



El siglo XVIII y el reinado de Carlos III.

El siglo dieciocho se inicia por un hecho bélico que marcará de manera clara su devenir. Se trata de la Guerra de Sucesión (1701-1713), originada por la muerte sin descendencia de Carlos II en España. Se deriva entonces una guerra civil entre partidarios de un sucesor de la Casa de los Habsburgo y los favorables a un Borbón que acaba teniendo un alcance internacional entre ingleses (austracistas) y franceses (borbónicos), siendo el litoral mediterráneo uno de los principales campos de batalla. Finalmente el conflicto acaba con la firma del Tratado de Utrech (1713), por el que se acuerda la instauración del B
borbón Felipe V a cambio de entregar Gibraltar y Menorca a los ingleses. El conflicto, en cambio, se dará por concluido con las capitulaciones de Barcelona (1714) y Mallorca (1715).

Como se ha dicho, este conflicto dinástico, de alcance europeo, marcará la política militar a desarrollar desde entonces en tanto que los ingleses, desde sus bases mediterráneas de Gibraltar y Menorca, suponían un constante acoso a la cada vez más decadente hegemonía hispánica en el Mediterráneo occidental. En este sentido, un primer hito lo representa la redacción en 1711 del Plan General de Ingenieros de los Ejércitos y Plazas, mediante el cual se crea un cuerpo específico de ingenieros militares en España al servicio de la Corona, cuya función a partir de entonces consistía en volver a recuperar y actualizar las fortificaciones y elementos defensivos gravemente dañados por la flota inglesa ya que, como atestigua uno del os primeros afamados ingenieros, Felipe Crame:

“durante la guerra con los ingleses no sólo se llevaron las embarcaciones y navíos de debajo de los Castillos, sino que también arruinaron algunos de ellos”.

Ante esta situación hubo un primer intento de reforma del sistema defensivo para la costa del Reino de Granada en 1740, a través del cual se pretendía la instauración de “un nuevo pie de Tropa de Infantería de acostamiento del Reino de Granada, formando de ella un Regimiento […] en todo el número de setecientos y siete hombres, inclusos los oficiales, repartidos en la forma que expresa la siguiente relación de los Puestos, Castillos y Torres que conviene guarnecer; expresándose los Fuertes y Torres que se han de construir de nuevo y los parajes que se ha de colocar Artillería para el mayor resguardo y defensa de la Marina; qué sueldos y Prest han de gozar los Oficiales y Soldados”.

Estamos ante el embrión del Reglamento que promulgará Carlos III el cual, con su llegada al trono (1759), reactivó los programas defensivos de las costas españolas ante el constante agravio inglés y tras constatar el precario estado y la dejadez de los mecanismos de defensa. Un claro ejemplo es el testimonio del ingeniero Jaime Conca, quien todavía en octubre de 1767 refiere indignado:

“Ver con mis ojos un grandísimo abandono de las guardias de la costa, encontrando muchas torres abandonadas enteramente de los torreros, la escala-cuerda puesta y en algunos puestos un burujón de trapo con su montera haciendo parecer que estaba en ella el centinela…”


El Reglamento de Carlos III (1764).

Tras un amplio y minucioso informe preliminar redactado por el Mariscal de Campo Antonio María Buccarelli, en el que se analiza y constata el estado en el que se encontraban las fortificaciones y el despliegue de las tropas a disposición de la Corona, y en el que redacta las reordenaciones y actuaciones pertinentes a seguir, se promulga a 18 de agosto de 1764 el Reglamento que Su Majestad manda observar en las diferentes clases destinadas a el Real Servicio de la Costa del Reino de Granada. En él se traza un completo plan de reordenación, fortificación y despliegue de guarniciones que consigue, junto a los tratados de paz y comercio firmados con las autoridades magrebíes, acabar definitivamente con la piratería berberisca.
Divide la costa en un total de diez Mandos, o Partidos, y establece un dispositivo defensivo organizado en base a 113 fortificaciones, entre las que se proyectaron nuevas construcciones dotadas de artillería. Detalla y especifica con todo lujo de detalle la tipología y características que debían de tener todas y cada una de las construcciones militares; el número y cargo de oficiales y soldados destinados a cada uno de ellos; sus funciones, derechos y obligaciones, así como su remuneración y el proceder ante las diferentes situaciones de peligro y/o ataque, no dejando ningún aspecto al azar ni a la improvisación.
Con ello, en menos de una década se consiguió articular y consolidar un sistema de vigilancia que constituyó una barrera artillera a lo largo de todo el litoral andaluz lo suficientemente sólida como para impedir y disuadir cualquier tipo de hostilidad marítima. Todo ello quedó bajo la estricta vigilancia de los ingenieros destinados, los cuales emitían anualmente minuciosos informes sobre el estado y necesidades de las fortificaciones, torres, personal,  munición y pertrechos.

El encargado de llevar a cabo y de hacer cumplir dicho Reglamento, el ingeniero José Crame, nombrado Ingeniero Director de la Costa del Reino de Granada, proyectó y organizó cuatro nuevas tipologías constructivas artilladas  en las que se incorporaban los nuevos avances en ingeniería militar, ampliamente desarrollada ya por diferentes potencias europeas:
  • Las Baterías para cuatro cañones. Se trata de una Batería artillera realizada sobre un terraplén destinada a acoger un total de cuatro cañones de calibre grueso, orientados hacia la fachada marítima. El conjunto del edificio se articula en torno a un patio rectangular al que se accede a través de una barbacana aspillerada que defendía el acceso y el foso, con su pertinente puente levadizo. Alrededor del citado patio se distribuyen los cuarteles para caballería (con caballerizas y pajar), para infantería y para la artillería (con sus almacenes para la pólvora y los pertrechos). Contaban además con capilla e incluso sacristía.
  • Las Torres para dos cañones. De mayor entidad que las torres habituales, adapta su estructura para albergar dos piezas de artillería. Nos encontramos ante un híbrido de torre y batería cuya terraza adopta la fisonomía de pequeña batería, con una azotea de planta semicircular de 12 a 14 varas de diámetro (1 vara equivale a 0,80 m) en la que se ubica la artillería encarada a mar, mientras que hacia el lado de tierra se dispone un parapeto aspillerado, encargado de defender la puerta de acceso. El resto del conjunto lo constituyen dos plantas abovedadas, destinando la inferior a almacenamiento de víveres, munición y pertrechos, y la superior a alojamiento de los artilleros. A todo ello se accedía mediante un acceso elevado con escalera de cuerda el cual podía ser defendido en caso de asedio a través del parapeto aspillerado que se levantaba sobre la puerta en la azotea, y de los semibaluartes cubiertos por torrecillas, igualmente aspilladas, que se localizan a banda y banda de la misma.
  • Las Atalayas. Combinando sus funciones de torre vigía y almenara, son el elemento esencial que permitía detectar y dar aviso del peligro a las fortificaciones y territorios colindantes, pudiendo dar a conocer un posible ataque a zonas distantes con cierta rapidez. Son estructuras de cuerpo cilíndrico y desarrollo troncocónico, realizadas en mampostería. Asientan sobre un potente cimiento o tambor cuya base maciza alberga en la parte superior una o dos estancias abovedadas que comunican con la azotea mediante escaleras embutidas en la pared. El acceso, como en casos anteriores, se realizaba a través de una puerta elevada a la que se subía mediante escala de cuerda. En el interior de la estancia se localizaba un hogar o chimenea, con la que realizar los avisos de rebato y seguridad; una ventana aspillada abierta hacia el mar; y la escalera que comunicaba con la azotea, la cual contaba con un parapeto en el que se abren pequeñas aspilleras encaradas a mar, a levante y a poniente. Además, en la vertical de la puerta de acceso se situaba un matacán con el que defender el acceso en caso de ataque.
  • Las Casas-Fuerte para caballería. Son cuarteles destinados a acoger la caballería que había de patrullar los diversos tramos del litoral y estaban constituidos por dos naves con pórtico exterior en las que se localizan los alojamientos para la tropa y los oficiales, las cocinas, las caballerizas, etc. Todo el conjunto quedaba defendido por diversas garitas aspilladas situadas en las esquinas.

Localización de la batería para cuatro cañones del Llano de Carchuna, hoy rodeada de invernaderos.

Vista frontal de la batería del Llano de Carchuna.

Torre para dos cañones de Castillo de Baños.

Torre vigía de Torrenueva.

Para el caso que nos ocupa, los distritos de Salobreña y Motril quedaron desde entonces agrupados en el ahora Partido de Motril, localidad cabecera que controlaba un territorio que abarcaba desde las costas salobreñeras hasta la Torre del Cáutor. En él se cuentan un total de 8 Atalayas (Torre Nueva, del Chucho, de Carchuna, la del Zambullón en Calahonda, de la Estancia, de Cambriles, Estancia de Baños y del Cáutor), 4 Baterías (la del castillo de Salobreña, la del Varadero, Carchuna y la de Castell de Ferro) y 1 Torre para dos cañones (Castillo de Baños).

Con todo, el elemento básico de todo este entramado de alerta y preaviso corría a cargo de las torres Atalaya, cuya función primordial, como ha quedado dicho, era la de otear y vigilar para prevenir de ataques e incursiones y avisar mediante señales, tanto a la población como a las atalayas y fortificaciones vecinas. Estos avisos estaban igualmente explicitados en el Reglamento, siendo de dos tipos:
  • Los de REBATO anunciaban la proximidad de embarcaciones sospechosas a tierra o a barcas de pescadores y mercancías. Estas señales (hogueras de noche y ahumadas de día) debían de ser bien visibles tanto desde las poblaciones próximas a la costa como desde el resto de torres de su Partido y se realizaban mediante manojos de paja o esparto con resina, el conocido como “hacho”. Éstos “se harán de dia en las ocasiones en que se descubran embarcaciones sospechosas, que se acercan à la tierra, ò que persigue algunas barcas de pescadores, ò a otras que hacen el comercio; y de noche quando vea se acerca à tomar tierra alguna embarcación. […]Todas las torres estaran obligadas à seguir las señales que vean en su inmediata, para que por este medio se corran entoda la extensión de mi costa los avisos”.
  • Los de SEGURIDAD son aquellos que anunciaban que se mantenía la costa sin percances visibles ni previsibles, lo cual “se hará por la mañana, luego que el torrero  pueda divisar la costa de su jurisdicción, y la segunda antes de salir el sol, quando yá descubra la marina á que alcance su vista. Por la noche se dará la señal de seguridad, después de poner el sol, y en todas estas encenderán el hacho manteniendo firme en su hachero todo el tiempo que es preciso, para que de tierra conozcan que han cumplido con lo prevenido y los navegantes que la costa está segura”.


Es en este sentido que se explica la importancia que juegan elementos como la chimenea y la azotea en estas torres atalaya, ya que en ellas se centra la mayor parte de la actividad de la torre. Cada una de estas torres debía de estar al mando de un Cabo, auxiliado por 2 o 3 Torreros según el caso, con un salario de tres Reales diarios para el primero y dos Reales y diecisiete Maravedís para los segundos.
Todos ellos tenían la obligación de residir en la torre o en las viviendas que levantaran en su entorno, pudiendo ausentarse únicamente uno de ellos no más de un día para su avituallamiento. Se trataba de gente sujeta al fuero militar, con un servicio de 20 años tras lo cuales pasaban a formar parte de la Compañía de Inválidos.



Las guerras napoleónicas y la desarticulación del sistema defensivo costero en el siglos XIX.

En el siglo XIX las costas españolas volvieron a ser protagonistas de otro conflicto bélico de ámbito continental. En este caso fueron las guerras napoleónicas de la llamada Guerra de Independencia (1808-1814), en las que se enfrentaron franceses e ingleses por la supremacía continental. En este sentido, ambos bandos se encargaron de inutilizar y desarticular el engranaje defensivo costero con el objeto de que su enemigo no se sirviera de él. Es así como todas las instalaciones militares del Reino de Granada fueron desartilladas, inutilizadas e incluso voladas.

Una vez finalizado el conflicto se restauraron tan sólo los más significativos al modo y manera del sistema desarrollado durante el reinado de Carlos III. A pesar de ello, el agravio fue tal que ya todo el engranaje resultó inoperante, además de obsoleto, como bien indicó en 1830 Mauricio de Berlanga en su relación sobre el estado y necesidades de los dispositivos y fortalezas. Fue entonces cuado buena parte de estos dispositivos fueron transferidos a los cuerpos policiales que se encargaban de combatir el contrabando, cuando no subastados a entes privados dando lugar a un proceso privatizador que aún hoy día es vigente.


Un museo al aire libre. Sensibilización con el Paisaje Histórico como Patrimonio a integrar para disfrutar y conocer nuestro pasado.

Como hemos podido observar, todas y cada una de las torres y fortalezas que se erigen a lo largo de la costa, así como cualquier monumento o resto arquitectónico, arqueológico y etnológico en general, son un claro reflejo del tipo de relaciones Hombre-Hombre y Hombre-Paisaje que han quedado plasmadas en el entorno en el que habitamos. Se define de este modo un tipo de interrelación propia y característica que variará según el momento histórico y el grupo socio-cultural que lo protagoniza. Tan sólo, y no es tarea fácil, hay que saber leer las huellas y evidencias que estas construcciones nos transmiten de una u otra forma.

Para ello, primeramente es esencial que la población se sensibilice, no sólo con las construcciones antiguas que todavía hoy día se mantienen en pie en nuestras ciudades, también con todo el patrimonio soterrado y subacuático que aún nos es desconocido. Se trata de los restos de NUESTRO PASADO y de NUESTROS ANTEPASADOS los cuales, debidamente tratados, conservados y protegidos, van a permitir conocernos mejor en nuestras relaciones interpersonales y con nuestro medio ambiente, siguiendo la máxima zen de “respeta y conoce, y no temerás”.
Y es que no se trata de montones de piedras o de castillos a medio caer, sino de un patrimonio que nos pertenece a todos y del que podemos aprender y disfrutar si es recuperado y tratado de manera adecuada, de hecho estamos obligados a protegerlo y a recuperarlo. Es en este sentido que cobran especial importancia las palabras de Dulce Chacón cuando refería que “un pueblo sin memoria es un pueblo enfermo”.
Por otro lado, y no menos importante, corresponde a las autoridades locales, provinciales, autonómicas y, como no, estatales, velar por la localización, documentación, recuperación y puesta en valor de todos aquellos elementos y construcciones que han formado y forman parte de nuestro pasado y nuestro paisaje, devolviéndoselo a la sociedad.

Estamos ante la posibilidad de dejar de vivir de espaldas a nuestro patrimonio y de crear un museo al aire libre en el que se eliminen las barreras que suponen las vitrinas y vallas que separan a unos de otros, de tal modo que se permita la interacción y convivencia del monumento con el individuo. Para ello, como se ha dicho, se exige de un lado una actitud de respeto hacia éstos por parte de la población. Del otro, una voluntad de recuperación e integración social de los edificios históricos y restos arqueológicos de caras a establecer un proyecto de progreso y futuro sostenibles.

En los últimos años se está empezando a consolidar esta nueva vía de potenciar una convivencia y comprensión del pasado por parte del presente gracias a las nuevas tendencias de interacción y divulgación integradas en museos como el arqueológico de Alicante, el de Almería o este de Historia de Motril. Son nuevos conceptos de museo en los que la pieza histórica se presenta dentro de su contexto funcional, cultural y social. Ya no son elementos dentro de una vitrina con un cartel que lo describe y ubica cronológicamente. El objeto es permitir un mayor acercamiento y proximidad del visitante mediante diversas tecnologías, con el objeto de que pueda concebir y comprender el ámbito social, cultural, económico y político al que pertenece.
Otras vías y esfuerzos por la divulgación y la puesta en valor del patrimonio en nuestra comarca lo han representado las diversas Jornadas sobre patrimonio organizadas por el Ayuntamiento de Salobreña en los años 80 y 90 del pasado siglo XX; el esfuerzo de la modesta Entidad Local de Torrenueva para la puesta en valor de su Torre Vigía, objeto de estudio arqueológico y estructural; o la creación del Centro de Formación de Energías Renovables en la batería artillera del siglo XVIII de Carchuna.
Es por ello que, a modo de conclusión, es de esperar que gracias a estos ciclos de conferencias impartidos por el Museo de Historia de Motril, logremos cambiar el prisma con el que se suele ver y concebir los restos y monumentos antiguos, dejando de considerarlos como meros montones de piedras por la ruina y el mal estado en el que se encuentran, fruto de la dejadez y desconsideración recibida, tanto por la población en general como por las autoridades competentes.


Referencias bibliográficas.

  • AYALA CARBONERO, J.J. (2002): “Vigilancia y control del territorio en Motril: evolución histórica”, en Qalat. Revista de Historia y Patrimonio de Motril y la Costa de Granada nº 3, pp. 69-109.
  • BARRIOS AGUILERA, M. (1994): “La nueva frontera. El reino de Granada ante el mundo islámico”, en Actas del Congreso “La frontera oriental nazarí como sujeto histórico (siglos XIII-XVI), Lorca-Vera, 22-24 de noviembre de 1994, pp. 583-610.
  • BLEDA PORTERO, J. et alii (1999): Inventario de arquitectura militar de la provincia de Granada. Siglos VIII al XVIII, Diputación de Granada.
  • BRAUDEL, F. (1987): El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, México D.F.
  • CÁMARA MUÑOZ, A. (1990): “Las torres del litoral en el reinado de Felipe II: una arquitectura para la defensa del territorio (I)”, en Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Historia del Arte t. 3, pp.55-86.
  • GAMIR SANDOVAL, A. (1988): Organización de la costa del Reino de Granada desde su reconquista hasta finales del siglo XVI, ARCHIVUM.
  • GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J.Mª. (2007): “El castillo de Salobreña (Granada) en época medieval”, en Revista electrónica Arqueología y Territorio nº 4, Universidad de Granada, pp. 203-216.
  • GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J.Mª (en prensa): “En lo alto de la torre ha de haver constante un centinela de dia, y de noche, á cuyo cargo estará dár las señales de seguridad ò rebato”. La Torre del Cambrón dentro del sistema defensivo de la costa granadina en época medieval y moderna. Una visión global”, en Sel Silvanos, Parroquia Nuestra Señora del Rosario, Salobreña.
  • GIL ALBARRACÍN, A. (2004): Documentos sobre la defensa de la costa del Reino de Granada (1497-1857), Almería-Barcelona.
  • HUETE GALARDO, J.A.; GÓMEZ JIMÉNEZ, J.J.; RÍOS JIMÉNES J.M.; PALANCO NOGUEROL, A. (2011): La fortaleza de Carchuna. De Batería artillera a Centro de Formación de Energías Renovables, Diputación de Granada.
  • JIMÉNEZ ESTRELLA, A. (2006): “Una frágil frontera de piedra: las tenencias de fortalezas y su papel en la defensa del Reino de Granada (siglo XVI)”, en Manuscrits 24, pp. 45-71.
  • MALPICA CUELLO, A.; GÓMEZ BECERRA, A. (1989): “La formación de un territorio fronterizo medieval: la costa granadina de la época musulmana a la conquista castellana”, en Fronteras. Arqueología Espacial nº 13, Teruel, pp.241-255.
  • MALPICA CUELLO, A. (1994): “La emigración al norte de África de los moriscos de la Costa del Corregimiento granadino y de la Taha de Salí y Suhayl, después de su reconversión”, en La Costa de Granada en época medieval. Doblamiento y Territorio, Ayuntamiento de Motril, pp. 221-240.
  • ORIHUELA UZAL, A.; ALMAGRO GORBEA, A. (2008): “Investigación y Proyecto de restauración del castillo de La Herradura (siglo XVIII). Almuñécar (Granada)”, en Congreso Internacional sobre Fortificaciones “Las fortificaciones y el mar”, Alcalá de Guadaíra, pp. 119-130.
  • POSADAS LÓPEZ, E. (2003): “Torres y castillos de defensa costera en el municipio de Motril”, en Qalat. Revista de Historia y Patrimonio de Motril y la Costa de Granada nº 4, pp. 167-197.
  • RODRÍGUEZ AGUILERA, A.; GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J.Mª. (2010): Memoria científica de la actividad arqueológica mediante sondeos arqueológicos y estudio de estratigrafía muraria en la Torre Vigía de Torrenueva, Motril (Granada), Depositada en la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada.


En laces de interés.
  • http://motrildigital.blogia.com/2013/021509--el-museo-pieza-a-pieza-despliega-las-estrategias-defensivas-contra-piratas-y-co.php
  • http://www.ideal.es/granada/20130215/local/motril/museo-pieza-pieza-despliega-201302151207.html
  • http://www.motril.org/historia/pdf/prensa/pdf/libros/libro-carchuna.pdf
  • http://issuu.com/pegaozillo/docs/la_fortaleza_de_carchuna/48
  • http://es.calameo.com/books/00239107160513ef4f8f6



















miércoles, 12 de noviembre de 2014

LAS PINTURAS PERDIDAS. BREVE RESEÑA Y PROBLEMÁTICA EN TORNO A LAS REPRESENTACIONES RUPESTRES ESQUEMÁTICAS DEL LLANO DE CARCHUNA (MOTRIL, GRANADA)

En esta nueva entrada al Blog, contamos con la participación de un nuevo colaborador. Se trata de nuestro compañero Carlos, el cual nos ofrece una publicación en la que nos informa y expone una discusión científica sobre el curioso hallazgo, por parte del arqueólogo y antropólogo francés H. Breuil, a principios del siglo XX, de diversas pinturas rupestres esquemáticas en el entorno del Llano de Carchuna, no localizadas desde entonces. Realiza, además, una breve descripción de las mismas, señalando su posible ubicación, una vez analizado el texto en el que se dieron a conocer.
El autor de este artículo, Carlos E. Sarompas Cazorla, actualmente trabaja como maestro en el CEIP Pío XII de Torrenueva (centro del cual es Director). Estudió Magisterio, formación que completó posteriormente con la Licenciatura de Geografía e Historia en la UNED. Siendo persona inquieta como es, actualmente está realizando un Máster Universitario en Métodos y Técnicas Avanzadas de Investigación Geográfica e Histórica, con especialidad en Prehistoria, a través de la UNED.
Centra sus investigaciones en el estudio de los periodos prehistóricos del Epipaleolítico/Mesolítico y del Neolítico, así como en la reconstrucción paleoambiental de la costa sur peninsular, durante la transición Plesitoceno-Holoceno. Dirige, además, un blog sobre temas prehistóricos y paleoambientales (http://arqueoprehistoria.wordpress.com/), el cual, evidentemente, os recomendamos que visitéis de manera asidua.
Es así como, viendo el grado de actividad que desarrolla Carlos, no nos queda más que agradecerle que haya querido participar en este Blog, que también es suyo, aportando parte de su creación científica, la cual esperamos que sirva para conocer un poco más y mejor nuestro Patrimonio histórico y natural, así como para concienciar y convencer a la población y (quizás más arduo si cabe) a las autoridades competentes, para que finalmente conciban el Patrimonio como Cultura y Riqueza para todos: lugareños, Municipios, Entidades y foráneos esporádicos y puntuales.
Lo dicho, ¡GRACIAS CARLOS!




Quien se haya acercado al estudio o a la divulgación de la Prehistoria de la costa granadina, conocerá que la única información sobre pinturas rupestres en la zona se debe a la referencia y descripción que hacen, primero Breuil y Burkitt (1929) y, posteriormente, sólo el primero de ellos (Breuil, 1935) respecto a dos figuras esquemáticas rupestres en un lugar concreto, pero desconocido actualmente, del Llano de Carchuna. A parte de estas figuras, sólo se conoce otra, también de tipo esquemático, realizada en un fragmento cerámico hallado en la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Carrasco y Pachón, 2010).

Fragmento cerámico con restos de una representación esquemática procedente de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Carrasco y Pachón, 2010).

Posteriormente, y pese a los denodados e intensos intentos por encontrarlas que realizó el Grupo de Actividades Espeleológicas de Motril (GAEM) en varias ocasiones desde 1980 (la última en fechas muy recientes), nadie ha vuelto a encontrar las representaciones que Breuil dio a conocer, aunque el dato se sigue mencionando en  diferentes catálogos, inventarios y bases de datos patrimoniales (Dir. Gral. Bienes Culturales, 1995; Archivo Gral. Consejería Cultura, 1989; López y Peña, 1998), o en el propio Planeamiento urbanístico (Ayto. Motril, 2003).

Crónica de un descubrimiento.

En el año 1913 Henri Breuil, prestigioso prehistoriador francés y uno de los primeros grandes especialistas en arte rupestre, inicia una serie de viajes por el sur de España, acompañado del arqueólogo y antropólogo británico M. C. Burkitt. Estos viajes, que se prolongan a lo largo de varios meses en los años 1914, 1916, 1918 y 1919, tienen como objetivo localizar y describir la mayor cantidad posible de lugares con representaciones de lo que denominan como Arte Español del Grupo III,  y que hoy se conoce de manera genérica como Arte Esquemático, esto es, el conjunto de representaciones de carácter esquemático (en las que se simplifican los elementos de un objeto para que puedan ser identificados por cualquier observador, o por los conocedores del código que las inspiró) realizados de acuerdo con una temática convencionalizada y estereotipada no naturalista, en la que las representaciones parecen reducirse a un patrón o a un símbolo, elaboradas sobre un soporte rupestre o mueble, y con una cronología que más o menos se circunscribe a los inicios de la metalurgia (Neolítico final y Calcolítico). 
En esta búsqueda, Breuil y Burkitt recorren especialmente el entorno del Campo de Gibraltar y las sierras gaditanas, aunque también se adentraron en varias comarcas malagueñas y granadinas. Las únicas de este tipo que descubrieron en la provincia de Granada son estas pinturas perdidas del Llano de Carchuna.

El viaje por el sur peninsular de Breuil y Burkitt, y los descubrimientos que realizan, quedan plasmados en el libro Rock painting of Southern Andalusia: a description of a Neolithic and Copper Age art group, cuyo capítulo X se lo dedican a las provincias de Málaga y Granada.

Portada original del libro Rock painting of Southern Andalusia: a description of a Neolithic and Copper Age art group (http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es).

En la página 82 del libro, los autores describen el hallazgo de algunas representaciones esquemáticas en el Llano de Carchuna de la siguiente manera:
 "El lugar más cercano a la Cueva de los Porqueros (zona de Fuente de Piedra-Mollina, Málaga) en el litoral entre Málaga y Almería lo encuentra Breuil cuando se desplazaba a caballo por la costa  entre Albuñol y Motril. El 18 de febrero de 1918 llaman la atención de Breuil algunas pinturas recientes realizadas en cal en las proximidades de Calahonda. Concretamente en el borde occidental (sic) del Llano de Carchuna. Pensó que quien realizó estos dibujos modernos podría haberse inspirado en otros más antiguos. Así que dejó el camino, se acercó a los acantilados y localizó dos figuras juntas en rojo brillante pero descolorido, que resistieron la prueba del lavado con los que demostraron ser realmente prehistóricas. Ambas se asemejan a figuras humanas esquemáticas, una de ellas, una simple cruz y del otro un arzobispo o doble cruz. Debido al imprevisto de este descubrimiento fortuito, Breuil las dibujó a mano alzada en su cuaderno de notas; la primera figura mide unos 50 cm de altura y la segunda 55 cm".

Fragmento donde se describen las representaciones esquemáticas del Llano de Carchuna (http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es).

Interpretación y aclaraciones sobre la descripción de la localización.

El lugar exacto donde se localizarían las figuras puede intentar deducirse a partir del texto de Breuil, aunque su excesiva concisión y el hecho de que proporcione información contradictoria dificultan de manera importante esta tarea. En primer lugar, Breuil habla del borde occidental del Llano de Carchuna para referirse al lugar donde se encuentran las pinturas recientes realizadas en cal y, además, indica que están en las proximidades de Calahonda. Y aquí está, pues, la confusión ya que Calahonda se encuentra en la zona oriental del Llano y no en la occidental. En este sentido, si él procedía de Albuñol, lo lógico es que, una vez sorteada la zona de acantilados que hay entre Castell de Ferro y Calahonda, llegara a  la localidad caleña antes de adentrarse en el Llano de Carchuna y, siguiendo la secuencia del viaje que describe, sería allí donde localizaría estas pinturas recientes, que cree que podrían haber estado inspiradas en otras prehistóricas y que, continuando hacia el oeste, poco después de dejar Calahonda, abandonase el camino y localizase las representaciones esquemáticas. 
Y en segundo lugar, es precisamente en este punto donde puede hallarse otra de las posibles confusiones, ya que dice abandonar el camino para acercarse a los acantilados donde encuentra las representaciones.  

Respecto a la primera problemática planteada, es posible que Breuil simplemente pudiera haberse confundido. En este sentido, García Sánchez y Pellicer (1959) indican que "En febrero de 1918, H. Breuil descubre otro grupo de pinturas en la parte este del Llano de Carchuna, en término de Calahonda", corrigiendo de este modo el error del texto original.
En cuanto al segundo aspecto confuso del texto, es muy probable que el término “acantilado” se utilice en sentido amplio para referirse a un cortado rocoso, y no a un acantilado marino, que es en el sentido en el que normalmente usamos esta palabra.

El tema representado. Descripción de las figuras.

Los dibujos encontrados son, pues, dos figuras de unos 50 cm de altura realizadas con algún tipo de pigmento rojo sobre la pared de una covacha, o abrigo, en las cercanías de Calahonda.

Lámina XXXIII con pinturas esquemáticas descritas en varios yacimientos andaluces.

El primero de ellos, de unos 50 cm, presenta forma de cruz latina con engrosamiento en la parte terminal de cada brazo, siendo el inferior algo más evidente, y los tres superiores menos realzados, pero con presencia de entrantes y salientes en su borde a modo de digitaciones (tres en el caso de los brazos laterales y cuatro en el superior). Completa la figura dos líneas curvas que, sin llegar a tocarlos, unen a modo de arco los brazos laterales con la zona mediana del brazo inferior.

El segundo, algo mayor, de unos 55 cm, es más complejo, y presenta forma de doble cruz latina con el brazo inferior terminado en una especie de gancho que se inicia en un abultamiento en el tercio inferior de dicho brazo. Por su parte, el extremo superior finaliza en un adelgazamiento de borde redondeado. Los brazos laterales presentan diferencias en sus terminaciones. Mientras que los de la derecha tienen los bordes digitados (más el inferior, con aspecto ramiforme), los de la izquierda están unidos por una tenue línea curva y del superior salen dos protuberancias alargadas, algo curvas, que parecen buscar al brazo vertical, y unas finas líneas en forma de ramitas verticales que tienden a separase.

Detalle de las figuras halladas en el Llano de Carchuna (obsérvese cómo la escala del dibujo no coincide con el tamaño de las representaciones, tal y como se describen en el texto).

Para Breuil y Burkitt, este tipo de figuras son representaciones convencionales del ser humano en las que, por omisión de las piernas, la forma degenera en una cruz (Breuil y Burkitt, 1929:6). El nombre de arzobispo que se le da en el texto a la figura más grande, se debe a que las cruces arzobispales presentan dos brazos transversales. 
Actualmente dos son las listas tipológicas más utilizadas para su clasificación (Sanchidrián, 2001). En la primera de ellas (Acosta 1968 y 1983), la primera de las representaciones se clasificaría como un antropomorfo cruciforme, en su variante de cruz latina, donde el trazo vertical representaría el eje Cabeza-Torso y el horizontal, los brazos extendidos. La segunda no entraría, en principio, en ninguno de los tipos definidos por este autor, aunque creo que podría considerarse como una variante con doble trazo horizontal del anterior. 
Según la clasificación de Bécares (1983), la primera sería, al igual que en Acosta, un antropomorfo de tipo cruciforme (Af 4.2 es el código que la da Bécares), mientras que la segunda correspondería con un antropomorfo de brazos y piernas en cruz (Af 4.1).

El significado de dichas figuras se relaciona con las diferentes interpretaciones que se han hecho hasta el momento de lo que Sanchidrián llama pintura esquemática típica (Sanchidrián, 2001:442). Siguiendo a este mismo autor, desde los inicios del siglo XX se asocia la pintura esquemática con el mundo funerario, por la coincidencia entre muchas de las representaciones esquemáticas rupestres y las halladas en las tumbas megalíticas. También Breuil (1935) propuso, además del funerario, una relación con los vínculos matrimoniales y, más tarde, Acosta (1968 y 1983) vio en ellas una especie de lenguaje ideográfico que, de alguna manera, traducía en imágenes la vida cotidiana y los cultos religiosos de las gentes que los realizaron.

En la actualidad, no parece haber duda sobre la importancia simbólica de los sitios donde se realizaron, tanto por la coincidencia en el mismo lugar con representaciones de otros estilos artísticos anteriores, como por la falta de un horizonte arqueológico en estos lugares, lo cual revela su falta de uso con otros fines que no fuesen los simbólico-religiosos. Por otra parte, el hecho de que sólo unos pocos de los abrigos disponibles estuviesen decorados, implica una apropiación cultural del lugar que podría tener relación con algún tipo de control territorial (Martínez García, 1998).

Conclusión, ¿dónde están las pinturas?

Nada sabemos, en la actualidad, de estas representaciones descritas por Breuil y Burkitt en su libro que no vaya más allá de las referencias bibliográficas, o la inclusión en los diferentes inventarios y bases de datos mencionadas en la introducción. Es probable que las pinturas hayan desaparecido por causas naturales, o por la mano del hombre, durante el intenso proceso de transformación del paisaje que ha tenido lugar en la zona durante el último siglo, pero hay algunos aspectos que nos llaman la atención y no podemos olvidar. 

En primer lugar, el "carácter prehistórico" de las representaciones. Breuil, primero observa en las cercanías de Calahonda (probablemente en los acantilados y riscos que orlan la localidad) imágenes pintadas en cal que le recuerdan las que tantas veces ha visto en otros lugares de Andalucía, y cree que los lugareños que las hicieron recientemente pudieron haberlas copiado de otras preexistentes que estuviesen en algún lugar cercano. Es entonces cuando deja el camino y, tras buscar en las paredes calizas cercanas, las encuentra y comprueba, mojándolas, que son prehistóricas, ya que la caliza había formado sobre ellas una costra que las protege e impide que puedan borrarse al humedecerlas.

En segundo lugar, su gran tamaño (por encima de la media en este tipo de representaciones, que se encuentra entre los 10 y 30 cm de alto, Sanchidrián, 2001:443), debería haber facilitado su localización posterior. En este punto, no obstante, es importante indicar que el tamaño que el descubridor atribuye a las figuras en la descripción no coincide con el tamaño en el que las representa en la lámina correspondiente.

Por último, cabe reseñar tres aspectos a tener en cuenta a la hora de intentar establecer su localización:
1.- El camino que, partiendo de Calahonda, se adentraba en el Llano de Carchuna, seguía en gran medida la carretera actual.
2.- El sentido del viaje de Breuil era hacia Motril.
3.- Según parece, sólo necesitó apartarse del camino para encontrar las representaciones.


Con lo expuesto, pues, es de suponer que éstas debían situarse en los antiguos acantilados marinos que se encuentran a la derecha de la carretera N-340, entre las proximidades del actual campo de fútbol de Calahonda y de la EDAR, que es la zona donde las características geomorfológicas y la presencia de materiales rocosos calizos facilitarían la realización de este tipo de representaciones.

En relación con esto, algunos miembros del mencionado GAEM, creen posible que éstas no hayan existido nunca, ya que, de lo contrario, seguramente habrían dejado algún rastro en la toponimia de la zona y que, en el caso de que realmente hubieran estado representadas en alguno de los tajos cercanos al Llano, uno de los lugares más apropiados sería una bóveda hoy colapsada cercana la actual tanatorio de Carchuna-Calahonda. No tenemos constancia, no obstante, que Breuil hubiera confundido en otras ocasiones este tipo de representaciones o su localización, aunque cabe la posibilidad.

Fotografía área y detalle del Mapa Topográfico 1:50000 en la actualidad, con indicación de la de la zona donde probablemente se encontrarían las pinturas rupestres (Google Earth e IGN).

Detalle del Mapa Topográfico 1:50000 en su 1ª Ed de 1938 (IGN).

Tal vez, en un futuro no lejano, y tras la continuidad de los trabajos de prospección en la zona, se terminen por encontrar estas representaciones rupestres. De lo contrario, las pinturas del Llano de Carchuna continuarán perdidas, y seguirán siendo un recuerdo lejano plasmado en la página 82 y en lámina XXXIII de un libro inglés del primer tercio del siglo XX.

Carlos E. Sarompas Cazorla.

Referencias bibliográficas.

- ACOSTA, P. (1968). La pintura rupestre esquemática en España. Universidad de Salamanca. Memorias del Seminario de Prehistoria y Arqueología, 1.
- ACOSTA, P. (1983). Técnicas, estilo, temática y tipología en la pintura rupestre esquemática hispana. Zephyrus: Revista de Prehistoria y Arqueología, 36, pp.13-25.
- Archivo Central de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía (1989). Inventario de yacimientos arqueológicos de la Provincia de Granada. Llano de Carchuna.
- Ayuntamiento de Motril (2003). Plan General de Ordenación Urbanística de Motril. Catálogo de Yacimientos Arqueológicos:83.
- BÉCARES, J. (1983). Hacia nuevas técnicas de trabajo en el estudio de la pintura rupestre esquemática. Zephyrus: Revista de Prehistoria y Arqueología, 36, pp.137-148.
- BREUIL, H. & BURKITT, M.C. (1929). Rock painting of Southern Andalusia: a description of a Neolithic and Copper Age art group. Oxford: Clanderon Press.
- BREUIL, H. (1935). Les peintures rupestres schématiques de la Péninsule Ibérique IV: Sud-Est et Est de l'Espagne. París: Fondation Singer-Polignac.
- CARRASCO, J. & PACHÓN, J. A. (2010). Las cerámicas neolíticas peinadas y pintadas andaluzas y su relación con los soportes muebles orgánicos de la Cueva de los Murciélagos de Albuñol (Granada). Archivo de prehistoria levantina, 28, pp.107-138.
- Dirección General de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía (1995). Catálogo de yacimientos con pinturas rupestres en Andalucía. Llano de Carchuna
- GARCÍA SÁNCHEZ, M. & PELLICER CATALÁN, M. (1959). Nuevas pinturas rupestres esquemáticas en la provincia de Granada. Empúries: Revista de Recerca sobre el Món Clàssic i l'Antiguitat Tardana, 21, pp.65-188
- LÓPEZ, M. & PEÑA, J. M. (1998). Actualización y Revisión del Inventario de Yacimientos Arqueológicos de la provincia de Granada. Llano de Carchuna. Sevilla: Archivo del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.
- MARTÍNEZ GARCÍA, J. (1998). Abrigos y accidentes geográficos como categorías de análisis en el paisaje de la pintura rupestre esquemática. El sudeste como marco. Arqueología Espacial, 9-20, pp.543-561.
- SANCHIDRIAN, J. L. (2001). Manual de arte prehistórico. Barcelona: Ariel.









martes, 14 de octubre de 2014

EL PROMONTORIO DE SALOBREÑA, PANORÁMICA SOBRE LOS ORÍGENES DEL POBLAMIENTO HUMANO DURANTE LA PREHISTORIA RECIENTE (5500-800 a. C., aprox.)

Tras un tiempo de silencio, volvemos a la palestra con una nueva aportación. Nueva e interesante aportación la de nuestro compañero Federico Martínez Rodríguez. Este historiador y arqueólogo salobreñero, con una larga trayectoria como arqueólogo profesional e investigador en la zona de Andalucía occidental, y miembro del pequeño e incipiente grupo de investigación S.E.L. (Salobreña Estudios Locales), nos ofrece el avance de uno de los diversos estudios que está llevando a cabo, tanto a nivel personal como de manera conjunta con los diferentes miembros del citado grupo de investigación. En este caso se trata de una revisión y puesta al día de las características del poblamiento y explotación del territorio en época prehistórica en el delta del Guadalfeo, centrándose en el caso concreto del Promontorio de Salobreña.

Tras analizar los, escasos, trabajos que hasta la fecha han visto la luz sobre la Prehistoria en esta región y población, revisa y analiza exhaustivamente, con un nuevo prisma, los materiales arqueológicos conocidos y custodiados en el Museo Histórico de la Villa de Salobreña y en el Arqueológico de Granada, así como el contexto en el que se recuperan, para, a partir de ahí, apuntar hipótesis y lineas de investigación con respecto a las comunidades prehistóricas que se asentaron y explotaron este territorio y los recursos naturales que éste les ofrecía.

Se trata, sin duda, de una pequeña muestra del trabajo metódico y constante que nuestro compañero Federico lleva realizando desde hace ya unos años, compaginando dicha "afición" con su labor de docente en el instituto IES. Nazarí de Salobreña.
Así pues, antes de exponer el trabajo que nos ocupa, agradecer que haya querido compartir con nosotros este avance de su trabajo inédito, el cual esperamos pronto vea la luz, así como los múltiples estudios que el referido grupo de investigación S.E.L. está desarrollando de manera constante y concienzuda en los últimos años. ¡¡Gracias Federico!!!


La ubicación dominante de Salobreña sobre un antiguo promontorio marítimo, en el extremo occidental de la desembocadura del río Guadalfeo, la existencia de buenos recursos naturales terrestres y marinos, un clima templado y regular durante los últimos milenios, así como la abundancia de agua, explican, por un lado, lo que ya estamos en condiciones de adivinar: la presencia y continuidad del poblamiento humano en esta comarca durante periodos muy amplios de la Prehistoria reciente y de la Antigüedad.
En este sentido, no conocemos en toda la costa mediterránea andaluza ningún asentamiento puntual como el promontorio de Salobreña, que ofrezca restos arqueológicos desde el Neolítico hasta la época romana, pasando por las distintas etapas de la Edad del Bronce (antiguo-pleno, tardío y final) y Edad del Hierro o época fenicio-púnica, enlazando con la romanización. Unos 5.000 años de ocupación  en la que se adivinan pocas rupturas en la ocupación y explotación de este territorio, que certifican la verdadera importancia de este emplazamiento en relación a su propio entorno inmediato y a la comarca de la costa de Granada.

Vista aérea del promontorio de Salobreña. Al fondo el Peñón, antiguo islote, y la vega de Salobreña, espacio ocupado por el mar hasta época moderna.

El principal problema arqueológico con el que nos encontramos en Salobreña es similar al de otros yacimientos pluriestratigráficos, o hábitats superpuestos, que estuvieron poblados desde la Prehistoria hasta nuestros días de forma casi ininterrumpida. En este tipo de yacimientos, los niveles sucesivos de ocupación humana han ido alterando y sepultando, parcial o totalmente, los niveles anteriores, siendo, por tanto, muy complicado un estudio estratigráfico y arqueológico, que en el caso de Salobreña nunca se ha abordado.
A pesar de ello, Salobreña, topográficamente, ofrece una peculiaridad que la hace especial a la hora de la detección de materiales prehistóricos y antiguos, sin necesidad de excavaciones arqueológicas. En efecto, el tratarse de una elevación cuya ladera oeste cae de manera abrupta, ha facilitado la detección de materiales arqueológicos rodados de la zona alta, como consecuencia la inapropiada reconstrucción del castillo dirigidas por el arquitecto Francisco Prieto Moreno en los años 60 y 70 del pasado siglo. Evidentemente, se trata de materiales revueltos, de distintas épocas y descontextualizados a nivel estratigráfico, pero que, en cualquier caso, nos proporcionan importantes datos y pistas sobre las distintas culturas y épocas de ocupación del lugar, sobre todo a partir del estudio de los materiales arqueológicos más abundantes: las piezas cerámicas.

La localidad de Salobreña ha sido siempre valorada por los historiadores como una población de origen islámico, citada en las propias fuentes medievales, primeramente como hisn (castillo) y, más adelante, como madina (ciudad). Sin embargo, tenemos constancia que desde el Renacimiento los historiadores y eruditos conocían la cita en latín de Plinio (siglo I) en la que se menciona a Sel (actual Salobreña) al enumerar los oppida (ciudades) bástulo-púnicas del mar ibérico; así como el texto en griego del sabio greco-alejandrino Ptolomeo (siglo II), el cual se refiere a este lugar con el nombre de Selambina. A partir de ello, y a pesar de lo escueto de ambas citas, podía casi asegurarse la existencia de un núcleo de población correspondiente al Alto Imperio Romano y a los siglos inmediatamente anteriores.

Sin embargo, las pruebas arqueológicas no llegaron hasta la segunda mitad de la década de los 80 del pasado siglo, con los materiales cerámicos protohistóricos hallados en las prospecciones geoarqueológicas dirigidas por O. Arteaga y F. Hoffman, inmersas en un amplio proyecto sobre las variaciones de la línea de costa en tiempos prehistóricos e históricos, desde Cádiz a Almería.
Por desgracia, dichas cerámicas no se estudiaron ni publicaron adecuadamente, tan solo se comentó que bien en superficie, o bien en algunos geosondeos, se habían detectado materiales púnicos (siglos VI-III a. C.), griegos (V-IV a. C.) y púnico-romanas (III-I a. C.).
Estos investigadores, además, hallaron en la ladera del promontorio cerámicas a mano mucho más antiguas, que podían fecharse durante el II milenio a. C., es decir, a lo largo de toda la Edad del Bronce (argárico y tardío) y del Bronce final (1000-800 a. C.), hasta enlazar con los comienzos de la colonización fenicia.

Con anterioridad a estas investigaciones, entre los años 1967 y 1976, aparecieron en el Paseo de las Flores, justo al pie del castillo, cuatro tumbas de la Edad del Bronce, pudiendo identificarse el tipo de estructuras, tipo de enterramientos y ajuares, pero fueron destruidas sin ser excavadas arqueológicamente. Las tumbas eran de tres tipos distintos: una cista de lajas de piedra,  otra de mampostería y dos en covacha, en las que fueron inhumados uno, dos o tres cadáveres, con los típicos ajuares compuestos por vasos carenados de influencia argárica (conocidos como “tulipas”) y puñales de remaches, y en una de ellas ofrendas rituales de un ternero.


Cerámicas a mano procedentes del Promontorio de Salobreña: vasos carenados “tulipas”, ajuares de las tumbas del Paseo de las Flores. Edad del Bronce antiguo-pleno (2000-1600 a. C. aprox.). Museo de Granada.

Puñal de cobre con remaches hallado en una de las tumbas del Paseo de las Flores pertenecientes a la Edad del Bronce antiguo-pleno (2000-1600 a. C. aprox.). Museo de Granada.

Según la topografía del promontorio y la naturaleza de los hallazgos, estaba claro que en la zona alta, entre el castillo y el Paseo de las Flores, existió, no sólo una necrópolis, sino también un poblado estrechamente vinculado a ella, seguramente con calles y casas en terrazas a distintos niveles, comunicadas con escaleras, como era lo habitual según el patrón argárico, en el cual las tumbas suelen aparecer bajo las propias casas, o próximas a ellas.

En el año 1992, el arqueólogo Manuel Pellicer, publicó en su libro Aproximación a la Prehistoria de Salobreña algunas cerámicas prehistóricas más antiguas procedentes del promontorio, halladas en las prospecciones de O. Arteaga, fechándolas en la Edad del Cobre o Calcolítico. A partir de estos datos se adelantaba en un milenio los orígenes de ocupación humana de Salobreña.
Pellicer propuso, además, la existencia de un poblado calcolítico ubicado, no en la cima, sino en una zona más baja, al noroeste, en lo que sería el istmo del antiguo promontorio marino. Dicho asentamiento debió estar compuesto  por cabañas circulares, construidas con zócalos de piedra y paredes de tapial o adobes, sosteniendo techumbres vegetales de cañas o ramajes, teniendo en cuenta los poblados coetáneos conocidos en otras comarcas próximas. Este investigador destacó que estábamos ante el primer núcleo preurbano conocido de Salobreña, según él, de mediados del III milenio a. C.

Cerámica a mano procedentes del Promontorio de Salobreña: platos y fuentes de borde engrosado, cazuelas, pesas de telar y productos de sílex del Calcolítico antiguo-pleno (3200-2600 a. C., aprox.)

Pellicer publicó también un pequeño conjunto de cerámicas procedente de aquellas prospecciones, integrado por dos vasos carenados, un cuenco y una típica copa argárica, a partir de las cuales propuso la existencia de un poblado posterior de la Edad del Bronce, ubicado en la parte occidental del actual castillo, constituido por un par de docenas de viviendas de planta rectangular, con cimientos de piedra, muros de adobe y techumbre de ramaje.

Por nuestra parte, en los últimos tres años estamos recopilando bibliografía y datos arqueológicos sobre Salobreña y su comarca, revisando hallazgos antiguos y recientes inéditos, que están matizando y ampliando el conocimiento de estas “edades oscuras” de nuestra historia. La base documental más importante que manejamos consiste en un buen conjunto de cerámicas prehistóricas rodadas desde la parte alta del promontorio, recogidas en la ladera oeste desde la década de 1990 y que se conservan en el Museo de la Villa de Salobreña, actualmente en estudio por nosotros.

A partir de este estudio, confirmamos el origen calcolítico propuesto por Pellicer, pero pensamos que el poblado estaría situado, ya en estas fechas, en el entorno del actual castillo y en la zona del Paseo de las Flores. Por otro lado, la cronología de inicio de la ocupación humana del promontorio parece remontarse más de medio milenio antes de lo propuesto por Pellicer. Nos basamos tanto en cerámicas cuya tipología apuntan al Calcolítico antiguo, como en determinados tipos de fuentes de paredes algo abiertas y platos o fuentes de labio engrosado.
Además, es probable que alguna formas  pertenezcan a momentos anteriores del Neolítico final (3600-3300 a. C., aprox.). Además, hace muy poco el arqueólogo Francisco Martínez Sevilla nos comentó sobre la existencia en el Museo Arqueológico de Granada de un brazalete lítico neolítico procedente del castillo que puede remontarse incluso al V milenio a. C., lo cual nos habla sobre la presencia humana desde estos tiempos. Todo ello estaría en consonancia con los ajuares inéditos hallados en los enterramientos en covacha de origen natural del vecino Monte Hacho, yacimiento que debió funcionar durante el Neolítico y el Calcolítico como necrópolis del poblado situado en el promontorio de Salobreña.

Hacha de roca pulimentada (peridotita) hallada en la zona del antiguo cuartel de la Guardia Civil, en el sector norte del Promontorio. La pieza aparece intacta y sin huellas de uso, por lo que debió formar parte de alguna tumba correspondiente al Neolítico-Calcolítico.

En este último yacimiento se han hallado también algunas cerámicas decoradas con incisiones o acanaladuras y a la almagra,  junto con algunas formas y elementos de suspensión claramente neolíticos, pertenecientes a los primeros agricultores y ganaderos que apuntan al V milenio a. C. En este sentido, el hallazgo de cerámicas impresas del Neolítico antiguo-medio, que podrían alcanzar el VI milenio a.C., en otros yacimientos de la margen derecha del Bajo Guadalfeo, como El Tajo de los Vados 1, Cueva del Capitán y Peñón de Salobreña, en la misma ruta natural de comunicación costa-interior, nos hacen pensar en la más que probable ocupación ocasional o permanente del promontorio de Salobreña desde tiempos antiguos del Neolítico. Esta apreciación tiene su lógica por ser este el punto más importante de control de los recursos del entorno marítimo, terrestre y fluvial de todo el bajo Guadalfeo.

Borde de olla fabricada a mano, correspondiente al Neolítico antiguo-pleno (VI-V milenio a. C.), decorada con guirnaldas de cordones impresos, hallada en las excavaciones de urgencia de 1992 en el Peñón de Salobreña.

Igualmente, entre el lote antes citado de la ladera oeste del Promontorio, confirmamos la existencia de un nuevo conjunto de cerámicas de la Edad del Bronce antiguo-pleno. Entre ellas destacamos orzas de perfil en S y cuencos semiesféricos decorados (o no) con impresiones en el labio, así como vasos carenados grandes o pequeños con las superficies alisadas o bruñidas.
Por último citar también un buen lote correspondiente al Bronce final, integrado por las típicas cazuelas de carena alta, de tonos oscuros y superficies bruñidas, así como grandes orzas de almacenamiento de perfil en S y fondo plano.

Fragmentos de orzas, vasos carenados y vasos con impresiones en el labio fabricados a mano, propios de la Edad del Bronce antiguo-pleno. Procedentes del Promontorio de Salobreña, rodadas desde la zona del castillo.

Cerámicas a mano: fragmentos de ollas y orzas de almacenamiento de fondo plano, cazuelas bruñidas de carena alta y cuencos de engobe rojo, propias del Bronce final (1000-750 a. C., aprox.), igualmente procedentes del Promontorio de Salobreña.

Todo ello confirma la continuidad del poblamiento hasta el final de la Prehistoria de una comunidad indígena que conformaría el sustrato del oppidum bástulo-púnico (o ibero-púnico) de Selambina, hecho éste certificado por un buen lote de cerámicas conservadas en el Museo de Historia de Salobreña. Dicho conjunto cerámico establece un arco cronológico que abarca desde el siglo V a.C. al siglo III a.C., siglo éste último en el que se inicia la romanización, constatada a su vez por la presencia de las típicas cerámicas itálicas de barniz negro (Campanienses) y las posteriores de barniz rojo (las archiconocidas como Terra Sigillata.


Por último, agradecer a Domingo Armada, técnico de Cultura y Patrimonio del Ayuntamiento de Salobreña por facilitarme en todo momento mi labor investigadora, así como al Área de Cultura de esta entidad. Agradecer también la ayuda y las sabias reflexiones de José Navas, arqueólogo e historiador salobreñero y a José María García-Consuegra Flores por dejarme un hueco en su interesante blog, que espero siga adelante con interesantes aportaciones de otros colegas.


BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
  •  ARTEAGA, O. (1989): “Las transformaciones del medio costero de Salobreña (Granada). Causas naturales e históricas”, en Ciclo de conferencias pronunciadas con motivo del V Centenario de la incorporación de Salobreña a la corona de Castilla (1489-1989), Ayuntamiento de Salobreña, pp. 55-83.
  •  ARTEAGA, O.; NAVAS, J.; RAMOS, J.F.; ROOS, A. (1992): Excavación de Urgencia en el Peñón de Salobreña (Granada), Ayuntamiento de Salobreña.
  •  ÁVILA, M.; y otros (1998): Itinerarios arqueológicos de Salobreña. Alhulia, Salobreña.
  •  ESQUIVEL,  J. A. y ARANDA, G. (2007): “De cazadores recolectores a agricultores y ganaderos", en AA.VV (2007): Patrimonio arqueológico de la Costa de Granada. De la Prehistoria a la Edad Moderna, Diputación de Granada, pp. 13-71.
  •  GARCÍA-CONSUEGRA FLORES, J. Mª.; NAVAS RODRÍGUEZ, J. (2008): “La incidencia humana en el paisaje costero de la desembocadura del río Guadalfeo (Granada)”, en Arqueología y Territorio. Revista Electrónica del programa de Doctorado, nº 5.
  •  PAREJA LÓPEZ, E. y MEGÍA NAVARRO, M. (1978): Salobreña. Datos para su historia. Diputación Provincial, Granada.
  •  MARTÍNEZ, F. (2014). “Tajo de los Vados 1 (Salobreña, Granada). Datos sobre un poblado neolítico situado junto al antiguo delta del río Guadalfeo”,  Bastetania 2.
  •  PELLICER, M. (1992). Aproximación a la Prehistoria de Salobreña, Ayuntamiento de Salobreña.
  •  SAROMPAS, C. (2007). “La prehistoria”, en PÉREZ HENS, J.M. (2010): Historia de Motril y de la costa de Granada, Ayuntamiento de Motril.